Laura era una mujer de 26 años que atraía todas las miradas. Rubia natural, con una larga melena ondulada que caía en suaves cascadas doradas con algunos mechones más claros, enmarcaba un rostro bello y sensual. Sus intensos ojos verdes brillaban tras unas gafas de montura negra que le daban un aire profesional e intelectual, pero también muy sexy. Tenía labios carnosos y jugosos, pintados habitualmente de un rosa brillante que invitaba a mirarlos. Su piel era clara y tersa, con un rubor natural que aparecía fácilmente en sus mejillas cuando se emocionaba o se ponía nerviosa.
Su cuerpo era todo un espectáculo: pechos grandes, firmes y redondos que llenaban generosamente cualquier blusa, una cintura estrecha que contrastaba con caderas anchas y un trasero redondo y provocativo. Esa mañana, sin embargo, él aún no se había vestido para ir a la oficina. Ella estaba en casa con una sencilla bata corta de seda que apenas le cubría los muslos, dejando ver parte de sus largas y tonificadas piernas.
Laura trabajaba como coordinadora administrativa en una empresa de logística mediana en el centro de la ciudad. Era la jefa directa del área de oficinas: organizaba agendas, supervisaba informes, gestionaba al personal administrativo y, entre otras cosas, daba órdenes al personal de mantenimiento. A pesar de su juventud, era eficiente, autoritaria cuando era necesario y tenía un carácter fuerte que inspiraba respeto. Llevaba tres años casada con Carlos, un abogado de 27 años, pero aún no tenían hijos. La vida matrimonial era cómoda, aunque últimamente las preocupaciones rutinarias y económicas empezaban a pasarle factura.
Esa mañana, en su apartamento de dos habitaciones en un edificio moderno, Laura terminaba de preparar café en la cocina. Carlos acababa de salir de la ducha, con el pelo aún húmedo y una toalla alrededor de la cintura. Era un chico atractivo, de complexión normal, pero su expresión reflejaba la frustración de los últimos meses: solo había ganado dos casos pequeños y los honorarios no alcanzaban para pagar todas las facturas. A pesar de ello, se acercó a su esposa por detrás y la abrazó con cariño, rodeándola con los brazos por la cintura y besándole suavemente el cuello.
—Buenos días, mi amor —murmuró contra su piel, con la voz aún ronca por el sueño—. Hueles de maravilla... como siempre.
Laura sonrió y se apoyó un poco en él, sintiendo el calor de su cuerpo.
—Buenos días, abogado. ¿Durmió bien?
Carlos suspiró y la abrazó con más fuerza, pero ella notó la tensión en sus hombros.
—Más o menos... Anoche estuve revisando el caso de los hermanos López. Creo que voy a perder la cabeza otra vez. No sé qué estoy haciendo mal, Laura. Cada vez hay menos clientes y los gastos no paran.
Ella se giró entre sus brazos y le acarició la mejilla con ternura, mirándolo a los ojos.
—Vas a salir adelante, Carlos. Siempre lo haces. Es solo una mala racha.
Él asintió, pero su mirada se posó en el escote del vestido de Laura, donde asomaban sus generosos senos. La besó con más intensidad, deslizando una mano por su espalda hasta llegar a sus nalgas y apretándolas suavemente sobre la seda.
—Eres lo mejor que tengo —dijo con sincero cariño, aunque en su voz se percibía un dejo de frustración contenida—. Ojalá pudiera darte más… vacaciones, una casa más grande, todo lo que te mereces.
Laura lo besó en los labios, correspondiendo al beso con cariño. Sintió la erección de Carlos presionando contra su vientre a través de la toalla, pero también notó que no era tan firme ni tan urgente como antes. Últimamente, el sexo entre ellos se había vuelto más rutinario y menos apasionado; él llegaba cansado y preocupado, y ella, aunque lo amaba, comenzaba a extrañar la emoción que sentía al principio de la relación.
—Tenemos tiempo antes de que vaya a la oficina —susurró, deslizando una mano por el pecho de Carlos, tratando de animarlo—. ¿Quieres…?
Carlos sonrió con cierta tristeza y negó suavemente con la cabeza.
—Eso espero, pero tengo una reunión a las nueve y media y aún tengo que preparar algunos documentos. ¿Esta noche? Prometo que te haré un hueco.
La besó una vez más, esta vez con más ternura que pasión, y se apartó para vestirse. Laura se quedó sola en la cocina, terminando su café. Él sintió una mezcla de comprensión y un ligero vacío. Ella quería apoyar a su marido, pero también anhelaba que él la deseara con más intensidad, que la tomara sin tantas preocupaciones.
Media hora después, ya vestida para ir a la oficina con una blusa de rayas grises y blancas que le sentaba de maravilla a su generoso busto, una falda corta y ajustada negra y medias negras con ligueros que asomaban provocativamente por debajo del dobladillo, Laura se miró en el espejo del pasillo. Se puso las gafas, se arregló el pelo rubio y cogió su bolso. Carlos ya se había ido a su despacho.
"Nos vemos por la noche, cariño", gritó desde la puerta, aunque sabía que probablemente volvería a llegar tarde.
Al salir del edificio y dirigirse a su coche, Laura sintió una ligera punzada de anticipación por el día en la oficina. No sabía por qué, pero hoy se había vestido de forma un poco más atrevida de lo habitual. La blusa estaba un par de botones más abierta de lo normal, dejando ver más escote, y la falda parecía más corta. Quizás solo quería sentirse deseada.
Laura llegó a la oficina alrededor de las 8:40 de la mañana, como de costumbre. El edificio de la empresa de logística estaba en una zona industrial moderna, con amplios ventanales y un ambiente que olía a café recién hecho y papel impreso. Caminaba con paso firme sobre sus tacones, la falda negra corta ceñida a sus caderas y el culo redondo, mientras la blusa de rayas grises y blancas se ajustaba a sus pechos generosos, dejando ver un escote pronunciado que ya había hecho girar algunas cabezas en el estacionamiento.
Al entrar al área administrativa, saludó con una sonrisa profesional pero distante a las dos secretarias que ya estaban en sus puestos.
—Buenos días, chicas. ¿Ya llegó el reporte de envíos de ayer? Necesito revisarlo antes de las diez.
Las chicas asintieron rápidamente y le entregaron la carpeta. Laura se dirigió a su oficina privada, una habitación con paredes de vidrio que le permitía supervisar el piso abierto. Dejó su bolso sobre el escritorio, encendió la computadora y se sentó cruzando las piernas. La falda subió un poco más, dejando ver las ligas negras de sus medias transparentes. Revisó correos, contestó un par de mensajes urgentes y luego salió de nuevo al área común para dar indicaciones.
Pasó por el cubículo de contabilidad y le recordó a un empleado joven que el formato de facturas estaba mal otra vez.
—Te lo dije la semana pasada, Miguel. Si vuelve a pasar, te lo descuento del bono. ¿Entendido?
El chico se disculpó nervioso y ella continuó su ronda con autoridad natural. Se sentía poderosa cuando hacía eso: joven, guapa y al mando de un equipo que la respetaba (y en algunos casos temía un poco).
Alrededor de las 9:15, mientras caminaba hacia la zona de archivo, vio al intendente Don Roberto empujando el carrito de limpieza con la aspiradora y los productos. Era la primera vez que lo veía esa mañana.
—Roberto —llamó ella con tono firme y mandón, sin siquiera detenerse del todo—. Ven un momento.
El hombre se acercó de inmediato, dejando el carrito a un lado. Don Roberto tenía 51 años, era de estatura media, un poco encorvado por los años de trabajo físico, con una barriga prominente y floja que sobresalía por encima del cinturón de su uniforme gris desgastado. Su rostro era poco agraciado: piel morena y áspera, con arrugas profundas alrededor de los ojos y la boca, cabello negro entrecano peinado hacia atrás con gel barato, una nariz grande y bulbosa, y dientes ligeramente amarillentos por el tabaco que fumaba a escondidas. No era feo de forma grotesca, pero definitivamente no era un hombre atractivo; parecía exactamente lo que era: un intendente de mantenimiento de toda la vida.
—Buenos días, Doña Laura —dijo con voz respetuosa y baja, casi sumisa, mirando al suelo por un segundo antes de levantar la vista—. ¿En qué la puedo servir?
Laura se cruzó de brazos, lo que hizo que sus pechos se presionaran y se marcaran aún más contra la blusa.
—Hay una mancha grande de refresco en la alfombra del pasillo de contabilidad. Límpiala ahora mismo, por favor. Y esta vez quiero que quede perfecta, no como la semana pasada que todavía se veía la sombra. ¿Estamos claros?
—Sí, Doña Laura. Ahora mismo me pongo a ello —respondió él con tono obediente, asintiendo varias veces—. No se preocupe, quedará como nueva.
—Bien. Y cuando termines con eso, revisa los baños del segundo piso. Hay un dispensador de jabón que está goteando. No quiero quejas de los clientes.
—Entendido, Doña Laura. En cuanto termine aquí voy para allá.
Laura asintió satisfecha, dio media vuelta y se alejó contoneando las caderas sin darse cuenta, la falda ajustada marcando su culo redondo y las ligas asomando ligeramente con cada paso. Sus tacones resonaron por el pasillo mientras regresaba a su oficina.
Una vez que ella desapareció detrás de la puerta de vidrio, Don Roberto se quedó unos segundos inmóvil, con la mirada fija en la dirección por donde se había ido. Soltó un suspiro largo y pesado.
Don Roberto era un hombre casado desde hacía veintiocho años con Marta, una mujer de su misma edad que trabajaba como cocinera en una escuela. Tenían tres hijos ya grandes y una vida sencilla en una casa modesta en las afueras. No era un hombre fuerte ni musculoso; era un señor común y corriente, con esa barriga blanda de quien come tacos y cerveza los fines de semana, manos callosas por el trabajo de limpieza y mantenimiento, y una apariencia ordinaria y poco atractiva que nunca había llamado la atención de las mujeres bonitas.
Pero Laura… Laura era diferente. Desde que ella llegó a la empresa hacía casi dos años, Don Roberto no había podido dejar de mirarla. Le fascinaba todo de ella: su cabello rubio largo y brillante, esos ojos verdes detrás de los lentes, los labios carnosos, y sobre todo ese cuerpo exuberante que vestía con faldas cortas y blusas ajustadas. Le encantaba cuando ella le daba órdenes con ese tono mandón y superior; le excitaba secretamente ver cómo una mujer tan joven, tan guapa y tan casada lo trataba como si fuera un simple sirviente. Muchas noches, después de llegar a casa y acostarse al lado de su esposa, se masturbaba pensando en Laura: imaginando cómo sería tocar esas tetas grandes, levantar esa falda corta y follarla sobre su propio escritorio mientras ella seguía dándole órdenes… hasta que él tomara el control.
Sacudió la cabeza, tomó la aspiradora y se dirigió al pasillo de contabilidad con la mancha. Mientras frotaba la alfombra con fuerza, no podía quitarse de la cabeza la imagen de las ligas negras asomando bajo la falda de Laura y el escote profundo que había visto cuando ella se cruzó de brazos.
Laura pasó el resto de la mañana y la tarde inmersa en su rutina de jefa. Después de la primera orden a Don Roberto, revisó reportes de envíos con las secretarias, corrigió un par de errores en las facturas y tuvo una breve reunión con el gerente de operaciones para coordinar los horarios de la semana siguiente.
En un momento, salió de su oficina para supervisar personalmente el archivo de documentos importantes, caminando con paso decidido por los pasillos. Su falda negra corta se movía con cada paso, dejando entrever las ligas de sus medias negras, y la blusa de rayas se ajustaba a sus pechos generosos, marcando su figura de forma provocativa sin que ella pareciera darse cuenta del todo.
Al mediodía comió un almuerzo rápido en su escritorio: una ensalada y un café, mientras respondía correos y pensaba en Carlos. Le mandó un mensaje: “¿Cómo va tu día, amor? Espero que el caso vaya mejor”. La respuesta llegó tarde y corta: “Regular. Te quiero”.
Por la tarde, alrededor de las 4:30, Laura volvió a necesitar algo del mantenimiento. Vio a Don Roberto limpiando las ventanas del pasillo principal y lo llamó con voz firme y autoritaria:
—Roberto, ven aquí un segundo.
Él se acercó de inmediato, dejando el trapeador a un lado, con la misma expresión respetuosa y sumisa de siempre.
—Dígame, Doña Laura.
—Hay una bombilla fundida en el baño de damas del primer piso. Cámbiala ahora mismo, por favor. Y asegúrate de que sea una luz blanca, no esa amarilla barata que pusiste la última vez. Quiero que quede perfecto.
—Sí, Doña Laura. Enseguida me encargo —respondió él con tono obediente, bajando ligeramente la mirada—. No se preocupe, lo haré bien.
Laura asintió sin sonreír, dio media vuelta y se alejó contoneando las caderas, sin notar cómo los ojos de Don Roberto se quedaban fijos en su culo redondo y en las ligas que asomaban bajo la falda corta.
