LA PEQUEÑA SARA Y EL CAMPESINO - PARTE 1

 Don Benito era un campesino muy humilde de 57 años que vivía en una pequeña cabaña a las afueras de un pequeño pueblo, rodeado de árboles y montañas. Desde que su esposa falleció se quedó viviendo solo y se dedicaba a vender leche en el pueblo que obtenía de su única vaca.

Lucía un aspecto sucio, y siempre andaba con una camisa mal abrochada y un pantalón de mezclilla grande que lo tenia amarrado con una cuerda como cinturón. Era de piel blanca pero al pasar mucho tiempo en el sol había cambiado a un tono más café, canoso, alto de 1.80 cm y muy delgado, pero a pesar de ser delgado tenía barriga, en fin, un hombre común y corriente.


Don Benito ya tenía algunos clientes frecuentes en el pueblo que siempre le compraban la leche, entre ellos se encontraba doña Lupita, una señora casi de su edad que siempre la había visto vivir sola, o eso pensaba don Benito hasta cierto día que llegó a venderle leche y la encontró barriendo la entrada de su casa.


- Hola doña Lupita buenos días! 


- Buenos días don Benito! ¿Tan temprano anda trabajando?


- Pues ya ve doña, lo que hace la necesidad jeje 


- Pues si mi don, en este pueblo no hay muchas oportunidades 


- Cierto cierto, pero dígame, ¿hoy me va a comprar leche? Esta fresca!


- Por supuesto! jiji deme dos litros 


- ¿Dos litros? y ahora por qué tanto? si siempre me compra uno - Dijo don Benito algo extrañado 


- Pues fíjese que tengo visitas jiji


- Órale! Y ese milagro? No me diga que ya encontró pareja


- No como cree don jiji lo que pasa es que mi hija acaba de regresar de la ciudad 


- Su hija? Apoco tiene una hija?


- Ay nunca se lo conté verdad? Que distraída jiji, desde que era chiquita mi hija se fue a vivir a la ciudad con su papá para estudiar y tener más oportunidades 


- Eso si no lo sabía doñita, a mi se me hacía que usted estaba solita en la vida 


- No jiji 


- Pues cuantos años tiene su hija?


- Acaba de cumplir los 18 hace un mes, por eso se vino pa acá pa que yo le festeje, si hace mucho que no la veo 


- Con razón jeje 18 años es mucho tiempo y uno llega a pensar que usted está sola


- Jiji no como cree, es más se la voy a presentar... Hijaaaa!!! Saraaa!! Ven aquí un momento!! - Grito la señora desde la entrada de su casa.


- Ya voy mamáaaa!! - Fue el grito que se escuchó desde dentro de la casa


Al salir, don Benito vió a una niña hermosa, su carita parecía como de gatito y daba aires de ternura, tenía el cabllo de color rojo, era delgadita con unas tetas muy pequeñas pero bien paraditas, y un culito respingon y firme, medía por lo menos unos 1.65 cm. Tenía puesto una blusita tipo top de rayas horizontales de colores, lo que hacía que se pudiera ver su abdomen plano y blanco y se le marcaban los pezones por la blusa, tambien llevaba un pantalón de pijama. Se veía cono una pequeña angelita, inocente y bella.





- Que pasó mami? - Dijo Sara con una voz dulce


- Mira te presento a don Benito, el es quien nos vende la leche 


- Hola don Benitoo, mucho gusto!! - Dijo Sara muy alegre extendiéndole su manita y sonriendo de forma tierna, sus labios se veían lindos y carnosos 


- Hola señorita Sara, el gusto es mio jeje - Dijo don Benito alcanzando la manito de la niña para saludarla - Tu mamá no me había dicho que tenía una hija muy bella


- Ay es que mi mami es bien distraída jiji 


- Si verdad? jeje - Decía don Benito, el era un hombre muy decente y por ningún momento se le pasó por la mente algo morboso, para el solo era una niña y la respetaba, aunque si aceptaba que nunca había visto semejante belleza. 


- Bueno bueno jeje ya puedes regresar a dentro Sarita - Dijo doña Lupita 


- Si mami, adiós don Benitoo! - Dijo Sara mientras se volvía a meter a la casa


- Ay esta niña jiji si viera que es bien traviesa 


- Me imagino jeje, pero bueno, deje le vendo la leche 


- Siii recuerde que son dos litros .....


Don Benito terminó de vender la leche y se despidió de doña Lupita. Cuando terminó su jornada se dirigió a su casa, iba caminando pensando en que había tenido una buena venta y se podría comprar algo de pan, pero de repente a su mente llegó la imagen de Sara sonriendole y extendiendole la mano para saludarlo y el por un pequeño segundo mirando sus pezones. 


- "¿Qué fue eso?" - Se dijo así mismo - Bah! Son solo recuerdos del día - Y siguió su camino.