Esa última interacción fue la que más le quedó grabada al intendente. Mientras cambiaba la bombilla, no podía dejar de imaginar cómo sería tener a esa rubia mandona debajo de él, gimiendo su nombre en lugar de darle órdenes.
Alrededor de las 7:20 de la noche, casi todos los empleados ya se habían ido. Laura seguía en su oficina, terminando el reporte mensual que tenía que entregar al día siguiente. La oficina estaba en silencio, solo se escuchaba el sonido lejano de la aspiradora de Don Roberto en otro pasillo. Decidió quedarse hasta terminar; no quería llevarse trabajo a casa otra vez.
Finalmente, a las 8:15 pm, apagó la computadora, se levantó, estiró los brazos (lo que hizo que sus pechos se marcaran aún más contra la blusa) y tomó su bolso. Apagó las luces de su oficina y salió al área común, caminando hacia la salida.
Cuando Laura llegó a casa esa noche, eran casi las 9:30. El departamento estaba en penumbras, solo con la luz de la sala encendida. Carlos estaba sentado en el sofá, con el laptop en las piernas y varias carpetas esparcidas sobre la mesa. Tenía ojeras y una expresión de cansancio profundo. Al verla entrar, levantó la vista y sonrió con cariño.
—Hola, mi vida. Llegaste tarde otra vez…
Laura dejó el bolso en la entrada, se quitó los tacones y se acercó a él. Se inclinó para darle un beso en los labios.
—Sí, tuve que terminar el reporte. ¿Tú cómo estás? ¿Comiste algo?
Carlos suspiró y cerró el laptop.
—Comí un sándwich. El caso de los López se complicó más de lo que pensaba. Creo que lo voy a perder… otra vez. No sé qué más hacer, Laura. Los clientes me están dejando y los gastos siguen acumulándose.
Ella se sentó a su lado en el sofá y le acarició el cabello con ternura.
—Vas a salir adelante, amor. Solo es una mala racha.
Carlos la miró con ojos cansados pero llenos de afecto. La atrajo hacia sí y la besó, esta vez con más intensidad. Sus manos recorrieron la espalda de Laura y bajaron hasta su culo, apretándolo suavemente por encima de la falda. Ella respondió al beso, sintiendo un calor familiar, y se subió a horcajadas sobre él. Podía sentir la erección de Carlos presionando contra ella a través del pantalón.
—Te extrañé hoy… —susurró Laura contra sus labios, moviéndose ligeramente sobre su regazo.
Carlos gimió bajito y le subió la falda, tocando las ligas de sus medias con dedos temblorosos. La besó en el cuello, pero después de unos minutos su erección empezó a perder fuerza. Intentó tocarla más, deslizar la mano entre sus piernas, pero no lograba endurecerse del todo. La frustración era evidente en su rostro.
—Lo siento… —murmuró él, apartándose un poco con vergüenza—. Hoy estoy muy cansado. La cabeza no me ayuda. Mañana te compenso, te lo prometo.
Laura se quedó quieta sobre él, sintiendo una mezcla de comprensión y decepción. Su cuerpo estaba excitado, sus pezones duros contra la blusa y un calor húmedo entre las piernas, pero una vez más su marido no podía satisfacerla. Le dio un beso suave en la frente y se levantó.
—No te preocupes, amor. Descansa. Voy a darme una ducha.
Se dirigió al baño, dejando a Carlos en el sofá con la mirada perdida. Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo desnudo, Laura cerró los ojos y dejó que su mano bajara entre sus piernas. Se tocó pensando en la oficina vacía, en las miradas que había recibido durante el día… y, sin querer, la imagen de Don Roberto arrodillado limpiando bajo su escritorio cruzó por su mente por un segundo. Sacudió la cabeza, avergonzada, pero el calor no desapareció.
Esa noche se acostó al lado de su marido, que ya dormía profundamente. Laura se quedó mirando el techo, con el cuerpo aún palpitante y la mente inquieta.
Don Roberto llegó a su casa pasadas las 9:50 de la noche. La pequeña vivienda de dos pisos en una colonia estaba iluminada solo por la luz de la sala y la cocina. Aparcó su vieja camioneta pick-up en la entrada y entró arrastrando un poco los pies, cansado del largo día.
En la cocina, su esposa Marta, una mujer de 49 años, algo gruesa, con el cabello teñido de negro y ya con algunas canas visibles en las raíces, estaba terminando de lavar los trastos. Llevaba una bata de casa vieja y pantuflas. Al escucharlo entrar, apenas giró la cabeza.
—Llegaste tarde otra vez —dijo sin mucho entusiasmo—. La cena está fría. Tus tacos de bistec se secaron.
—Tuve que quedarme más tiempo en la oficina —respondió Roberto con voz cansada, dejando las llaves sobre la mesa—. Había mucho que limpiar hoy.
De la sala llegó el sonido de la televisión. Sus dos hijos más jóvenes (un chico de 22 y una chica de 20) estaban tirados en el sofá viendo un partido de fútbol. El mayor ya vivía con su novia.
—Papá, ¿nos trajiste algo de la tienda? —preguntó el hijo sin apartar la vista de la pantalla.
—No, mijo. Hoy no pasé por allá —contestó Roberto mientras se quitaba los zapatos.
Marta se secó las manos con un trapo y lo miró de arriba abajo.
—Te ves sudado. Ve a bañarte antes de que te sientes a la mesa. Y mañana no te olvides de comprar el gas, que ya casi se acaba.
Roberto asintió en silencio y se dirigió al baño. Mientras se quitaba el uniforme gris, no podía dejar de pensar en Laura. Recordaba perfectamente cómo se había visto esa tarde: la blusa de rayas abierta dejando ver el profundo escote, los pechos grandes y firmes moviéndose cuando ella se cruzaba de brazos, la falda corta subiendo por sus muslos y esas ligas negras que asomaban provocativamente. Comparada con Marta, que había engordado con los años, que ya casi no se arreglaba y que en la cama solo se dejaba hacer sin ganas ni pasión, Laura era como un sueño prohibido.
Se metió bajo la regadera y, mientras el agua caía sobre su cuerpo blando y su barriga prominente, su mano bajó automáticamente hasta su pene. Lo acarició lentamente, imaginando que era la mano suave y manicura de Laura la que lo tocaba. Recordó su voz mandona diciendo “Roberto, ven aquí”, y fantaseó con hacerla callar a base de embestidas, con tenerla arrodillada frente a él en esa oficina elegante, con esa boca carnosa rodeando su verga mientras ella lo miraba desde abajo con esos ojos verdes detrás de los lentes.
Cuando salió del baño, Marta ya estaba en la habitación, acostada de lado, viendo su teléfono. Roberto se metió a la cama y se pegó a ella por detrás, pasando un brazo alrededor de su cintura gruesa. Intentó besarle el cuello, pero ella se movió ligeramente, incómoda.
—Estoy cansada, Roberto. Mañana tengo que levantarme temprano para la escuela —murmuró sin voltear.
Él insistió un poco, deslizando la mano hacia sus pechos caídos, pero Marta lo apartó con suavidad.
—Otro día, ¿sí? Ya no estoy para esas cosas todas las noches.
Roberto se quedó quieto, mirando el techo. La frustración sexual que acumulaba desde hacía años se mezclaba ahora con el deseo ardiente que sentía por Laura. Su esposa ya no le provocaba nada. Su cuerpo había cambiado, el deseo había desaparecido, y las pocas veces que lo hacían era mecánico y sin pasión. En cambio, Laura… Laura era joven, guapa, con un cuerpo que parecía hecho para el pecado, y además era la jefa que lo mandaba con esa voz autoritaria que tanto lo excitaba.
Se levantó de la cama sin decir nada, fue a la sala y se sentó un rato en la oscuridad, con una cerveza que sacó del refrigerador. Mientras bebía a sorbos, pensaba:
“Ya estoy harto de esta vida gris”, pensó. “Esa rubia de 26 años es lo único que me hace sentir vivo. Lleva dos años provocándome sin saberlo con sus faldas cortas y sus órdenes. Esa jefa va a ser mía, aunque sea una sola vez.”
Apuró lo que quedaba de la cerveza, apagó la luz y regresó a la cama. Marta ya roncaba suavemente a su lado. Roberto cerró los ojos, pero en su mente solo había una imagen: Laura inclinada sobre su escritorio, la falda subida hasta la cintura y él detrás de ella, follándola sin piedad mientras ella gemía su nombre.
...
Al día siguiente Laura llegó a la oficina alrededor de las 8:35 de la mañana, vestida con un atuendo que dejaba claro que esa mañana se sentía más audaz. Llevaba un vestido gris ajustado de manga larga y tejido acanalado que se pegaba a cada curva de su cuerpo como una segunda piel. El escote en V profundo, con botones plateados que bajaban hasta el centro de su pecho, apenas contenía sus pechos grandes y firmes, que se marcaban de forma provocativa con cada movimiento. La falda del vestido era corta, terminando a mitad de sus muslos, y cuando se sentaba o se inclinaba, subía lo suficiente para dejar ver la piel suave y bronceada de sus piernas. Llevaba el cabello rubio largo y ondulado suelto, con unos lentes transparentes descansando sobre su cabeza como un accesorio casual. Sus labios estaban pintados de un rosa intenso y caminaba con tacones negros que hacían resonar sus pasos por todo el piso.
La misma rutina de siempre, pero con más miradas que de costumbre. Saludó a las secretarias con un “Buenos días, chicas, ¿ya están los reportes de ayer?” y se dirigió a su oficina de vidrio. Revisó correos, corrigió un par de documentos y salió un par de veces al área común para supervisar. En una de esas rondas, se sentó de forma casual en el borde de un escritorio del área administrativa, cruzando las piernas y dejando que el vestido se subiera un poco más, mostrando la curva de sus muslos. Varias cabezas se giraron, pero ella parecía ajena… o tal vez disfrutaba un poco del poder que eso le daba.
Alrededor de las 11:20, Laura salió de su oficina con una carpeta en la mano y cara de pocos amigos. Había notado que el piso del pasillo principal estaba sucio: huellas de zapatos y una mancha oscura que parecía café viejo. Vio a Don Roberto al final del pasillo, empujando su carrito de limpieza con la aspiradora y los trapeadores.
—Roberto —llamó ella en voz alta y cortante, para que todos en el área abierta la escucharan—. Ven aquí ahora mismo.
El intendente se acercó rápidamente, con su uniforme gris desgastado, la barriga prominente sobresaliendo y la mirada baja por costumbre. Había varios empleados cerca: dos secretarias, un contador y un mensajero que acababan de llegar.
—¿Sí, Doña Laura? —preguntó con voz respetuosa y sumisa, casi en un susurro.
Laura estaba de pie frente a él con las manos en la cintura, el vestido gris marcando sus pechos y su estrecha cintura. Su voz se elevó en tono, clara y humillante para que todos la oyeran:
—¿Qué es esto? —Señaló el suelo con el dedo, casi tocando la mancha—. Ayer te dije que limpiarías bien este pasillo. ¿Te parece limpio? Hay huellas por todas partes y esta mancha parece de hace una semana. ¿Estás ciego o es que no te importa hacer bien tu trabajo?
Don Roberto permaneció en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada. No se defendió. No dijo que hubiera limpiado la misma zona dos veces el día anterior, ni que la mancha la hubiera dejado un repartidor esa mañana. Solo tragó saliva y murmuró:
—Lo siento, Doña Laura. Lo limpio ahora mismo.
Pero aún no había terminado. Dio un paso más cerca, con su pronunciado escote casi a la altura de los ojos del intendente.
—¿Lo estoy limpiando ahora mismo? —repitió con tono burlón y alto—. Dijiste lo mismo ayer y mira cómo terminó. Tú eres el intendente, Roberto, no el que viene a cobrarte por no hacer nada. Si no puedes hacer bien tu trabajo, tendré que hablar con el gerente para que busque a alguien más joven y competente. ¿Lo entiendes o tengo que explicártelo más despacio?
Varios empleados disimularon sus sonrisas o bajaron la mirada, incómodos pero divertidos. Don Roberto permaneció inmóvil, agarrando con fuerza el mango de la fregona con sus manos callosas. Su rostro moreno se sonrojó ligeramente de vergüenza, pero no pronunció ni una palabra en su defensa. Simplemente asintió con humildad.
—Sí, Doña Laura... Tiene razón. Voy a limpiarlo ahora mismo y quedará perfecto. Disculpe.
Laura dejó escapar un suspiro de fastidio, se dio la vuelta y se alejó contoneando las caderas; el ajustado vestido gris resaltaba sus redondas nalgas y sus largas piernas. El silencio en el lugar era incómodo; nadie se atrevía a decir nada.
Don Roberto se quedó allí unos segundos más, mirando al suelo. Por dentro, la humillación ardía, pero también despertaba algo más oscuro. Esa rubia mandona, con ese vestido que parecía pintado sobre su cuerpo, lo había tratado como a un perro delante de todos... y él no había hecho nada. No podía. Porque cada vez que ella lo humillaba, su deseo por ella crecía más. Se arrodilló y comenzó a frotar la mancha con furia contenida.
Laura regresó a su oficina después de la humillación pública y cerró la puerta de vidrio. Se sentó en su silla ergonómica y trató de concentrarse en el reporte, pero las palabras de su propia voz resonaban en su cabeza.
«¿Estás ciego o simplemente no te importa hacer bien tu trabajo?»
«Voy a tener que hablar con el gerente para que busque a alguien más joven y más competente.»
Se pasó una mano por la cara y soltó un suspiro largo. Nunca había sido tan dura con nadie delante de los demás. Don Roberto siempre había sido respetuoso, callado y cumplidor. Era un hombre mayor, casado, que llevaba años en la empresa haciendo un trabajo que nadie más quería. Y ella lo había tratado como a un inútil frente a todo el personal.
La culpa empezó a crecerle en el pecho. Se sentía mal, infantil y abusiva. «No soy así», pensó. «Solo estoy estresada con el trabajo, con Carlos… pero eso no justifica humillar a alguien de esa forma».
Durante la tarde intentó concentrarse, pero cada vez que levantaba la vista veía a Don Roberto limpiando en silencio por los pasillos. No la miró ni una sola vez. Eso la hizo sentir peor.
A las 7:40 pm, casi todos los empleados ya se habían ido. Laura seguía en su oficina terminando el reporte. La planta estaba en silencio, solo se escuchaba el lejano zumbido de las luces fluorescentes. Decidió que no podía dejar pasar el día sin disculparse. No quería cargar con esa sensación toda la noche.
Tomó el teléfono interno y marcó la extensión de mantenimiento.
—Roberto, ¿puedes venir a mi oficina un momento, por favor? - Su voz sonó más suave que de costumbre.
Un par de minutos después, Don Roberto tocó suavemente la puerta de vidrio y entró. Todavía llevaba puesto su uniforme gris desgastado, con la barriga prominente marcándose bajo la camisa. Tenía las manos un poco húmedas de haber estado limpiando y olía ligeramente a producto de limpieza. Se detuvo frente al escritorio de Laura con la cabeza ligeramente inclinada, en su habitual postura sumisa y respetuosa.
—Buenas noches, Doña Laura. ¿Me mandó llamar? —preguntó con voz baja y educada, sin levantar mucho la mirada.
Laura se levantó de su silla. El vestido gris acanalado se ajustó a su cuerpo, marcando sus pechos generosos y sus caderas. Se sentía incómoda, pero sabía que tenía que hacerlo.
—Roberto… quiero hablar contigo sobre lo que pasó esta mañana en el pasillo.
Él permaneció callado, esperando.
—Yo… me pasé de la raya —continuó ella, cruzando los brazos debajo del pecho, lo que hizo que su escote se viera aún más pronunciado—. Te hablé de forma muy dura y te humillé delante de los demás. No estuvo bien. Tú siempre haces tu trabajo lo mejor que puedes y yo estaba frustrada por otras cosas. No tenías que recibir eso.
Don Roberto levantó un poco la vista, pero su expresión seguía siendo humilde.
—No se preocupe, Doña Laura. Yo entiendo. Usted es la jefa y tiene mucha presión. Yo soy solo el intendente. Si la mancha no quedó bien, es mi culpa. No tiene que disculparse conmigo.
Laura negó con la cabeza, sintiéndose aún más culpable por lo servil que él se mostraba.
—No, Roberto. No es tu culpa. Fui yo la que exageró. Me siento muy mal por cómo te traté. No quiero que pienses que te veo como alguien inferior o inútil. Eres importante para que esta oficina funcione bien.
Él asintió lentamente, con las manos juntas frente a su barriga.
—Gracias, Doña Laura. Sus palabras significan mucho para mí. No se preocupe más por eso. Yo sigo aquí para servirle en lo que necesite.
Laura lo miró unos segundos. El silencio de la oficina vacía se sentía pesado. Ella había venido a disculparse, pero ahora sentía que necesitaba hacer algo más para compensar y, sin pensarlo demasiado, dijo:
—Quiero compensarte de alguna forma. Dime… ¿hay algo que yo pueda hacer por usted?
Laura se quedó de pie frente a su escritorio, con una sonrisa pequeña y sincera, intentando arreglar el mal rato que le había hecho pasar esa mañana. Su intención era completamente inocente: se sentía culpable y quería compensarlo de alguna forma sencilla, quizás con un bono extra, un día libre o simplemente palabras amables.
Don Roberto parpadeó varias veces, claramente sorprendido. Sus ojos cansados se abrieron un poco más y miró al suelo, nervioso. Su postura seguía siendo sumisa: hombros ligeramente encorvados, manos callosas entrelazadas frente a su barriga prominente, voz baja y respetuosa.
—Yo… Doña Laura… no sé qué decir —murmuró, titubeando—. Nadie nunca me había pedido disculpas así. Yo solo… hago mi trabajo. No necesito nada especial. De verdad.
Laura insistió con buena onda, suavizando aún más su tono:
—Vamos, Roberto. Quiero hacer algo por ti. Has estado muchos años aquí y hoy te traté muy mal. Dime cualquier cosa que te pueda ayudar o que te haga sentir mejor. No seas tímido.
El intendente se quedó callado unos segundos, claramente sin saber qué pedir. Se rascó la nuca con una mano áspera y miró de reojo el profundo escote del vestido gris que Laura llevaba. Sus pechos grandes y redondos se marcaban de forma generosa bajo la tela acanalada. Tragó saliva, dudando mucho. Finalmente, con voz muy baja y avergonzada, casi susurrando, se atrevió a decir:
—Pues… si de verdad quiere hacer algo por mí, Doña Laura… solo… solo me gustaría ver un poquito más de su piel… de aquí —señaló tímidamente con la mirada hacia el escote de ella—. Solo un poco. Nada más. Sé que está mal pedir eso, pero… es lo único que se me ocurre en este momento. Discúlpeme si la ofendí.
Laura se quedó congelada. Sus ojos verdes se abrieron con sorpresa y su rostro se enrojeció de inmediato. Dio un paso atrás instintivamente y cruzó los brazos sobre el pecho, cubriéndose.
—¿Qué? —exclamó, con un tono entre molesto y desconcertado—. ¿Estás hablando en serio, Roberto? ¿Me pides que te enseñe el pecho? ¡Eso es completamente inapropiado! Yo solo quería disculparme y ser amable, no… no esto.
Don Roberto bajó la cabeza de inmediato, avergonzado, y retrocedió un paso.
—Perdóneme, Doña Laura… por favor. No sé en qué estaba pensando. Olvídelo. Yo me voy ahora mismo. No quería ofenderla. Es que… —su voz se quebró un poco—. Es que llevo muchos años sin que una mujer como usted me mire siquiera. Mi esposa ya casi ni me habla, mucho menos me deja tocarla. En mi casa solo soy el que trae el dinero y limpia. Mis hijos ya ni me respetan. Soy un viejo feo, con esta barriga y esta cara… y usted es tan joven, tan bonita, tan… todo lo que yo nunca voy a tener.
Hizo una pausa, con la mirada fija en el piso. Su tono era triste y sincero, sin dramatismo exagerado.
—Todas las noches llego a mi casa y mi mujer me dice que estoy cansado o que mañana tiene que madrugar. Hace años que no siento que una mujer me desee. Cuando usted me da órdenes… aunque sea fuerte… al menos me mira. Aunque sea para regañarme. Por eso me atreví a pedirle eso. Pero tiene razón, fue una falta de respeto. Mejor me retiro.
Laura se quedó en silencio, procesando sus palabras. La molestia inicial empezó a mezclarse con una punzada de lástima. Ver a ese hombre mayor, de apariencia tan común y humilde, confesando su vida gris y solitaria la hizo sentir mal otra vez. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada, y el escote de su vestido se movía con cada inhalación.
Ella permaneció callada unos segundos, debatiéndose internamente.
Laura sintió que se le apretaba el pecho al escuchar las palabras de Don Roberto. Ese hombre mayor, de apariencia tan común y cansada, con su barriga floja y su uniforme desgastado, le estaba confesando una vida gris y solitaria que ella nunca había imaginado. La lástima la invadió con fuerza. Podía ver en sus ojos cansados la sinceridad de su tristeza, y eso la hizo dudar mucho más que la molestia inicial.
Se mordió el labio inferior, aún con los brazos cruzados sobre su generoso escote, protegiéndolo. Su rostro seguía sonrojado.
—Roberto… yo… entiendo que estés pasando por un mal momento —dijo con voz más suave, pero aún insegura—. De verdad me da mucha pena lo que me cuentas. Nadie debería sentirse tan solo en su propia casa. Pero… pedir eso… no sé si esté bien. Soy una mujer casada, tú también estás casado. No quiero que esto se malinterprete.
Don Roberto mantuvo la cabeza baja, respetuoso y sumiso como siempre.
—Entiendo perfectamente, Doña Laura. No tiene que hacer nada. Ya fue suficiente con que se disculpara. Yo no merezco ni siquiera que me escuche. Discúlpeme otra vez por mi atrevimiento. Me retiro.
Laura dudó unos segundos más, debatiéndose internamente. Una parte de ella quería compensarlo de alguna forma, pero la otra sabía que cruzar esa línea era peligroso. Al final, optó por lo más seguro.
—Ve a terminar tu limpieza, Roberto —dijo con tono más calmado, aunque aún nervioso—. Yo… voy a pensar en todo esto. Gracias por contármelo.
—Sí, Doña Laura. Como usted mande —respondió él con humildad, sin protestar. Hizo una pequeña reverencia con la cabeza y salió de la oficina cerrando la puerta con cuidado.
Una vez sola, Laura se dejó caer en su silla. Se pasó las manos por el cabello rubio y soltó un largo suspiro. Su mente daba vueltas. Sentía lástima genuina por Don Roberto, pero también una extraña mezcla de culpa y confusión. ¿Cómo había llegado a esa situación solo por querer disculparse? Se quedó mirando la puerta de vidrio, pensativa, con el vestido gris ajustado marcando sus curvas y el escote profundo subiendo y bajando con su respiración agitada.
Minutos después, su teléfono vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de Carlos:
“Amor, no me esperes despierta. Voy a salir a tomar unas cervezas con los amigos para desahogarme del día. Llego tarde. Te quiero.”
Laura leyó el mensaje dos veces y sintió cómo la rabia le subía por el pecho. ¿Otra vez? ¿Después de que ella llegara tarde varias noches por trabajo, él ahora prefería irse de copas con sus amigos en lugar de estar con ella? Ni siquiera le preguntó cómo había sido su día. Sintió una punzada de resentimiento y soledad.
“¿En serio? ¿Otra vez saliendo con tus amigos mientras yo estoy aquí sola terminando reportes?”, pensó con enojo. Recordó las noches en que Carlos llegaba cansado, sin ganas de tocarla, y cómo últimamente su vida sexual se había vuelto casi inexistente.
Entonces, sin poder evitarlo, su mente volvió a Don Roberto. Ese señor mayor, humilde y feo, que acababa de confesarle que en su casa nadie lo valoraba, que su esposa casi ni lo dejaba tocarla… y que, sin embargo, la había mirado con un deseo tan sincero y desesperado. Por primera vez pensó: “Tal vez él valore más una simple atención mía que mi propio marido”.
La idea la perturbó y la excitó al mismo tiempo. Se quedó mirando la pantalla del teléfono un rato más, con el corazón latiéndole fuerte. La lástima por Roberto seguía ahí, pero ahora se mezclaba con algo más peligroso: curiosidad y un extraño deseo de sentirse deseada de verdad.
Finalmente, tomó el teléfono interno y marcó la extensión de mantenimiento otra vez.
—Roberto… ¿puedes venir de nuevo a mi oficina, por favor?
Su voz sonó un poco más temblorosa que la primera vez.
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Antes de eso, Don Roberto caminó lentamente por el pasillo vacío hasta llegar al pequeño cuarto de mantenimiento, ubicado al fondo del edificio. Cerró la puerta detrás de sí y se apoyó contra la pared metálica, soltando un largo y pesado suspiro. El cuarto olía a cloro, cera para pisos y sudor acumulado.
Se pasó una mano por la cara, sintiéndose como un completo idiota.
“Qué imbécil soy…”, murmuró para sí mismo en voz baja. “¿Cómo se me ocurrió pedirle eso? ‘Quiero ver un poquito más de su piel…’ ¡Qué vergüenza, carajo!”
Se dejó caer sentado sobre una caja de productos de limpieza, con la barriga prominente descansando sobre sus muslos. Miraba al suelo con expresión derrotada, los hombros caídos.
“Ya la arruiné todo. Ella solo quería disculparse, ser amable conmigo… y yo le pedí que me enseñara las tetas como un viejo pervertido. Ahora seguro piensa que soy un asqueroso. Mañana va a pedir que me cambien de turno o directamente me van a correr. Una mujer como ella… tan joven, tan bonita, con ese cuerpo… nunca va a fijarse en un viejo feo y pobre como yo. Nunca.”
Recordó la cara de sorpresa y molestia de Laura cuando él hizo su petición. Cómo cruzó los brazos para cubrirse. Cómo su voz subió de tono. El recuerdo le quemaba.