Los días pasaron y don Benito seguía su rutina de siempre de vender leche en el pueblo. Cada dos días doña Lupita le compraba pero a veces era Sara quien salía a atender al viejo. Ella siempre era muy alegre y traviesa, le hacía bromas a don Benito como por ejemplo que el le daba las botellas de leche y ella le bromeaba diciéndole que no le iba a pagar, el viejo se la creía y ponia cara de tristeza pero al final Sara se reía y le terminaba pagando. Todo eso lo tomaba de muy buena forma don Benito, se llevaba muy bien con la niña y era la única que lo hacía reír.


Así pasaron una semana hasta que un día al viejo terminó de vender la leche muy tarde y ya había oscurecido debido a que se había levantado tarde y por ende empezó la venta de tarde. - "Que mal ya oscureció, al menos pude vender todo, ya quiero llegar a mi casita y descansar" - Pensaba don Benito, en su mente volvió a llegar la imagen de Sara, esta vez recordando que hace un rato a ella se le había caído por accidente una botella de leche y cuando ella se agachó a limpiar, sin querer vió su culito bien paradito y firme apuntándole a la cara, llevaba puesto un pequeño short de tela y podía ver bien como se le marcaba su rajita. Obviamente Sara no lo hacía a propósito, ella era inocente y Benito al ser un buen hombre apartó su mirada a los pocos segundos. 


- "Ya no debo pensar en eso" - Se dijo así mismo mientras caminaba. En eso estaba cuando a lo lejos vió que su casa estaba prendida en llamas. Rápidamente corrió y vio que el fuego estaba por todas partes. 


- NOOO MI CASAAA!!!! - Fue su grito de desesperación. Asustado fue al pozo de agua y sacó varias cubetas para tirarlas al fuego, pero ya era muy tarde. 

Luego de una hora tirando cubetadas de agua, por fin logró apagar el fuego. Ya había consumido todo y su pequeña casa de madera había quedado destrozada. 


- "Por qué me pasa esto a mi!!!" - Se decía mientras las lágrimas caían de sus ojos. Resulta que el había olvidado apagar su fogón cuando salió a trabajar, y una de las brasas alcanzó la madera la casa comenzando así el fuego. 

Don Benito no sabía que hacer, había perdido su hogar y ya era muy de noche, tenía hambre y frío, además el estar apagando el fuego lo habia dejado muy agotado. Después de pensarlo decidió regresar al pueblo y pedir refugio en alguna casa.

Caminó entre la oscuridad y llegó al pueblo muy cansado. Tocó la puerta en varias casas pero no le abrían y quienes lo hacían lo rechazaban. Así anduvo hasta que llegó a la casa de doña Lupita y tocó la puerta. 


- Ay ¿Quién será a esta hora? - Se pregunto la señora mientras caminaba hacia la puerta - !!¿Quién es?!! - Preguntó 


- Soy yo! Don Benito! abrame por favor! - Decía el viejo con voz débil 


- Pero que le pasó don Beni? Que hace por aquí a estas horas? - Dijo la doña después de abrirle la puerta y dejarlo pasar.

Don Benito le contó todo lo que había pasado y la señora muy amablemente le dio de comer y lo invito a quedarse.


- Puede pasar la noche aquí, aunque solo tengo el sofá para que duerma ya que solo tengo dos cuartos, uno es mio y el otro de mi hija. 


- Muchas gracias doñita, no se preocupe yo aquí puedo dormir bien, ya mañana me iré 


- Ay no como cree, se puede quedar aquí el tiempo que usted quiera


- ¿En serio? 


- Claro don Beni, ya después arreglaremos el problema de su casa


- Muchas gracias doña Lupita, no sé como pagarle lo que hace por mi


- No se preocupe, aunque si quiere pagarme puede ayudarme con los que haceres de la casa jiji y arreglar algunas cositas como el lavamanos y así 


- Claro que si doña! Mañana mismo le empiezo a ayudar 


- Si jiji por ahora descanse que ya pasó por mucho 


- Gracias doña Lupita 


Los dos se fueron a dormir antes de que despertaran a Sara. 

Al día siguiente doña Lupita le contó todo a Sara mientras desayunaban y no le incomodó que don Benito se quedara por un tiempo, de hecho le agradaba la idea porque así tendría alguien mas con quien reír y pasar el rato. 


Al paso de los días don Benito se iba acostumbrando más a vivir con las dos. Reparaba algunas cosas y ayudaba con actividades como ir a buscar leña. También se le había ocurrido la idea de reconstruir su casa.

A veces Sara también lo ayudaba con las tareas, lo atendía dándole agua y lo acompañaba a hacer compras. 


Mientras más tiempo pasaba con ella, más la pensaba, era inevitable no pensar en esa carita tierna y su sonrisa pero siempre se repetía a sí mismo "No pienses en eso".

Una mañana a eso de las 11:00 am el viejo estaba reparando la regadera del baño, y Sara lo ayudaba a pasarle las herramientas. Pero sin darse cuenta la regadera se abrió sola y los baño de agua, los dos se rieron pero el viejo no pudo evitar ver que los pezones de Sara se marcaban por el agua que había mojado su blusita, sus pequeños pechos brillaban con las gotas de agua ya que la blusa tenía un poco de escote, y aunque tenía pechos pequeños ese escote era suficiente para poder ver por arriba.