“En mi casa Marta ni siquiera me deja acercarme… y aquí, la única mujer que me ha hecho sentir algo en años, la cago de la peor forma posible. Ya ni siquiera voy a poder mirarla a la cara. Se acabó. Mejor me conformo con seguir limpiando y fantaseando en silencio, como siempre.”
Estaba tan metido en sus pensamientos de fracaso y autocompasión que casi da un salto cuando el teléfono interno del cuarto de mantenimiento sonó con fuerza.
¡Riiiing! ¡Riiiing!
Don Roberto se quedó mirando el aparato unos segundos, sorprendido. Dudó antes de contestar, pero finalmente levantó el auricular con mano temblorosa.
—¿Sí? —respondió con voz baja y respetuosa.
Del otro lado se escuchó la voz de Laura, ligeramente nerviosa pero clara:
—Roberto… ¿puedes venir de nuevo a mi oficina, por favor?
Él parpadeó, confundido. Su corazón empezó a latir más rápido.
—¿Otra vez, Doña Laura? —preguntó con tono sumiso, casi incrédulo—. ¿Hice algo mal?
Hubo un breve silencio del otro lado.
—No… solo ven, por favor. Te estoy esperando.
—Está bien, Doña Laura. Ahora mismo voy —respondió él rápidamente, aún sin entender qué estaba pasando.
Colgó el teléfono y se quedó unos segundos inmóvil, con la mano todavía en el auricular. Su mente empezó a dar vueltas a mil por hora. ¿Por qué lo llamaba de nuevo? ¿Lo iba a regañar más fuerte? ¿Lo iba a despedir? ¿O tal vez…?
Sacudió la cabeza, intentando no hacerse ilusiones. Se acomodó la camisa del uniforme, se pasó una mano por el cabello entrecano y salió del cuarto de mantenimiento con paso apresurado pero nervioso, dirigiéndose hacia la oficina de Laura.
Mientras caminaba por los pasillos vacíos, solo se escuchaban sus zapatos viejos contra el piso. En su pecho se mezclaban el miedo, la vergüenza y una pequeña, peligrosa chispa de esperanza.
Don Roberto llegó frente a la oficina de Laura con el corazón latiéndole fuerte. Tocó suavemente la puerta de vidrio y esperó.
—Pase —dijo ella desde adentro.
Al entrar, la encontró apoyada contra la orilla del escritorio, no completamente sentada, sino con las caderas recargadas en la madera y las piernas ligeramente cruzadas. El vestido gris acanalado se le subía un poco por los muslos, dejando ver más piel de lo habitual. Sus pechos grandes presionaban contra la tela, y el escote profundo ya mostraba bastante de su canalillo. Tenía las manos apoyadas a los lados del escritorio y lo miraba con una mezcla de nerviosismo y decisión.
—Buenas noches otra vez, Doña Laura —saludó él con su tono siempre respetuoso y sumiso, bajando ligeramente la mirada.
Laura respiró hondo antes de hablar.
—Cierra la puerta, Roberto.
Él obedeció de inmediato, girando la llave con cuidado. El clic de la cerradura sonó fuerte en el silencio de la oficina vacía. Luego se quedó parado frente a ella, esperando.
Laura tragó saliva y continuó:
—También… cierra las cortinas, por favor.
Don Roberto parpadeó, claramente confundido. ¿Cortinas? ¿Para qué? Aun así, no preguntó nada. Se acercó a las ventanas de vidrio que daban al área común y jaló las cortinas verticales una por una, cerrándolas por completo. La oficina quedó aislada del resto del piso, solo iluminada por la lámpara de escritorio y las luces tenues del techo. Ahora estaban completamente solos y ocultos.
Cuando terminó, regresó frente a ella y se quedó de pie con las manos juntas, en su postura humilde de siempre.
Laura se mordió el labio inferior, visiblemente nerviosa. Sus mejillas estaban un poco sonrojadas.
—Está bien… voy a hacer lo que me pediste hace rato —dijo con voz baja pero clara—. Pero solo eso, ¿entiendes? Solo voy a abrir un poco el escote para que veas. Nada más. No voy a quitarme el vestido ni nada parecido. ¿De acuerdo?
Don Roberto sintió que el corazón le daba un vuelco. Por dentro, una oleada de excitación y alegría lo invadió, aunque su rostro siguió mostrando la misma expresión sumisa y educada.
—Sí, Doña Laura —respondió con voz respetuosa y tranquila—. Entiendo perfectamente. Solo lo que usted quiera mostrar. Muchas gracias por confiar en mí. No voy a pedir nada más.
Laura dudó varios segundos. Se miró las manos, luego al hombre frente a ella, y finalmente tomó aire profundamente. Sus dedos temblaron un poco cuando los llevó al primer botón del vestido, justo debajo de su cuello.
Poco a poco empezó a desabotonar.
Uno… dos… tres botones…
La tela gris se fue abriendo lentamente, revelando más y más de su piel clara y suave. El sostén negro de encaje que llevaba debajo comenzó a asomarse, sosteniendo con dificultad sus pechos grandes y redondos. Cuatro… cinco… seis botones…
Cuando llegó al séptimo botón, el escote ya estaba completamente abierto. El vestido se separó hacia los lados, dejando al descubierto gran parte de sus pechos generosos, apenas contenidos por el sostén push-up. El canalillo profundo y suave quedó totalmente expuesto, la curva superior de sus tetas se veía redonda y firme, subiendo y bajando con cada respiración agitada de Laura.
Ella se quedó quieta, con las manos sosteniendo los bordes del vestido abierto, sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos. Su rostro estaba rojo de vergüenza y nervios.
—Esto… esto es todo —murmuró, con la voz un poco entrecortada—. Solo lo que pediste. ¿Estás… contento ahora?
Don Roberto no podía apartar la mirada. Sus ojos estaban fijos en ese escote exuberante, en la piel suave y en cómo los pechos de Laura se movían con cada respiración. Por dentro estaba eufórico, su pene ya empezaba a endurecerse dentro del pantalón del uniforme, pero externamente mantuvo su actitud sumisa y respetuosa.
—Doña Laura… —dijo con voz ronca pero educada—. Es… es lo más hermoso que he visto en muchos años. Muchas gracias. De verdad. No sé cómo agradecerle.
Laura seguía sosteniendo el vestido abierto, sintiendo el aire fresco sobre su piel expuesta y la intensa mirada del intendente sobre sus pechos. El corazón le latía con fuerza y una mezcla extraña de vergüenza, lástima y algo más peligroso empezaba a recorrer su cuerpo.
Don Roberto se quedó varios segundos en silencio, contemplando el escote abierto de Laura con los ojos llenos de deseo contenido. Su respiración se había vuelto más pesada, pero seguía manteniendo la postura humilde, con las manos juntas frente a su barriga.
—Doña Laura… —dijo por fin, con voz baja y respetuosa, casi suplicante—. Es precioso lo que me está mostrando… de verdad. Sus pechos se ven tan suaves, tan… perfectos. Pero… si me permite pedirle algo más… solo un poquito más. ¿Podría quitarse el sostén? Solo para verlos mejor. Le juro que no voy a tocarla. Solo quiero mirar un poco más. Por favor…
Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus mejillas se encendieron aún más y cerró instintivamente los bordes del vestido, cubriendo parcialmente lo que había mostrado.
—No, Roberto —respondió con firmeza, aunque su voz temblaba un poco—. Ya te mostré lo que pediste. Esto ya es demasiado. Soy una mujer casada y esto no está bien. Creo que ya es hora de que te vayas.
Don Roberto bajó la cabeza inmediatamente, como un perro regañado. Sus hombros se hundieron y su expresión se volvió triste, derrotada. Miró al piso y habló con voz quebrada, casi lastimera:
—Tiene razón, Doña Laura… perdóneme otra vez. Soy un tonto. Un viejo feo y desesperado que no sabe comportarse. En mi casa mi esposa ni siquiera me deja verla sin ropa desde hace años… dice que ya estoy viejo y que le doy asco. Mis hijos me ven como un inútil. Usted es la única persona que me ha tratado con un poco de atención hoy… y yo lo arruino pidiendo más. Soy patético. Mejor me voy. Gracias por lo poco que me mostró. Al menos podré recordarlo.
Laura sintió que se le apretaba el corazón. La lástima regresó con fuerza al ver a ese hombre mayor, humillado y sincero, confesando su vida miserable. Se mordió el labio con fuerza, debatiéndose internamente. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa, pero la combinación de culpa por haberlo humillado esa mañana y la tristeza que él transmitía era demasiado fuerte.
Suspiró profundamente, mirando hacia la puerta cerrada y las cortinas corridas.
—Está bien… —dijo finalmente, con voz baja y resignada—. Pero solo esto. Solo me voy a quitar el sostén, ¿entiendes? Nada más. No voy a quitarme el vestido completo y tú no te vas a acercar. ¿De acuerdo?
Don Roberto levantó la vista rápidamente, con los ojos brillando de emoción contenida, aunque su tono siguió siendo sumiso y agradecido.
—Sí, Doña Laura. Como usted diga. Solo lo que usted quiera. Muchas gracias… de verdad.
Laura respiró hondo varias veces, nerviosa. Sus manos temblaban ligeramente mientras metía los dedos por debajo del vestido abierto. Desabrochó el cierre frontal del sostén negro de encaje y, con cuidado, sacó las tiras por los hombros sin quitarse el vestido. Luego, con un movimiento torpe y avergonzado, sacó completamente el sostén por uno de los brazos y lo dejó caer sobre el escritorio.
Sus pechos grandes y naturales quedaron completamente libres bajo la tela gris del vestido abierto. Sin el sostén, se veían aún más pesados y suaves, moviéndose con naturalidad con cada respiración. Los pezones rosados, ya ligeramente endurecidos por los nervios y el aire fresco de la oficina, se marcaban claramente contra la tela fina. La curva inferior de sus tetas quedaba totalmente visible, redonda y perfecta, y el escote ahora mostraba casi la totalidad de sus pechos exuberantes.
Laura se quedó ahí, apoyada contra la orilla del escritorio, con el vestido completamente abierto desde el cuello hasta casi la cintura, sosteniendo los bordes con las manos para que no se cerrara. Su rostro estaba rojo como un tomate y evitaba mirar directamente a Don Roberto.
—Esto… esto es todo lo que voy a hacer —murmuró, con la voz entrecortada—. Ya los viste bien. ¿Estás… satisfecho ahora?
Don Roberto no podía apartar la mirada de esos pechos hermosos y naturales. Sus ojos recorrían la piel suave, las curvas generosas y los pezones que se endurecían visiblemente. Por dentro estaba extasiado, su pene completamente erecto dentro del pantalón, pero externamente solo asintió con humildad.
—Doña Laura… son mucho más hermosos de lo que imaginé… —susurró con voz ronca pero respetuosa—. Muchas gracias. De verdad… nunca voy a olvidar esto.
Laura permanecía quieta, sintiendo el peso de su propia decisión y el calor que empezaba a subir por su cuerpo. La lástima seguía ahí, pero ahora se mezclaba con una excitación nerviosa que no quería reconocer.
Don Roberto tragó saliva, con la mirada fija en los pechos desnudos de Laura bajo el vestido abierto. Su voz salió ronca, pero todavía intentando sonar respetuoso y humilde:
—Doña Laura… son tan hermosos… tan suaves. Me duele mucho la espalda y las manos de tanto limpiar… solo quisiera tocarlos un momento, solo un poquito. Le juro que sería como una medicina para mí. Nada más rozarlos. Por favor… se lo pido con todo respeto.
Laura abrió los ojos con sorpresa y molestia. Su expresión cambió por completo.
—¡No, Roberto! —exclamó, subiendo un poco el tono—. Ya te mostré más de lo que debía. ¿Ahora quieres tocarme? ¡Esto se está saliendo de control! Eres un intendente, yo soy tu jefa y estoy casada. ¡No puedes pedirme eso! ¿Qué te crees? Primero te disculpo, luego te muestro y ahora…
Justo en ese momento, su celular vibró fuerte sobre el escritorio y empezó a sonar. El nombre en la pantalla decía “Juan (amigo de Carlos)”.
Laura frunció el ceño, aún enojada, y contestó de mala gana:
—¿Sí?
Del otro lado se escuchó la voz de Juan, un tipo chismoso que siempre había sentido envidia de Carlos por tener una esposa tan guapa como Laura.
—Laura, soy Juan. Mira… no quería llamarte, pero creo que debes saber. Estamos en un club de strippers aquí en el centro. Intenté convencer a Carlos de que no viniéramos, pero él está muy borracho y nos obligó a entrar. Ya lleva varias rondas de tragos y está viendo a las chicas… No sé, pensé que era mejor que lo supieras.
Laura sintió que la sangre le hervía. Su rostro se puso rojo de rabia y humillación.