Otra vez se había quedado embobado por unos segundos sin que la niña se diera cuenta, para luego apartar la mirada y seguir trabajando. Estaba empezando a tener una erección. - "¿Qué? ¿Y esto por qué? Hace tiempo que no me pasa, ¿Será por ella? No, no puede ser por ella, no puedo, debo evitar esto" - Era lo que decía dentro de su mente. Se agachó a recoger una herramienta y de pronto la regadera se soltó cayendole en la cabeza tan fuerte que lo dejo inconsciente. 


Al abrir los ojos vió el techo, pudo notar que estaba acostado en una cama así que se incorporo lentamente hasta quedar sentado, podía notar que ya era noche, frotó los ojos y vió que no tenía ropa, eso era extraño, volteó a su derecha y lo que vió hizo que se espantara y no de miedo. 

Era Sara, la pequeña niña dormía desnuda a su lado dándole la espalda.


- ¿Pero qué pasó aquí?!!! Oh por dios que he hecho!! - Decía don Benito muy extrañado y espantado al mismo tiempo que se salio de la cama muy rápido.

En la cama había una pequeña mancha de sangre y la ropa de Sara estaba tirada en el piso al igual que su ropa.


- No! No me creo que lo que estoy pensando haya pasado... ¿Qué voy a hacer ahora?. Confundido, se sentó en la cama de nuevo tratando de recordar que había pasado.....


Después de que la regadera le cayera en la cabeza, don Benito quedó inconsciente. Sara se asusto y fue a pedirle ayuda a su mamá, entre las dos lo levantaron y lo llevaron al sofá para acostarlo. 


- Ay mami ¿crees que vaya a estar bien? - Dijo Sara muy preocupada 


- Si hija no te preocupes, despertará en cualquier momento, por cierto, le compré algo de ropa y pienso dársela como regalo cuando despierte, espero que sea pronto porque debo ir a la iglesia. 


- ¿Ah si? ¿Y donde dejaste la ropa?


- En mi cuarto, deberías meterla en alguna cajita y envolverla 


- Si mamii!! - Sara se fue contenta a buscar una caja y se metió al cuarto de su madre. Tomó la ropa que consistía en un pantalón y una camisa nueva y la metió en la caja para luego envolverla y dejarla sobre la mesita de noche.


- Listo mami - Dijo Sara al salir de la habitación 


- Esta bien hija, ahora hay que esperar a que despierte jiji 


- Si mami, iré a la tienda a comprar alguna golosina


- Yo mientras prepararé algo de comer - Dijo doña Lupita 


Sara salió y fue a la tiendita, estando ahí se le ocurrió que podría ser buena idea incluir algunas galletas en el regalo de don Benito. Compró dos paquetes, uno para ella y otro para el viejo, y regresó a su casa, se metió al cuarto de su mamá y añadió las galletas a la caja. - "Esto le gustará" - Pensó ella. 

Se sentó en la cama para comerse sus galletas y mientras lo hacía empezó a sentir sueño, se acostó y se quedó dormida.


Mientras tanto afuera del cuarto, don Benito ya estaba despertando. Doña Lupita salió de la cocina a ofrecerle un poco de agua y le explico lo que le había pasado, ya que el viejo no podía recordar nada.


- Gracias por traerme hasta el sofá doñita 


- No se preocupe jiji pero que bueno que ya está mejor porque le tengo un regalo 


- ¿Un regalo?


- Sii jiji es por todo lo que nos ha ayudado a mi y a mi hija aquí en la casa


- No se hubiera molestado jeje lo hago por gusto y porque no tengo otra manera de como pagarle que me deje vivir aquí 


- Ay pero aún así quiero que acepte mi regalo, lo tengo en mi cuarto, puede ir a verlo 


- Esta bien doñita jeje 


- Pero apurese que ya se me hace tarde para ir a la iglesia JiJi 


- Ahí voy jeje


Don Benito caminó hacía el cuarto de doña Lupita, lo abrió y se metió cerrando la puerta a sus espaldas y dejando a la señora sentada en el sofá.

Al entrar casi se vuelve a desmayar al ver que Sara estaba acostada boca abajo en la cama, podía ser su culo levantadito y casi expuesto debido al pequeño short de licra amarillo que llevaba puesto. 

El viejo se había puesto nervioso y confundido así que desde a dentro del cuarto le grito a doña Lupita que ya estaba por irse.


- Oiga doña! ¿Segura que este es mi regalo? - Dijo refiriéndose a Sara


- Sii don!! Tómelo con confianza - Dijo la señora que no sabía que su hija estaba ahí adentro dormida ya que nunca la vió regresar de la tienda y pensaba que todavía andaba comprando.


- Pe.... pero doñita... esto es demasiado.... yo.. no creo que pueda - Dijo el viejo nervioso. 


- Ay no se preocupe, agarrelo y disfrutelo!


- Jeje segura?


- Que si don! Jiji Además esta nuevesita - Dijo ella refiriéndose a la ropa - No me diga que le queda muy grande 


- ¿Grande? Esta algo chiquita doña - Contestó el refiriéndose a Sara - Pero si dice que esta nuevecita entonces la trataré muy bien 


- Ay ¿en serio? Bueno, al rato me cuenta si le entró bien, debo irme, pero espero que lo disfrute! Adiós!!


- Adiós doñita! Y gracias! 


Don Benito escuchó que la puerta de la casa se abrió y se cerró, señal de que doña Lupita ya se había ido. 

"¿En serio me va a entregar a su hija?, ¿Debería hacerlo?", "No, no debo", "Pero es un regalo de la doñita y estaría mal rechazarlo", "A lo mejor Sarita esta de acuerdo" , "¡Por dios que hago!" - Eran los pensamientos que invadían la mente de don Benito.

La niña dormía y el viejo pensaba que al estar así acostada era porque le estaba entregando el culo, y estaba en espera de que lo tomará. 

Luego de mucho pensarlo por fin se decidió, iba a tomar el regalo.


Se quitó las sandalias que llevaba puestas y se subió a la cama de rodillas. Observo de cerca ese hermoso culito respingon y motivado por la curiosidad, llevo sus manos hacia las dos nalgas de la niña, acariandolas suavemente. No podía creerlo, su piel era tan suave como la seda y sus manotas ásperas y sucias recorrían lentamente esas nalgas, masajeandolas por sobre el shorsito que ya le empezaba a estorbar, así que lo tomo y lo fue bajando lentamente por las piernas de Sara hasta sacárselo por completo con todo y su calzoncito rojo. 


- Oh no, esto es increíble.. - Dijo don Benito quien al ver ese culito desnudo, la sangre comenzó a fluir por su verga, haciéndo que se le parara por dentro del pantalón. 

El siguió tocando y acariciando las nalgas de Sara, acercaba su cara y le daba besos por todas partes. 

Cuando se cansó la volteó boca arriba, tomó sus muslos y los separó un poquito, dejando ver así la vagina de la niña, totalmente limpia y rosadita en la que se podía notar poquitos pelitos color rojo su cabello. Al parecer ya se había depilado y le estaban volviendo a nacer.

- "Que hermosa rajita" - Pensó don Benito, llevando uno de sus dedos a tocarla, acariciandola por encima de arriba hacia abajo. 

Sara empezó a emitir pequeños gemidos entre sueños, lo que hizo que don Benito se excitara cada vez más, su verga estaba que rompía el pantalón para poder salir, así que se levantó y se lo quitó dejándolo en el suelo, ni siquiera usaba bóxer ya que no tenía dinero para comprarlo. 

Una vez que su verga estuvo libre se volvió a subir a la cama para seguir tocando la panochita de Sara, solamente se quedó con su camisa sucia puesta. 


Después de unos diez minutos de acariciarle la vagina y escuchar los pequeños gemidos de Sara, decidió que quería ver sus pechos. Agarro su blusita y se la subió por encima de las tetas sin quitarsela. La nena no tenía brasier y sus pequeños pechos quedaron al descubierto, el viejo la quedó mirando ensimismado. Que rica se veía la nenita acostada en la cama, con sus labios medio abiertos. Le veía las tetas brillosas por la sudoración y sin más se propuso a chuparselas. Le lamia los pezoncitos rosados haciendo círculos con la lengua, después le succionaba toda la teta que casi le cabia en la boca. Era un manjar que hace muchísimo tiempo no se daba, y Sara aún dormía pero podía sentir como sus tetas eran jugueteadas, para ella eso era solo un sueño y emitía leves gemidos que llegaban a las orejas de don Benito, que de tanto escucharlos se estaba empezando a volver loco.


En esas circunstancias, don Benito determinó que ya era hora de poseerla, de hacerla suya. De hecho, se la quería meter hasta el corazón. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan atraído de esta forma por alguna hembra. Y claro, Sara era una chiquilla hermosa, que jamás este viejo horrendo y degenerado hubiese tenido la oportunidad de poseer, si no fuera por el extraño curso de los acontecimientos. El caso era que una inmensa e instintiva necesidad animal por destrozarla a vergazos se apoderó de su desequilibrada mente. Tal vez fuese por su olor, por su aroma a pulcra inocencia, o por su belleza, quién sabe.

El viejo le quitó la blusita que aún tenia arriba de sus tetas dejandola totalmente desnuda y se colocó entre las piernas de la jovencita y las separó un poco, su verga estaba que explotaba de lo dura que estaba y pedía a gritos ser metida en esa pequeña vagina. Puso la cabeza de esa verga en la entrada de su conchita y la dejó ahí reposando unos segundos mientras pensaba. 

- "Oh dios que estoy a punto de hacer", "Esto no puede ser real", "Perdóname Sarita pero un regalo es un regalo, además hace años que no lo hago".


Después de tanto pensarlo porfin tomó su verga, la coloco bien en la entrada vaginal y cuando empujó apenas un milímetro, Sara se despertó de golpe y vió al vejete entre sus piernas sin pantalón, con una vergota de 20 cm que nacía de una base llena de pelos apuntándole.