—¿Qué? ¿Un club de strippers? —su voz tembló de furia—. Dile a Carlos que…
Juan la interrumpió:
—Te juro que yo traté de evitarlo, pero ya sabes cómo es cuando se emborracha…
Laura no lo dejó terminar. Cortó la llamada con fuerza y tiró el teléfono sobre el escritorio. Se quedó respirando agitada, con los puños cerrados. La imagen de su marido borracho mirando tetas de otras mujeres mientras ella estaba ahí, sola y frustrada, le encendió un fuego de enojo y venganza.
“Que se divierta con putas baratas”, pensó con rabia. “Si él no me valora… alguien más sí lo hará.”
Miró a Don Roberto, que seguía de pie frente a ella con cara de sorpresa y preocupación. Sin pensarlo dos veces, guiada por el enojo y el deseo de sentirse deseada, Laura tomó una decisión impulsiva.
—Acércate, Roberto —dijo con voz firme, aunque todavía temblorosa.
Don Roberto parpadeó, sin creer lo que acababa de oír.
—¿Doña Laura?
—Que te acerques —repitió ella—. Te voy a dejar tocarlos… pero solo suave, ¿entiendes? Muy suave. Nada de groserías. Solo acariciar.
El rostro del intendente se iluminó de pura alegría y nerviosismo. Su barriga se movió cuando dio un paso adelante, con las manos temblando visiblemente.
—Gracias, Doña Laura… muchas gracias —dijo con voz emocionada y respetuosa—. Le prometo que lo haré con mucho cuidado. Es usted muy generosa. No sé cómo agradecerle esto.
Se acercó hasta quedar a menos de medio metro de ella. Con manos callosas y temblorosas, extendió los brazos y tomó con delicadeza los bordes del vestido abierto. Lentamente, casi con reverencia, abrió más la tela y sacó completamente los dos pechos grandes y pesados de Laura fuera del vestido.
Por primera vez los vio por completo: redondos, firmes, con la piel clara y suave, coronados por unos pezones rosados que ya estaban duros por la mezcla de nervios, enojo y excitación. Eran más hermosos de lo que había imaginado en sus fantasías nocturnas.
—Dios mío… —susurró Don Roberto, admirándolos con los ojos muy abiertos—. Son perfectos… tan grandes… tan suaves…
Con mucho cuidado, como si tocara algo sagrado, colocó sus manos ásperas y grandes sobre los pechos de Laura. Empezó a acariciarlos suavemente, pasando los pulgares por la curva inferior, sintiendo su peso y calidez. Los masajeaba con lentitud, con respeto, pero sin poder ocultar el temblor de emoción en sus dedos.
Laura se quedó quieta, apoyada contra el escritorio, respirando agitada. Sentía las manos callosas del intendente sobre su piel sensible, el contraste entre su rudeza y la delicadeza con la que la tocaba. El enojo con Carlos seguía ardiendo en su pecho, pero ahora se mezclaba con una extraña y peligrosa excitación.
Don Roberto seguía acariciando sus pechos con devoción, mirándolos como si fueran un tesoro, sin atreverse todavía a hacer nada más.
Don Roberto continuó acariciando los pechos de Laura con sus manos grandes y callosas. Recorría lentamente las curvas suaves y pesadas, levantándolos con delicadeza para sentir su peso, pasando los pulgares por debajo y rodeando la areola sin tocar todavía los pezones. Sus movimientos eran respetuosos, pero cada vez más seguros, disfrutando del contraste entre su piel áspera y la suavidad perfecta de las tetas de la joven jefa.
Laura respiraba cada vez más agitada. Al principio solo sentía vergüenza y el calor del enojo con Carlos, pero poco a poco los toques del intendente empezaron a producirle un cosquilleo que se extendía desde sus pechos hasta su vientre y entre sus piernas. Sus pezones se endurecieron completamente bajo las caricias, poniéndose erectos y sensibles. Un calor húmedo comenzó a formarse en su sexo, y ella tuvo que morderse el labio inferior para no dejar escapar un gemido.
En un momento, mientras Don Roberto masajeaba suavemente sus pechos con ambas manos, Laura levantó la vista y lo miró a la cara. El intendente tenía los ojos entrecerrados, la boca ligeramente abierta y se relamía los labios con la lengua de forma lenta y hambrienta, como si estuviera conteniéndose con todas sus fuerzas de hacer algo más.
Laura se quedó mirándolo unos segundos. Sabía perfectamente lo que él quería. La duda cruzó por su mente por un instante… pero el enojo con Carlos, la lástima que aún sentía y, sobre todo, la excitación que ya dominaba su cuerpo, fueron más fuertes.
—Hazlo… —susurró ella con voz entrecortada, casi sin creer lo que estaba diciendo—. Lo que estás pensando… hazlo.
Don Roberto se detuvo en seco, con las manos todavía sobre sus pechos. La miró con los ojos muy abiertos, incrédulo.
—¿En serio, Doña Laura? —preguntó con voz ronca y temblorosa—. ¿Me está diciendo que…?
—Sí —respondió ella, respirando agitada y con las mejillas ardiendo—. Hazlo.
Eso fue todo lo que necesitó.
El rostro de Don Roberto se iluminó con una mezcla de sorpresa, alegría y deseo puro. Ya sin contenerse tanto, se acercó más a ella, inclinando su cuerpo hacia adelante. Su barriga prominente rozó las piernas de Laura cuando se agachó ligeramente. Con entusiasmo y nerviosismo visible, acercó su cara a los pechos expuestos de la joven rubia.
Abrió la boca y, con ansias contenidas durante años, se lanzó sobre uno de sus pechos. Primero besó la curva superior con labios húmedos, luego sacó la lengua y comenzó a lamer el pezón rosado con devoción. Un segundo después lo metió completamente en su boca y empezó a chuparlo con fuerza, succionando ansiosamente mientras su mano apretaba el otro pecho.
—Mmhh… —gimió él contra su piel, sin poder contenerse—. Qué ricas están… tan suaves… tan dulces…
Chupaba con hambre, alternando entre un pezón y el otro, lamiendo, succionando y mordisqueando suavemente. Su saliva dejaba brillos en la piel clara de Laura. Una de sus manos seguía masajeando el pecho que no estaba en su boca, mientras la otra se apoyaba en la cadera de ella para mantener el equilibrio.
Laura echó la cabeza ligeramente hacia atrás, apoyándose mejor contra el escritorio. Un gemido suave escapó de sus labios cuando sintió la boca caliente y ansiosa del intendente devorando sus pechos. El contraste entre la rudeza de Don Roberto y la suavidad con la que ella nunca había sido tocada últimamente por su marido la estaba encendiendo por completo. Sus manos se aferraron al borde del escritorio y sus piernas se separaron un poco de forma instintiva.
El sonido húmedo de la succión llenaba la oficina silenciosa.
Don Roberto se entregó por completo a los pechos de Laura. Chupaba con hambre y devoción, alternando entre un pezón y el otro. Succionaba con fuerza, haciendo que sus labios produjeran sonidos húmedos y obscenos, mientras su lengua rodeaba y lamía los pezones endurecidos como si quisiera saborearlos por completo. De vez en cuando mordisqueaba suavemente la carne suave, luego lamía todo el contorno de cada teta, dejando rastros brillantes de saliva sobre la piel clara. Sus manos grandes apretaban los pechos desde los lados, juntándolos para poder meterse más entre ellos, respirando agitado contra su piel.
—Qué ricas… qué tetas tan deliciosas… —murmuraba entre lamidas y succiones, casi sin poder contenerse.
Laura se dejaba llevar cada vez más. Sus gemidos suaves empezaban a escapar de su garganta. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el calor entre sus piernas crecía. Su cuerpo respondía traicioneramente: los pezones le dolían de placer, su sexo se humedecía y sus caderas se movían ligeramente contra el escritorio. Por un momento se sintió completamente entregada al placer que ese hombre mayor le estaba dando.
Pero de repente, un destello de cordura la golpeó.
—¡Espera! —exclamó, empujando con ambas manos los hombros de Don Roberto para separarlo.
Él se despegó de sus pechos con un sonido húmedo, los labios brillantes de saliva y una expresión confundida. Los pechos de Laura quedaron expuestos, rojos y brillantes por la saliva, con los pezones hinchados.
—Esto está mal… todo esto está muy mal —dijo ella con voz agitada, cubriéndose los pechos con un brazo mientras intentaba cerrar el vestido con la otra mano—. Soy una mujer casada, tú también lo eres. No podemos seguir. Por favor, vete, Roberto. Vete ahora.
Don Roberto se quedó mirándola unos segundos, respirando pesado. Su pene estaba completamente erecto dentro del pantalón, marcándose visiblemente. Ya no era el hombre sumiso de antes. La excitación lo había transformado.
—No, Doña Laura… —dijo con voz más ronca y atrevida, dando un paso hacia ella—. No se haga la santa ahora. Le está gustando. Sus gemiditos no mienten. Vi cómo se movía contra mí. Y además… escuché la llamada que tuvo. Su marido está en un club de strippers, emborrachándose y viendo tetas de otras mujeres mientras usted está aquí sola. ¿Por qué tiene que aguantar eso? ¿Por qué no disfrutar un poco? Yo sí la valoro. Yo sí la deseo como se merece.
Mientras hablaba, se abalanzó de nuevo sobre ella sin pedir permiso. Volvió a pegar su boca a uno de sus pechos, chupándolo con más fuerza que antes. Al mismo tiempo, sus manos grandes bajaron y se metieron por debajo del vestido corto, agarrando con descaro sus nalgas redondas y firmes por encima de las bragas.
Laura intentó resistirse. Lo empujó por los hombros y giró el cuerpo.
—¡Roberto, basta! ¡Suéltame! —dijo con voz entrecortada, pero sus palabras perdían fuerza.
Él no se detuvo. Siguió lamiendo y chupando sus pechos mientras apretaba y amasaba sus nalgas con ganas.
—Déjese llevar, Doña Laura… su marido no la merece. Yo sí. Mire cómo me tiene… solo por usted.
Laura luchaba, pero su cuerpo la traicionaba. Los toques en sus nalgas, la boca ansiosa en sus pechos y las palabras de Don Roberto se mezclaban con el enojo y la frustración hacia Carlos. De repente, con un impulso mezcla de rabia y excitación, lo empujó con fuerza, separándolo de ella, y le dio una fuerte bofetada en la cara.
¡Plaf!
Don Roberto se quedó congelado, con la mejilla enrojecida y una expresión confundida y dolida. Por un segundo pensó que todo había terminado.
Pero Laura, con la respiración entrecortada, los ojos brillantes de excitación y el vestido abierto, lo miró fijamente. En un arrebato, lo tomó con ambas manos de la cabeza (agarrando su cabello entrecano) y lo jaló con fuerza hacia sus pechos.
—Chúpamelos… —dijo con voz ronca y decidida, completamente rendida—. ¡Chúpamelos ya!
Don Roberto no entendió nada, pero tampoco quiso entender. Una sonrisa de triunfo apareció en su rostro y, sin perder un segundo, se pegó completamente a ella con confianza. Abrió la boca y volvió a devorar sus pechos con ansias renovadas, chupando y lamiendo con más fuerza y pasión que antes. Sus manos grandes volvieron a bajar, agarrando sus nalgas con fuerza por debajo del vestido, apretándolas y separándolas mientras succionaba sus pezones como un hombre hambriento.
Laura soltó un gemido más fuerte, cerrando los ojos y dejando que su cabeza cayera hacia atrás. Ya no había vuelta atrás.
Don Roberto se pegó a ella con más confianza, devorando sus pechos sin ninguna contención. Chupaba con hambre voraz, alternando entre succionar profundamente un pezón y lamer todo alrededor, mientras su saliva corría por la piel clara de Laura. Sus dientes rozaban suavemente la carne sensible, haciendo que ella soltara gemidos entrecortados. Sus manos grandes no dejaban de amasar las tetas, apretándolas desde los lados para meterse más entre ellas.
Laura se dejaba llevar cada vez más. Sus gemidos eran más frecuentes y profundos. Tenía los ojos entrecerrados, la cabeza echada hacia atrás y las manos apoyadas en el escritorio. El enojo con Carlos y la excitación habían nublado su mente; ya no pensaba en lo incorrecto de la situación, solo sentía el placer que ese hombre mayor le estaba dando.
Don Roberto, al notar que ella se estaba rindiendo, decidió avanzar. Con una mano bajó hasta el borde del vestido corto y lo subió lentamente hasta la cintura, dejando al descubierto las nalgas redondas y firmes de Laura, cubiertas solo por un tanga negro fino. Sus manos callosas se clavaron en esa carne suave y caliente, amasándola con ganas, separando las nalgas y apretándolas con fuerza.
—Qué culo tan rico tiene, Doña Laura… tan firme… tan bonito… —murmuraba contra sus pechos mientras la sobaba.
Al mismo tiempo, se pegó más a ella y empezó a frotar su miembro duro contra la pierna de Laura. A través del pantalón gris del uniforme, se sentía grande, grueso y muy caliente. Lo punteaba lentamente contra su muslo, dejando que ella sintiera su erección palpitante.
Laura no lo detuvo. Al contrario, separó un poco más las piernas y dejó que él se restregara contra ella, respirando agitada.