Asustada cruzo instintivamente sus piernas en señal de protección de su vagina de muy escasos y finos bellitos rojos y sedosos. 


- Don Benitoo que está haciendo??!! - Preguntó Sara poniendo carita de asombro 


- Vamos a tener sexo Sarita - Dijo el viejo como si nada


- Queee??? Se volvió loco??!! 


- No te hagas jeje si tu misma mamá te ofreció como mi regalo y la verdad que si te tengo muchas ganas 


- NO!! Mi mami nunca haría eso!!


- Acaso no lo quieres hacer conmigo?


- Noo! Como se le ocurre? Además soy virgen!


- Entonces es cierto lo que me dijo tu mami jeje que estas nuevecita


- Que? Ella nunca diría eso! Nunca! nunca! nunca!


El vejete, al notar la reacción de la asustada jovencita, se dio a ir poniéndose en posición a la vez que le hablaba:


—Te la voy a meter, pendeja. Así que no me salgas con estupideces. Te la voy a meter de una, para que así todo sea más rápido para ti y no sufras tanto. Aunque igual te va a doler. Pero si te portas bien, y te dejas sin hacerme problemas, verás que te va a gustar tanto que después me andarás buscando para que te de verga ¡Jajaja! ¡Te voy a culear como jamás nadie te lo volverá a hacer! ¡Ese momento en que te la meta no lo olvidarás nunca! —le decía el detestable hombre a la vez que iba tomando ubicación entre los hermosos muslos abiertos de Sara, que el mismo se había encargado de ir abriendo con sus fuertes brazos.


El viejo ya se había montado sobre el pequeño cuerpo de Sara, casi ahogándola. La joven estaba con sus bellas piernas abiertas, esperando lo desconocido. En eso, don Benito acomodó su mortífero armamento en la entrada de la virginal rajadura íntima. Pasó sus brazos por debajo de la espalda de la joven para afianzársela desde sus suaves hombros, apretándola contra él en señal de poderío de macho. Su mente estaba totalmente turbada. Solo deseaba comenzar a cogérsela y saber lo que se siente estar al interior de una hembrita como esa. Estando bien acomodado, y sin querer esperar nada más, empujó con fuerza su verga hacia el interior de la tierna vagina.


Sara experimentó un inmenso dolor, casi animal, jamás sentido en su vida, al sentir la gruesa cabeza de la verga de don Benito intentar calar su vagina.


—¡Aaaaaaah! ¡No por… fa… vorrrrrr! —gritó muy dolorida, al sentir la salvaje punteada.


—¡¡Argh!! ¡¡Uff!! ¡Qué apretada tienes la concha, pendeja del demonio! —exclamó don Benito con la boca muy cerca de su oído. Acto seguido, le propinó otro feroz apuntalamiento vergal-vaginal, que tampoco tuvo éxito.

Sara solo lloraba silenciosamente a raíz del inmenso dolor en su vagina. A eso se sumaba todo lo que estaba viviendo. Las lágrimas brotaban copiosamente desde sus hermosos ojos, rodando lentamente por su rostro. Por su postura, al estar el viejo echado sobre ella, lo único que podía ver con claridad era el techo de la habitación y los canosos pelos que don Benito tenía en la parte de atrás de su oreja. En eso, con horror, volvió a escuchar las intenciones del vil campesino.


—¡Prepárate, pendeja! ¡Porque de que te la meto, te la meto! —le sentenció.


Don Benito, con mucha concentración y morboso ímpetu, volvió a empujar con fuerzas desmedidas sobre los apretados pliegues vaginales que le darían paso a sentir por dentro el sabor de ese endemoniado cuerpesito de angel que llevaba deseando desde hace rato.


Para la buena suerte del viejo, y mala para la jovencita, luego de que el primero estuvo unos cinco segundos presionando vigorosamente, con los ojos bien cerrados, con el rostro desfigurado debido a las fuerzas que le estaba poniendo, los jóvenes pliegues femeninos cedieron. Es decir, la vagina de Sara acababa de permitir el ingreso ―hasta la mitad por lo menos― de la gruesa verga de don Benito.


—¡¡Aaaaaayyyyyyyyyy!! ¡¡Ayyyyyyyyyyyyyy!! —gritó desbocadamente Sara—. ¡¡Buaaaaaaa!! ¡¡Buaaaaaaa!! ¡¡Don Benitoooo, por favoooooorr!! ¡¡Ya… no… me… la… me… taaaaaa!! ¡¡Sniff!! ¡¡Sniff!!


Sara sentía que la rompían por dentro. Sus vírgenes carnes vaginales se rasgaban ante la brutal intromisión a su deleitoso cuerpo.


—¡¡Cállate, zorraaa!! ¡Ve aceptando mi verga, que aun te falta por recibir! ¡¡Tomaaaaaa!! —bramó don Benito dándole un tercer y aún más brutal empuje.