Animado por su sumisión, Don Roberto empezó a subir poco a poco. Besó el valle entre sus pechos, luego subió por el cuello, dejando un camino de besos húmedos y lamidas. Su boca se acercaba peligrosamente a los labios de Laura, buscando un beso más íntimo.
Pero ella reaccionó en el último momento. Puso una mano firme sobre la cabeza de él y lo empujó hacia abajo, obligándolo a regresar a sus pechos.
—No… ahí no —dijo con voz ronca, aunque temblorosa.
Don Roberto entendió que aún no la tenía completamente convencida. No se enfadó; en cambio, sonrió internamente. Tenía una técnica que, según él, nunca fallaba con las mujeres.
Sin dejar de chupar uno de sus pezones, tomó la mano derecha de Laura con la suya y, con suavidad pero decisión, la llevó hacia abajo. La colocó directamente sobre el bulto prominente de su pantalón.
—Toque, Doña Laura… —susurró contra su pecho, con voz ronca y cargada de deseo—. Sienta lo que me ha hecho. Mire cómo me tiene… tan duro… tan grande… todo por usted.
Laura sintió bajo su palma el calor y la dureza extrema. El miembro de Don Roberto era grueso, largo y palpitaba con fuerza contra la tela. Era notablemente más grande y más duro de lo que ella esperaba de un hombre de su edad y complexión. Sus dedos se cerraron instintivamente alrededor del bulto, sintiendo su tamaño y rigidez.
Ella soltó un gemido ahogado al tocarlo. Su mano se quedó ahí unos segundos, palpando la verga erecta del intendente mientras él seguía chupando sus pechos y amasando sus nalgas desnudas.
Don Roberto sonrió contra su piel, chupando con más ganas al notar que ella no retiraba la mano.
Don Roberto seguía chupando con avidez los pechos de Laura mientras ella tenía la mano sobre su bulto. Al principio Laura solo lo palpaba, sintiendo su grosor y calor a través de la tela del pantalón. Pero poco a poco el tamaño y la dureza de esa verga la empezaron a intrigar y excitar. Sus dedos se cerraron alrededor del miembro y comenzaron a moverlo lentamente de arriba abajo, masturbándolo por encima del pantalón.
—Así… qué mano tan suave tiene, Doña Laura —gruñó Don Roberto contra su pecho, con voz ronca y excitada—. Sienta cómo me pone… tan dura y gruesa solo por usted. Llevo años soñando con que una mujer como usted me toque así. Siga… apriétela más.
Laura respiraba entrecortadamente. El tacto de ese bulto grande y palpitante le gustaba más de lo que quería admitir. Su mano se movía con más confianza, apretando y recorriendo toda la longitud del miembro erecto del intendente. Cada vez que lo apretaba, sentía cómo palpitaba bajo sus dedos.
Animado por la respuesta de ella, Don Roberto decidió corresponder. Una de sus manos grandes bajó desde las nalgas de Laura hasta la parte delantera de su tanga negro. Colocó la palma abierta sobre su monte de Venus y empezó a acariciarla suavemente por encima de la fina tela, frotando en círculos lentos y presionando justo donde estaba su clítoris.
Laura soltó un gemido más fuerte y sus caderas se movieron instintivamente hacia la mano de él.
—Ahh… Roberto… —susurró sin poder evitarlo.
Él sonrió contra su piel y continuó acariciándola, sintiendo cómo la tela del tanga se humedecía rápidamente.
—Mírese… ya está mojada para mí —murmuró con voz baja y excitante—. Su marido está viendo culos de otras mujeres y usted aquí, gimiendo por la mano de un viejo intendente. Qué rico se siente, ¿verdad?
Poco a poco, con cuidado pero decidido, Don Roberto metió los dedos por debajo del elástico del tanga. Logró deslizar su mano gruesa dentro de la prenda y por fin tocó directamente la vagina de Laura. Sus dedos callosos rozaron los labios suaves e hinchados, sintiendo el calor y la abundante humedad que ya los cubría.
—No lo puedo creer… —susurró él con voz temblorosa de emoción, deteniéndose un segundo para saborear el momento—. Está tan mojada… tan caliente… Esto es lo que más había soñado tocar de usted, Doña Laura. Su coñito suave y jugoso…
Empezó a masturbarla lentamente. Sus dedos gruesos recorrieron los labios mayores, separándolos con delicadeza, y luego encontraron el clítoris hinchado. Lo frotaba en círculos lentos y firmes, mientras uno de sus dedos se deslizaba hacia la entrada de su vagina, acariciándola sin penetrarla todavía.
Laura gimió más alto, arqueando la espalda y separando un poco más las piernas. Su mano seguía moviéndose sobre el bulto del pantalón de Don Roberto, apretándolo con más fuerza mientras el placer la invadía.
—Ahh… sí… así… —jadeó ella, entregándose cada vez más al toque del intendente.
Don Roberto no dejaba de masturbarla con movimientos lentos y expertos, sintiendo cómo los jugos de Laura le mojaban los dedos. Su boca seguía trabajando en sus pechos, chupando y lamiendo, mientras su mano entre las piernas de ella aceleraba muy poco a poco el ritmo.
—Déjese llevar, mi jefa… —le susurró contra el pezón—. Este coño está pidiendo más. Yo se lo voy a dar todo lo que su marido no le da.
Laura ya no respondía con palabras. Solo gemía y movía las caderas contra la mano de Don Roberto, completamente rendida al placer que ese hombre mayor y poco atractivo le estaba provocando.
Laura estaba cada vez más excitada. Los dedos callosos de Don Roberto se movían con una lentitud tortuosa sobre su clítoris y entre sus labios húmedos, haciendo que sus piernas temblaran ligeramente. Cada caricia enviaba ondas de placer que subían por su vientre. Mientras gemía bajito, su mente empezó a llenarse de pensamientos confusos pero insistentes:
“Esto está mal… pero se siente tan bien… Él me está dando lo que Carlos no me ha dado en semanas. Me está tocando con tantas ganas… debería corresponderle. No puedo solo recibir. Sería injusto…”
Esa idea de “corresponder” se volvió más fuerte. Con la respiración agitada y los ojos entrecerrados, Laura bajó la mano que tenía sobre el bulto del pantalón y, con dedos algo torpes por la excitación, buscó el cinturón de Don Roberto.
Desabrochó la hebilla con un solo movimiento. El pantalón gris del uniforme quedó flojo inmediatamente. Sin pensarlo dos veces, metió la mano por debajo del pantalón abierto y luego por encima del boxer. Sus dedos suaves y manicura rozaron por primera vez la piel caliente y velluda del miembro del intendente.
Por fin sintió la verga directamente.
Era gruesa, pesada y muy caliente. La piel era áspera por los pelos pubianos negros y entrecanos que rodeaban la base. Laura envolvió su mano alrededor del tronco y sintió cómo palpitaba con fuerza, grande y venoso. Era notablemente más gruesa de lo que esperaba. La cabeza estaba hinchada y húmeda por el precum que ya brotaba.
—Dios… —susurró ella casi sin voz, sorprendida por el tamaño y el tacto.
Empezó a masturbarlo lentamente. Su mano suave subía y bajaba por toda la longitud de la verga, sintiendo cada vena, cada pelo y la rigidez extrema. El contraste entre su piel delicada y la verga gruesa y velluda del hombre mayor la excitaba aún más.
Don Roberto soltó un gemido ronco contra sus pechos cuando sintió la mano de Laura rodeándolo directamente.
—Ahhh… Doña Laura… qué mano tan suave… —gruñó con placer—. Mire cómo me tiene… toda dura y goteando por usted. Siga así… apriétela más… así, mi jefa… qué rico me masturba…
Él no dejó de tocarla. Sus dedos seguían frotando su clítoris hinchado y resbaladizo, ahora con un poco más de presión, mientras su otra mano amasaba una de sus nalgas con fuerza. Su boca seguía chupando y lamiendo sus pechos, alternando entre succionar fuerte y lamer los pezones sensibles.
Laura gemía más abiertamente, moviendo las caderas contra la mano de él mientras su propia mano aceleraba ligeramente el movimiento sobre la verga gruesa y peluda de Don Roberto. Sentía cómo el miembro palpitaba en su palma, cómo se ponía aún más duro con cada caricia.
—Está tan grande… —murmuró ella entre gemidos, casi sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta—. Tan caliente…
Don Roberto sonrió con satisfacción contra su piel y metió la punta de un dedo grueso apenas dentro de la entrada de su vagina, moviéndolo suavemente en círculos sin penetrarla por completo todavía, solo provocándola.
—Todo esto es para usted, Doña Laura… —susurró con voz cargada de lujuria—. Use su mano como quiera… yo seguiré tocando este coñito mojado que tanto deseaba.
Laura ya no pensaba en nada más. Solo sentía la verga gruesa palpitando en su mano y los dedos del intendente entre sus piernas, mientras su cuerpo se entregaba más y más al placer prohibido.
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Mientras en la oficina vacía Laura tenía la mano dentro del pantalón de Don Roberto, acariciando lentamente esa verga gruesa, caliente y velluda, en otro lado de la ciudad sucedía algo muy diferente.
Carlos llegó a casa alrededor de las 9:40 de la noche. Aparcó su coche en el estacionamiento del edificio y subió al departamento con paso tranquilo. Solo se había tomado dos cervezas ligeras en el bar donde se reunió con sus amigos. Ni siquiera estaba mareado. Había ido solo para convivir un rato, desahogarse un poco de la frustración de los casos y regresar temprano a casa con su esposa.
Al abrir la puerta del departamento, todo estaba oscuro y en silencio.
—¿Laura? —llamó con voz suave, encendiendo la luz de la sala.
No hubo respuesta. Revisó la cocina, el dormitorio y hasta el baño. Su esposa no estaba. La cama seguía hecha, no había señales de que hubiera pasado por casa.
Carlos frunció el ceño, pero no se alarmó. Sacó su teléfono y vio que el último mensaje que le había enviado a Laura era el de “no me esperes despierta”, pero ella no había contestado. Miró la hora y suspiró.
—Seguro se quedó hasta tarde en la oficina otra vez —murmuró para sí mismo—. Con todo ese reporte mensual que tiene que entregar mañana… pobre, está trabajando demasiado.
Se sintió un poco culpable. Sabía que últimamente había estado muy ausente por sus propios problemas laborales y que Laura cargaba con mucho estrés en su trabajo. Decidió hacer algo bonito por ella.
Se quitó la chaqueta, se arremangó la camisa y entró a la cocina. Abrió el refrigerador y sacó algunos ingredientes: pechuga de pollo, verduras, arroz y un poco de salsa que a Laura le gustaba. Pensó en prepararle una cena ligera pero sabrosa: pollo a la plancha con verduras salteadas y arroz blanco. Algo sencillo pero hecho con cariño.
Mientras cortaba las verduras, sonrió con ternura al pensar en su esposa.
—Cuando llegue voy a consentirla —se dijo—. Le preparo esto, le doy un masaje en los pies y le digo que mañana intentaré llegar más temprano. Se lo merece. Ha estado muy paciente conmigo últimamente.
Encendió la estufa y puso una sartén a calentar. El aroma del ajo y las verduras empezó a llenar la cocina. Carlos tarareaba bajito una canción mientras cocinaba, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo en la oficina de su esposa en ese preciso momento.
No sabía que, mientras él preparaba la cena con cariño para compensar su ausencia, Laura estaba apoyada contra su escritorio con el vestido subido hasta la cintura, los pechos fuera, la mano metida dentro del pantalón de un viejo intendente y gimiendo suavemente mientras el señor le acariciaba el coño mojado por debajo del tanga.
Carlos miró el reloj de la cocina. Eran casi las 10:15 pm.
—Seguro no tarda en llegar —pensó con optimismo, revolviendo las verduras—. Hoy voy a tratarla como se merece.
....
Mientras tanto don Roberto ya no podía contenerse más. Sus dedos seguían moviéndose dentro del tanga de Laura, sintiendo cómo su coño estaba completamente empapado, pero tocar ya no era suficiente. Quería probarla, devorarla, saborear lo que tanto había fantaseado durante años.
Dejó de chupar sus pechos por un momento, levantó la cara y la miró directamente a los ojos, con la boca brillante de saliva y una expresión cargada de lujuria descarada.
—Doña Laura… ya no aguanto más solo con las manos —dijo con voz ronca, grosera y sin filtro—. Quiero comerme su coño. Quiero meter mi lengua bien adentro y chuparle el clítoris hasta que se corra en mi boca. Déjeme probar esa vagina tan rica y mojada que tiene. Quiero saborearla toda.
Laura, con la respiración entrecortada y el cuerpo ardiendo de excitación, lo miró unos segundos. El enojo con Carlos, el placer que ya sentía y la forma tan directa y hambrienta en que él se lo pedía hicieron que perdiera cualquier resto de resistencia.
—Sí… —respondió ella con voz temblorosa pero clara—. Hazlo… cómeme.
Una sonrisa triunfante y lobuna apareció en el rostro de Don Roberto. Sin decir nada más, la tomó firmemente de la cintura con sus manos grandes y fuertes. Con un movimiento rápido y decidido, la levantó y la sentó sobre el escritorio. Laura soltó un pequeño grito de sorpresa, pero no opuso resistencia.
El intendente le abrió las piernas con brusquedad, separándolas ampliamente. Luego, con dos dedos, jaló el tanga negro a un lado, dejando completamente expuesta la vagina de Laura: rosada, hinchada, brillante por sus jugos y completamente depilada salvo por una pequeña línea fina de vello rubio.
—Joder… —murmuró él con admiración cruda, mirando fijamente su coño—. Qué coño tan bonito y rico tiene, Doña Laura. Tan rosadito… tan mojado… se ve delicioso. Llevo años imaginando cómo sabría esto. Va a estar más rico que cualquier cosa que haya probado en mi vida.
Laura, apoyada sobre sus codos en el escritorio, con el vestido subido hasta la cintura y los pechos aún fuera, lo miró con ojos vidriosos de deseo.
—Hazlo ya, Roberto… —le pidió con voz entrecortada—. No me hagas esperar más.
Don Roberto no necesitó que se lo repitiera. Se arrodilló rápidamente entre sus piernas abiertas, acercó su cara y, sin preámbulos, pegó su boca directamente sobre la vagina de Laura.
Empezó a lamerla con ansia. Su lengua gruesa y caliente recorrió toda la longitud de sus labios, desde abajo hasta el clítoris, saboreando sus jugos con gemidos de placer. Luego se concentró en el clítoris hinchado, chupándolo y rodeándolo con la lengua en movimientos rápidos y firmes.
Laura echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y profundo.
—Ahhh… ¡sí! —exclamó, mordiéndose el labio—. Qué rico… sigue así… chúpame ahí…
Don Roberto devoraba su coño con verdadera hambre. Lamía, succionaba y metía la lengua lo más profundo que podía, haciendo ruidos húmedos y obscenos. De vez en cuando levantaba la vista para verla disfrutar, pero enseguida volvía a pegarse a su vagina, chupando el clítoris con más fuerza.
—Qué sabroso está su coñito, Doña Laura… —murmuraba entre lamidas—. Tan dulce… tan mojado… me está volviendo loco.
Laura ya no podía contener sus gemidos. Sus caderas se movían contra la cara del intendente, buscando más fricción. Una de sus manos bajó y se enredó en el cabello entrecano de Don Roberto, empujándolo más contra su sexo.
—Sigue… no pares… me estás haciendo sentir tan rico… ahh… sí, justo ahí…
El placer era intenso. Cada pasada de la lengua de Don Roberto la hacía temblar y gemir más fuerte. Laura se estaba entregando por completo, olvidando todo lo demás en ese momento.
Don Roberto se volvió más intenso y voraz. Ya no lamía con delicadeza; devoraba el coño de Laura con verdadera hambre acumulada de años. Metió su lengua gruesa lo más profundo que pudo dentro de su vagina, follándola con ella en movimientos rápidos y húmedos, mientras su nariz presionaba contra el clítoris hinchado. Al mismo tiempo, subió dos de sus dedos callosos y los introdujo lentamente en su interior, curvándolos hacia arriba para frotar ese punto sensible dentro de ella.
Laura perdió completamente la cordura.
— ¡Ahhh… joder! —gimió fuerte, arqueando la espalda sobre el escritorio—. ¡Sí… méteme la lengua más adentro! ¡Qué rico me comes el coño, Roberto…! ¡No pares… por favor no pares!
Sus caderas se movían solas contra la cara del intendente, restregándose descaradamente. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada, los pezones duros y brillantes por la saliva anterior.
Don Roberto sacó la lengua un segundo solo para hablar, con la boca toda mojada de los jugos de Laura:
—Qué coño tan rico y apretado tienes, Doña Laura… está chorreando para mí. Te estoy comiendo como se merece esta vagina de jefa joven y caliente. ¿Te gusta que un viejo feo como yo te lama así? ¿Te gusta que te meta los dedos mientras te chupo el clítoris?
Volvió a atacar con más fuerza. Chupó el clítoris con succiones fuertes y rápidas, mientras sus dos dedos entraban y salían de ella cada vez más rápido, haciendo sonidos húmedos y obscenos. De vez en cuando los curvaba y frotaba ese punto G con insistencia, sintiendo cómo las paredes internas de Laura se contraían alrededor de sus dedos.
— ¡Sííí! ¡Me encanta! —gritó Laura, ya sin ningún control—. ¡Chúpame más fuerte el clítoris! ¡Ay, Dios… qué bien me comes! ¡Tu lengua se siente tan rica…! ¡Más dedos… méteme más!
Estaba completamente desatada. Sus gemidos llenaban la oficina vacía, cada vez más altos y desesperados. Una de sus manos agarraba con fuerza el cabello entrecano de Don Roberto, empujándolo contra su sexo, mientras la otra se aferraba al borde del escritorio como si estuviera a punto de caerse.
Don Roberto no daba tregua. Lamía, chupaba, succionaba y follaba con los dedos sin parar, gruñendo contra su coño:
—Así, mi puta jefa… córrete en mi boca. Quiero beberme todos tus jugos. Este coño es mío ahora… tu marido no sabe lo que tiene. Déjate ir, Laura… córrete para este viejo que tanto te desea.
Laura ya no podía más. Sus piernas temblaban violentamente, sus muslos se cerraban alrededor de la cabeza de Don Roberto y su abdomen se contraía.
— ¡Roberto…! ¡Me voy a correr! ¡Estoy a punto… no pares! ¡No pares, por favor! ¡Ahhh… me vengo…!
El intendente no se detuvo ni un segundo. Al contrario, aceleró el movimiento de sus dedos y chupó su clítoris con más fuerza y rapidez, succionándolo como si quisiera arrancarle el orgasmo.
Laura explotó con un gemido largo y agudo:
— ¡Síííí…! ¡Me corrooo…! ¡Ahhhhh…!
Su cuerpo se tensó completamente. Un orgasmo intenso la recorrió de pies a cabeza, haciendo que sus piernas se sacudieran y que su vagina se contrajera fuertemente alrededor de los dedos de Don Roberto. Un chorro de jugos calientes salió de ella, mojando la boca y la barbilla del intendente, quien siguió lamiendo y bebiendo todo sin desperdiciar ni una gota.
Laura se retorció sobre el escritorio, gimiendo y jadeando sin control mientras el placer la atravesaba en oleadas. Don Roberto siguió comiéndola suavemente durante el orgasmo, prolongándolo todo lo posible, hasta que ella quedó temblando y sin fuerzas, respirando agitada con los ojos entrecerrados.
Laura quedó recostada sobre el escritorio, temblando todavía por las réplicas del intenso orgasmo. Su pecho subía y bajaba rápidamente, los pechos desnudos brillaban por la saliva de Don Roberto y su vagina seguía contrayéndose suavemente, chorreando jugos que corrían por sus muslos. Tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta y el cabello rubio revuelto.
—Dios mío… —susurró con voz ronca y entrecortada—. Qué rico me corrí… Nunca me habían comido el coño así… Tu lengua y tus dedos… me volviste loca, Roberto. Todavía me tiemblan las piernas…
Don Roberto se levantó lentamente del suelo, limpiándose la boca y la barbilla con el dorso de la mano, todavía con los labios brillantes de los jugos de Laura. Su barriga prominente subía y bajaba agitada y su verga seguía dura como una piedra, marcándose obscenamente contra el pantalón.
—Qué rico sabe su coño, Doña Laura… —dijo con una sonrisa satisfecha y algo arrogante—. Dulce y bien mojado, como me lo imaginaba. Me bebí todo lo que me dio. Pero ahora me toca a mí, ¿no cree? Yo también merezco que me atiendan.
Se acercó más a ella, todavía de pie entre sus piernas abiertas, y la miró directamente a los ojos con descaro.
—Arrodíllese en el suelo, Doña Laura. Quiero que me chupe la verga. Quiero ver esa boquita de jefa bonita tragándose toda mi verga gruesa. Vamos, bájese y chúpemela bien rico.
Laura, aún con la mente nublada por el fuerte orgasmo, lo miró unos segundos. El placer reciente seguía recorriendo su cuerpo y la hacía sentir obediente y caliente. Sin decir nada, se bajó del escritorio con las piernas todavía débiles. Se arrodilló lentamente frente a él, sobre el piso frío de la oficina, con el vestido todavía subido hasta la cintura y los pechos al aire.
Don Roberto la observaba con ojos brillantes de triunfo.
Laura levantó las manos y desabrochó completamente el pantalón ya flojo. Lo bajó junto con el bóxer gris hasta los tobillos de un solo movimiento.
La verga de Don Roberto saltó libre frente a su cara.
Era gruesa, larga y pesada. La piel era morena, con venas marcadas que recorrían todo el tronco. La cabeza estaba hinchada, roja y brillante por el precum que brotaba de la punta. Una mata de pelos negros y entrecanos rodeaba la base y cubría sus huevos grandes y pesados. Olía a hombre maduro, a sudor y a excitación acumulada.
Laura se quedó mirándola fijamente, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. Era mucho más grande y más gruesa de lo que había sentido con la mano. La verga palpitaba frente a ella, apuntando casi directamente a su rostro.
—Qué verga tan grande… —murmuró casi sin darse cuenta, con voz baja y sorprendida—. Está tan dura… y tan gruesa…
Don Roberto la miró desde arriba, con una mano apoyada en el escritorio y la otra acariciando suavemente el cabello rubio de Laura.
—Así es, mi jefa… toda esa verga es para usted. Ahora ábrale esa boquita bonita y chúpemela. Quiero sentir cómo me la mama esa boca de casada que tiene.
Laura seguía arrodillada frente a Don Roberto, con el vestido arrugado en la cintura y los pechos aún al aire. Miraba la verga gruesa y venosa que tenía justo delante de su cara con una mezcla de fascinación y temor. Era mucho más imponente de cerca: gruesa como su muñeca, con la cabeza hinchada y brillante, y esa mata de pelos negros y entrecanos en la base que le daba un aspecto aún más salvaje y masculino.
Con manos temblorosas, levantó la derecha y la rodeó suavemente con los dedos. Estaba caliente, muy dura y palpitaba contra su palma. La recorrió lentamente de abajo hacia arriba, sintiendo cada vena marcada bajo la piel. Su mano izquierda se unió y empezó a acariciarla con más curiosidad, subiendo y bajando con movimientos suaves y tímidos.
—Está… tan grande… —susurró casi para sí misma, con voz nerviosa.
Don Roberto la observaba desde arriba, respirando pesado, disfrutando de la imagen de la joven rubia jefa arrodillada ante él.
Laura se acercó un poco más. Abrió los labios con timidez y sacó la punta de la lengua. Dio un primer lametón tentativo justo en la cabeza hinchada, probando el sabor salado del precum.
En ese preciso instante, Don Roberto soltó un gemido ronco y profundo.
— ¡Ahhh… carajo! —gruñó con voz triunfante y excitada—. ¡No lo puedo creer…! La boca de Doña Laura está tocando mi verga… ¡Qué rico se siente! Esa lengüita suave… ¡Por fin! Llevo dos años soñando con esto y ahora me la está lamiendo como una putita buena…
Laura se sobresaltó un poco por la reacción de él y sacó la verga de su boca por un segundo, mirándola con sorpresa. El sabor era fuerte, masculino, un poco salado y almizclado, pero no le disgustó. Al contrario, algo dentro de ella se encendió aún más.
Volvió a acercarse, más decidida esta vez. Abrió la boca y metió solo la cabeza hinchada entre sus labios carnosos. La chupó suavemente, con timidez, moviendo la lengua alrededor de la punta mientras su mano seguía acariciando el tronco.
— ¡Mmmhh… sí! —gimió Don Roberto, colocando una mano sobre la cabeza rubia de Laura sin apretar demasiado—. Qué boquita tan caliente y suave… Chúpela más, Doña Laura… así… despacito… ¡Qué rico me la mama! Nunca pensé que una mujer tan bonita y casada como usted me iba a estar chupando la verga… Siga… métase más adentro…
Laura sacó la verga de su boca con un sonido húmedo, respirando agitada, y la miró de nuevo. Un hilo de saliva conectaba sus labios con la punta brillante. Luego, sin decir nada, volvió a metérsela, esta vez un poco más profundo, chupando con más ritmo aunque todavía con cierta timidez. Su cabeza rubia empezó a moverse lentamente hacia adelante y hacia atrás, mientras su mano masturbaba la parte del tronco que no le cabía en la boca.
Don Roberto echó la cabeza ligeramente hacia atrás, disfrutando cada segundo.
—Así… qué buena mamadora está resultando… —murmuraba con voz ronca y satisfecha—. Chúpemela rico, mi jefa… Use esa lengua… ¡Ahhh, qué placer!
Laura seguía arrodillada, chupando poco a poco, cada vez más metida en el acto, aunque todavía con movimientos cautelosos y algo inseguros. La verga gruesa y peluda llenaba su boca, y ella intentaba acomodarse al tamaño mientras su lengua exploraba la cabeza y el frenillo.