Con semejante arremetida, Sara terminó por comerse vaginalmente toda la verga de don Benito. Le había entrado totalmente. Solo los pesados testículos llenos de semen caliente y espeso habían quedado fuera de su cuerpo recién estrenado sexualmente por la vagina. Estaba hecho, Sara, ya no era virgen. Don Benito, un asqueroso y viejo campesino, se había encargado de tomar y usurpar la virginidad de la tierna jovencita, recién convertida en mujer. Esta, su castidad, pertenecería al campesino por el resto de su existencia. 


Don Benito, con su rostro contraído por las fuerzas, permaneció ensartado dentro del cuerpo de Sara en toda su longitud vergal por más de un minuto. El calor interior del cuerpo de aquella jovencita que envolvía a su verga era el mayor placer que jamás en su vida había experimentado. No quería salirse jamás de aquella apretada vagina que, en forma forzosa, le albergaba su gruesa tranca. Podía sentir como un líquido mojaba su verga y salía de forma lenta de la vagina hasta manchar el colchón, esto era nada más y nada menos que la sangre que dictaba que oficialmente la habían desvirgado. 

En la habitación interior de aquella casa, todo era silencio. Solo se escuchaban los sollozos de la hembra recién desvirgada.


Una vez que el degenerado de don Benito determinó que ya era tiempo suficiente para que aquel apretado reducto amatorio se acostumbrara a sus dimensiones vergales, concluyó que ya había llegado el momento de empezar a moverse. Lo haría lo más brutal posible, para que esa tremenda jovencita sintiera y supiera lo que era culear con un verdadero macho caliente.


—¡¡Que rica tienes la concha, pendeja!! —exclamó el vejete, babeando, con los ojos cerrados, antes de comenzar a moverse—. ¡No me saldría de tu cuerpo jamás! ¡Eres una verdadera hembrita hecha para ser montada por un verdadero hombre salvaje como yo! ¡Desde hoy sabrás lo que es culear, ricura! ¡¡Jajaja!! ¡Te haré sentir lo que jamás nadie te lograra provocar!! —le decía el viejo, riéndose y burlándose, a una ensartada y adolorida Sara.


Don Benito comenzó a moverse lentamente en forma culeatoria. Metía toda su tranca, mandaba una recia arremetida y la retiraba solo hasta la mitad. Esto, una y otra vez. El calor interior, y las placenteras sensaciones que le prodigaba la vagina de aquel angelito a su verga, eran indescriptibles.


Mientras Sara, aplastada y ensartada, ni siquiera podía moverse por el intenso dolor que sentía por cada apuntalamiento que le daban con animal ensañamiento. Sentía que la estaban empalando por la vagina; que aquel grueso palo en cualquier momento destrozaría sus órganos internos terminando de salirle por la boca.


Y claro, don Benito cada vez se movía más fuerte, intentando adentrarse lo máximo posible hacia el interior de aquel curvilíneo y juvenil cuerpo. La cama rechinaba, amenazando con desarmarse, por cada fiero bombeo que hacia el mecánico.


Fueron pasando los minutos y don Benito, en forma gradual, iba aumentando la velocidad de los empujes. Este aserruchaba, metía y taladraba profundo en los interiores de Sara haciendo circulos, el viejo estaba que sudaba. 

Sara también sudaba, lo comprobaban algunos cabellos pegados en su carita y ciertas gotitas de transpiración que se le acumulaban en la bajada de su nariz. No se dio cuenta cual fue el momento en que cerró sus ojos para dejar al viejo hacer con ella lo que quisiera. Como es natural, el dolor fue pasando en forma paulatina. La cosa era que, a estas alturas, la culeada que le estaban poniendo era de campeonato. Sara la estaba sintiendo con sus piernas bien abiertas y con sus ojos bien cerrados.


Don Benito sabía que tenía que aprovechar esa instancia. No estaba muy seguro de que se le fuera a parar de nuevo la verga después de que eyaculara. Determinó que tenía que prolongar lo más posible aquella cogida de antología que se estaba pegando con esa bella estudiante de dieciocho años.


En tanto, en aquella habitación lo único que se escuchaba era el prolongado rechinar de la cama ante los bruscos movimientos que hacían sobre ella, y los suspiros de dolor y placer de ambos amantes ante la desnaturalizada culeada que se estaban pegando.


Sara muy confundida, no sabía qué hacer. El dolor en su vagina había ido aminorando. Aun sentía dolor. Pero era un extraño dolor que la hacía sentir rico. Notó que mientras más profunda era la clavada, el dolor parecía que más iba a desaparecer. Lentamente comenzó a empujar hacia adelante, como para comprobar si así lograba soportarlo mejor.


A los pocos minutos de estas extrañas sensaciones, Sara ya no se movía para que desapareciera el dolor ni nada parecido. Todo indicaba que ya le había encontrado el gustillo al asunto. Es decir, quien la viera diría que ya estaba culeando como corresponde.


Don Benito, mientras se meneaba feroz sobre Sara, sintió sus delineados brazos aferrarse a su espalda. Pensó que lo había hecho para sujetarse. Sin embargo, en un instante que se detuvo para estudiar lo que allí abajo estaba ocurriendo, con placentera emoción comprobó que la joven seguía moviendo sus caderas de atrás hacia delante. Sus ojos estaban cerrados, y respiraba solo por sus labios entreabiertos. O sea, estaba cogiendo, según se daba cuenta. Por lo que a modo de agradecimiento comenzó a moverse y a meterle la verga en una forma casi demencial. Ahora sí que se venía lo bueno, pensaba con calenturienta emoción.


—¡Aaaah! ¡Que rico te meneas, putita! ¡¡Te lo dije!! ¡¡Sabía que iba a terminar gustándote!! —le bramó preso de excitación. Su goce aumentó en un cien por ciento con solo saber que la chica también estaba culeando.


Sara no lo quería admitir, pero a estas alturas ya se la estaba pasando muy bien acostada con él. Esto, a pesar de que su conciencia le seguía recordando que se la estaban violando. 

Aun así se entregó en cuerpo y alma a todo lo que aquel libidinoso viejo verde quisiera hacer con ella. Las delicadas manitas de Sara, con uñas muy bien cuidadas, lentamente comenzaron a deslizarse por las anchas espaldas de don Benito. Se sintió emocionada de estar en tales circunstancias con un hombre mucho más viejo que ella, y que este le estuviera haciendo sentir, a vergazo limpio, esos gratificantes y arrebatadores escalofríos de placer.


Don Benito que se sabía el ganador de aquella caliente contienda, separó su cuerpo levemente para admirar a la diosa que mantenía ensartada con su armatoste. Solo le empujaba la verga hacia delante sin sacársela un solo centímetro. La vio con sus idílicos y perdidos ojitos semi cerrados. Como también pudo ver que de sus rojos labios caía una pequeña cantidad de saliva. Señal inequívoca de que aquella hermosa hembrita había sucumbido a los deliciosos placeres de la carne, y de que estaba sintiendo placer de todo lo que le hacía. Cautivado, escuchó que por cada movimiento de clavada que le daba, la joven emitía un audible ¡¡Uuuffsh!! ¡¡Aaaah!!


Con semejante música para sus oídos, sin perder el tiempo, aprovechando la ocasión, don Benito buscó con febril desesperación aquellos preciados labios rojos semi abiertos que le prometían el paraíso. Sara lo recibió casi con agrado, fundiéndose ambos en el más apasionado beso con lengua que jamás en sus vidas se habían dado en ocasión alguna.


La pareja se besaba cada vez más lascivamente. La potente jovencita, guiada por un nuevo afecto recién aflorado desde sus revolucionadas progesteronas, fue subiendo sus manitas hasta la parte de atrás de la cabeza de don Benito. Mientras este la poseía, Sara se daba a aplicarle un delicado masaje, con la yema de sus dedos, en el áspero pellejo de la nuca.


Sara se devoraba como una posesa la boca de don Benito. Sus delicados dedos se perdían entre hirsutos pelos canosos; jugaba con su lengua y la de él, revolviendo la gran cantidad de babas de ambos que se acumulaban dentro de su fresca boquita, y que ella se encargaba de ir tragándoselas todas. Era una autentica deidad dadora de placer en lo que se había convertido la tierna joven.


Don Benito, mientras se la comía por la boca y por la vagina, no se la quería creer. Esa hermosa chica que había conocido hace apenas unas semanas se estaba entregando a el por completo. 


- Te dije que te iba a encantar mi verga, pendeja! ¡Vamos, dime que te encantó mi verga! —exclamó don Benito, apenas pudo separarse de sus rojos labios. Se lo pidió sin dejar de arremeter con violencia.


Sara no le contestaba. La inmensa y desquiciante excitación que se había apoderado de su persona no se lo permitía. Los suspiros de placer que salían de sus labios comenzaron a subir de volumen e intensidad, convirtiéndose en alaridos de auténtico placer.


Don Benito mantenía su frenético ritmo de meter y sacar la verga en la acuosa vagina. Conforme aumentaban los gritos de la joven, el campesino más aceleraba y ganaba fuerzas en sus movimientos. Hasta que sus oídos escucharon lo que anhelaba oír. Las palabras que exclamó Sara, a través de gritos, fueron claras y concisas.


—¡Aaaah! ¡Sí! ¡Sííí! ¡Ricooo! ¡Papi!


—¿¡Te gusta cómo te la meto, pendeja!? ¿¡Te gusta!? —le consultó el caliente vejete, intentando meterla le verga lo más profundo que podía.


—¡Sí, don Benito! ¡Métamela todo lo que quiera! ¡Más adentrooo! ¡Más adentrooo! —exigía Sara, a la vez que meneaba con fuerzas sus caderas hacia adelante para hacer más profunda la clavada.


—¡¡Sigaaaa!! ¡¡Sigaaaaaa!! ¡¡Métamela enteraaaaa!! ¡¡Métamela más fuerteee!! ¡¡Todaaa!! ¡¡Todaaaa!!


El feliz y fiero campesino comenzó a empujar hacia el interior de la joven sin cejar en su empeño. Lo estuvo haciendo hasta que ambas pubis, una suave y casi depilada, en contraste de la otra que era bien peluda, se quedaron pegadas haciendo desquiciantes círculos copulatorios, sin despegarse ni siquiera un milímetro.


Ambos cuerpos ya estaban al borde de un fenomenal orgasmo. Don Benito estaba agarrado con sus mugrientas manos a los suaves hombros de Sara, bien empotrado en su despampanante anatomía. Arremetía y empujaba sobre ella peor que un enajenado. Aun así, pudo notar la inminente explosión que se venía en el cuerpo de su compañera de coito. Sentía que la joven derramaba abundantes y calientes chorros de líquidos vaginales sobre su verga. El viejo no sabía si estos eran de orina o de otro tipo de fluidos, pero de lo que sí estaba seguro era de que estos le estaban bañando de forma exquisita su adolorida vergota.


—¡¡Así!! ¡¡Así, don Benitooooh!! ¡¡Deme más fuerteee!! ¡¡Más fuerteeee!! —continuaba vociferando Sara. Estaba con su espalda enarcada y con su vagina bien levantada. Esto, con el afán de que don Benito no le sacara su verga ni un centímetro de su cosita.


El viejo sentía su miembro enterrado hasta lo más profundo de las tiernas entrañas de aquella dulce y caliente joven, que no paraba de menearse. La veía perdida en su calentura. Ambos se movían, gozándose en el arte de la reproducción. En eso estaban cuando el cuerpo de Sara no fue capaz de resistir tanto disfrute. Fue una formidable y placentera corriente eléctrica que le nació desde lo más profundo de su vagina, la que se expandió a raudales hacia todas las extremidades de su cuerpo, haciéndole explotar en un formidable y grandioso orgasmo.


—¡¡Síííííí!! ¡¡Aaaaah!!—gritó Sara como una verdadera posesa, encogiendo lo que más pudo sus piernas. Su femenino grito de auténtico placer fue emitido desde lo más profundo de su ser y de su alma. Recorrió y retumbó por todos los rincones de la casa.


Don Benito determinó que ese era el momento exacto para verter su apremiante y urgido simiente al interior del cuerpo de tan estupenda y curvilínea jovencita. En el momento en que Sara emitía su placentero grito de éxtasis, el viejo la acalló con un asfixiante beso en la boca el cual daba la impresión que se la estaba comiendo. Luego de estar besándola con harta lengua, por unos veinte segundos por lo menos, se dio a notificarle su corrida.


—¡Eres una Diosa a la hora de culear, pedazo de zorra! ¡¡Ya no aguan… tooo… máááás!! ¡¡Me corroooo!! ¡¡Me voy… a… co… correeer… adentroooo!! ¡¡Oh, sí, que… ri… ricooooo!! ¡¡Recibe mi leche pu… putaaaaa!! ¡¡To… maaaaaaa!! ¡¡Argggh!! —gruño con desesperación, fijando su mirada en el hermoso rostro descongestionado de Sara, que aún seguía perdida en su orgasmo.


En fin, don Benito derramó en el interior del vientre de Sara, por lo menos, unos siete potentes chorros de hirviente y reproductivo semen, el cual salía escupido en abundancia, con fuerzas, desde su verga, quemando las entrañas de la excitada Sara, quien sentía la potencia y virilidad de aquel macho. 


Estuvieron pegados en esa posición un espacio de tiempo indeterminado. Sara estaba con sus bellos muslos bien abiertos y don Benito sobre ella, aun incrustado en la hirviente vagina de la joven.


Para el viejo había sido la culeada de su vida, y estaba dispuesto a repetir en cuanto sus fuerzas se lo permitieran. Lentamente el campesino se fue saliendo y desclavando del pequeño cuerpo de Sara, hasta que se echó a un lado de ella. Ambos quedaron tendidos en la cama, exhaustos. 


Sara ya no pensaba con claridad, le temblaban las piernas y su mirada estaba perdida debido al orgasmo que tuvo.

El viejo por su lado estaba cansado y su ritmo cardíaco lo tenía al máximo. Sin embargo, notó que su verga todavía la tenía erecta y dura, volteó a ver a la niña y vió que respiraba agitadamente en la cama con sus piernitas cerradas y sus ojos abiertos mordiendose los labios. 



Luego volteó a ver hacia la ventana para darse cuenta que todavía era de día y podía pasar más tiempo con ella antes de que se hiciera de noche y llegara doña Lupita. 

- "Si no aprovecho ahorita probablemente no pueda volver a repetir, además ya me entro la duda de si este era mi regalo o no, porque Sarita se mostró negativa...bueno, no importa, ya estoy aquí y voy a aprovechar que mi verga esta al 100 jeje, tantos años acumulados los desquitare ahorita." - Fue lo que dijo don Benito dentro de su mente.

Se levantó y se quitó la camisa que aún traía puesta tirandola al piso. 


La pobre Sarita no se esperaba lo que se venía a continuación, la verdadera follada aún estaba por empezar. 

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