Laura empezó a perder la timidez por completo. El sabor fuerte y masculino de la verga de Don Roberto, combinado con los gemidos de placer que él soltaba, la encendieron aún más. Se volvió más entusiasta y hambrienta.
Abrió más la boca y se metió la verga más profundo, chupando con ganas. Su cabeza rubia empezó a moverse con más ritmo, subiendo y bajando por el tronco grueso mientras su mano masturbaba la base que no le cabía. La saliva le corría por las comisuras de los labios y goteaba por la verga, haciendo todo más resbaladizo y obsceno.
— ¡Mmmhh…! —gemía ella alrededor de la verga, sin sacarla del todo—. Qué verga tan rica y gruesa tienes… me llena toda la boca…
Don Roberto soltó un gruñido profundo, echando la cabeza hacia atrás de puro placer.
— ¡Joder, sí! ¡Chúpamela así, puta! ¡Qué boquita tan caliente y puta tienes, Doña Laura! ¡Mírate arrodillada como una zorra tragándote la verga del intendente! ¡Ahhh… qué rico me la mamas! Más profundo… métetela más adentro, carajo…
Laura gemía alrededor de la verga y aceleraba el ritmo, chupando con más fuerza y entusiasmo. De vez en cuando sacaba la verga un segundo para respirar y hablar un poco
—Está tan dura… tan grande… me encanta cómo palpita en mi boca… —jadeaba antes de volver a metérsela con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos.
Don Roberto ya no podía controlarse. El placer era demasiado intenso. De repente agarró con ambas manos la cabeza rubia de Laura, enredando los dedos en su cabello, y empezó a follarle la boca salvajemente.
Empujaba las caderas hacia adelante con fuerza, metiendo y sacando su verga gruesa entre los labios de ella sin piedad. La cabeza de Laura se movía bruscamente hacia atrás y adelante mientras él la usaba como si fuera un agujero para follar.
— ¡Toma, toma toda mi verga, zorra! ¡Así… trágatela toda! ¡Qué boca tan puta tienes! ¡Ahhh… sííí!
Después de unos segundos intensos, la soltó de golpe.
Laura se apartó tosiendo y jadeando, con hilos gruesos de saliva colgando de su boca y barbilla. Tenía los ojos llorosos, los labios hinchados y rojos, y respiraba con dificultad.
Don Roberto la miró desde arriba, todavía con la verga brillante y palpitante frente a su cara.
—¿Te gustó, Doña Laura? —preguntó con voz ronca y satisfecha—. ¿Te gusta que te folle la boca como una puta?
Laura no respondió con palabras. Todavía tosiendo un poco y con la respiración agitada, miró la verga gruesa y brillante que tenía delante, se pasó la lengua por los labios y, sin decir nada, la volvió a tomar con la mano y se la metió de nuevo a la boca con ganas renovadas.
Chupaba ahora con más entusiasmo que antes, moviendo la cabeza con ritmo rápido y profundo, como si quisiera compensar el momento en que la había follado la boca. Sus gemidos vibraban alrededor de la verga mientras seguía mamando con verdadera hambre.
Don Roberto sonrió con triunfo y placer, acariciando el cabello rubio de ella.
—Así me gusta… buena putita… sigue chupando esa verga…
Laura siguió chupando con verdadero entusiasmo durante varios minutos más. Su cabeza rubia subía y bajaba con ritmo constante, metiéndose la verga gruesa hasta donde podía, mientras su mano masturbaba la base y sus labios succionaban con fuerza. La saliva le corría por la barbilla y goteaba al suelo. De vez en cuando sacaba la verga para lamer toda la longitud y volvía a tragársela con ganas.
Don Roberto gemía y gruñía sin parar, con una mano apoyada en el escritorio y la otra enredada en el cabello de ella.
— ¡Ahhh… qué boca tan puta tienes…! —jadeaba—. Me estás mamando riquísimo…
De repente, su cuerpo se tensó y su verga palpitó con más fuerza dentro de la boca de Laura.
— ¡Espera… espera, Doña Laura! —dijo con voz entrecortada y urgente—. Me voy a venir… ¡Deténgase! ¡No quiero correrme todavía!
Laura sacó la verga de su boca con un sonido húmedo y lo miró desde abajo, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Respiraba agitada.
Don Roberto la tomó suavemente de los brazos y la ayudó a levantarse. Sus ojos estaban oscuros de deseo.
Laura, completamente poseída por la excitación del momento, no dijo una sola palabra. Se apartó un paso, tomó el borde de su vestido gris y se lo quitó por completo, pasándolo por encima de su cabeza. Quedó solo con los tacones puestos. Luego enganchó los dedos en los costados del tanga negro y lo bajó lentamente por sus piernas, dejándolo caer al piso.
Completamente desnuda, se subió al escritorio con movimientos sensuales. Se sentó en el borde, abrió las piernas ampliamente y apoyó los tacones en el filo de la madera, exponiendo su coño rosado, hinchado y todavía mojado por el orgasmo anterior y su propia saliva.
Don Roberto se quedó paralizado, admirándola con la boca entreabierta. Nunca había visto algo tan hermoso y tan prohibido.
Laura lo miró fijamente a los ojos. Con una mano se llevó dos dedos a la boca, los lamió lentamente con la lengua, cubriéndolos de saliva, y luego los bajó hasta su vagina. Los pasó lentamente por sus labios hinchados y por el clítoris, abriéndose un poco más con los dedos en una clara señal de invitación.
—Ven… —susurró con voz ronca y cargada de deseo.
Don Roberto tragó saliva con dificultad. Su verga gruesa y brillante palpitaba en el aire, apuntando directamente hacia ella. No podía creer lo que estaba viendo: la joven y hermosa jefa rubia, casada, completamente desnuda sobre su propio escritorio, abriéndose de piernas y ofreciéndose a él.
—Dios santo… —murmuró asombrado, dando un paso hacia adelante—. No lo puedo creer… Esto que tanto soñé… está pasando de verdad. Usted… mi Doña Laura… abierta para mí.
Se acercó lentamente, casi con reverencia, sin apartar la mirada de ese coño abierto y brillante que lo esperaba. Su barriga prominente subía y bajaba con la respiración agitada. Estaba a solo unos centímetros de finalmente meterle la verga a la mujer que había deseado en silencio durante dos largos años.
Laura lo miraba con ojos vidriosos de lujuria, todavía pasando los dedos lentamente por su coño, esperándolo.
Don Roberto no podía apartar la mirada del espectáculo que tenía frente a él. Laura estaba completamente desnuda sobre el escritorio, con las piernas bien abiertas, el coño rosado e hinchado brillando de humedad, y sus dedos todavía pasando lentamente por sus labios.
Con manos temblorosas por la excitación, se quitó rápidamente la camisa gris del uniforme, dejando al descubierto su barriga blanda y prominente, el pecho velludo y algo caído, y sus brazos delgados pero fuertes por años de trabajo físico. Se quedó solo con los pantalones y el bóxer bajados hasta los tobillos.
Se acercó más entre las piernas abiertas de Laura, con la verga gruesa y dura apuntando directamente hacia su coño. Colocó las manos sobre los muslos suaves de ella y empezó a tantearla lentamente, como si aún no creyera que esto estaba pasando.
Sus manos callosas recorrieron la piel clara de sus muslos, subiendo hasta las caderas, luego bajaron de nuevo. Acarició suavemente el monte de Venus y pasó los dedos por los labios hinchados de su vagina, sintiendo el calor y la abundante humedad.
—Qué suave eres… —murmuró con voz ronca—. Tan bonita… tan mojada para mí.
Laura respiraba agitada, mirándolo con ojos llenos de deseo. Sintió la cabeza gruesa de la verga de Don Roberto rozando su entrada y se mordió el labio.
Don Roberto tomó su verga con una mano y la guió hasta la entrada del coño de Laura. Presionó suavemente la cabeza hinchada contra sus labios mojados y empezó a penetrarla muy lentamente.
Centímetro a centímetro, la gruesa verga fue abriéndose paso dentro de ella.
Laura soltó un gemido largo y profundo cuando sintió cómo la estiraba:
—Ahhh… ¡qué grande…! —jadeó, arqueando la espalda—. Me estás abriendo toda… despacio… sí…
Don Roberto también gimió al sentir el calor apretado y húmedo rodeando su verga.
— ¡Joder… qué coño tan apretado y caliente tienes, Doña Laura! —gruñó con placer—. Te estoy metiendo mi verga… poco a poco… mira cómo te abre… qué rico se siente… tan mojado y estrecho…
Siguió empujando con lentitud controlada, disfrutando cada milímetro que entraba. La verga gruesa desaparecía poco a poco dentro del coño de Laura, estirándola de una forma que ella no había sentido en mucho tiempo.
Cuando ya había metido más de la mitad, se detuvo un momento, dejando que ella se acostumbrara al tamaño. Sus manos apretaban con fuerza los muslos de Laura.
—Estás tan apretada… me estás estrujando la verga… —susurró con voz entrecortada—. ¿Te gusta sentirla así de adentro, mi jefa? ¿Te gusta que un viejo como yo te esté metiendo toda su verga?
Laura asintió con la cabeza, gimiendo bajito mientras sus paredes internas se contraían alrededor del miembro grueso.
—Sigue… métemela toda… despacio… se siente tan llena… tan rica…
Don Roberto continuó penetrándola lentamente, empujando con cuidado hasta que finalmente enterró toda su verga hasta el fondo. Sus huevos pesados quedaron pegados contra las nalgas de Laura.
Se quedó quieto unos segundos, disfrutando de la sensación de estar completamente dentro de ella, y luego empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, sacando casi toda la verga y volviéndola a meter con calma.
—Así… así te la estoy metiendo… —gemía él—. Qué coño tan perfecto… tan caliente… Te estoy follando, Doña Laura… por fin te estoy follando…
Laura gemía con cada embestida lenta, sintiendo cómo esa verga gruesa la llenaba por completo y rozaba todos los puntos sensibles dentro de ella.
—Ahh… sí… más profundo… se siente tan bien… —jadeaba ella, moviendo ligeramente las caderas para recibirlo.
Don Roberto seguía follándola con ese ritmo lento y profundo, saboreando cada segundo, mientras sus manos recorrían los pechos, la cintura y las caderas de la joven rubia.
Empezó a aumentar el ritmo poco a poco. Sus embestidas lentas y profundas se volvieron más firmes, más constantes. Sacaba casi toda su verga gruesa y la volvía a meter con más fuerza, haciendo que sus huevos golpearan contra las nalgas de Laura con un sonido húmedo y obsceno.
Laura gemía cada vez más alto, con la cabeza echada hacia atrás y los pechos rebotando con cada embestida.
—Ahh… sí… más fuerte… —suplicó ella, todavía con algo de timidez.
Pero Don Roberto ya no era el mismo hombre sumiso de antes. La excitación y el hecho de tener a su jefa desnuda y abierta sobre el escritorio lo habían transformado. Empezó a follarla con más intensidad, sujetándola firmemente de las caderas mientras aceleraba el ritmo.
— ¿Más fuerte, puta? —gruñó con voz ronca y dominante—. ¿Quieres que te folle como se merece esa vagina de casada caliente?
Laura asintió con la cabeza, mordiéndose el labio. La forma en que él le hablaba ahora la excitaba aún más.
— Sí… fóllame más fuerte… —gimió ella.
Don Roberto sonrió con arrogancia y empezó a embestirla con verdadera fuerza. Sus caderas chocaban contra las de Laura con golpes secos y profundos. El escritorio se movía ligeramente con cada embestida.
— Así te gusta, ¿verdad, Doña Laura? —dijo con tono grosero y triunfante—. Que el viejo intendente te esté partiendo el coño. Mira cómo te estoy follando… toda abierta para mí como una zorra.
Laura ya no podía contenerse. El placer la estaba volviendo más grosera y desesperada.
— ¡Sí! ¡Más fuerte! —exclamó, con la voz entrecortada por los gemidos—. ¡Fóllame duro, Roberto! ¡Métemela toda! ¡Ay, qué verga tan rica… me estás rompiendo!
Don Roberto soltó una risa baja y oscura, y aceleró aún más. Ahora la follaba sin piedad, con embestidas rápidas, profundas y brutales. Sus manos grandes apretaban con fuerza las caderas de Laura, clavando los dedos en su carne suave mientras la penetraba una y otra vez.
— ¡Toma, puta! ¡Toma toda mi verga! —gruñía con cada embestida—. ¿Esto es lo que querías, jefa? ¿Que un viejo feo y casado te folle como una perra en tu propio escritorio? ¡Mira cómo te estoy destrozando ese coño apretado! ¡Gime más fuerte, zorra!
Laura estaba completamente entregada. Sus gemidos se volvieron más altos y obscenos, ya sin ningún control.
— ¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame como una puta! ¡Más duro! ¡No pares! ¡Me encanta tu verga gruesa… me estás partiendo en dos! ¡Ahhh… sííí!
El cambio de roles era evidente. Ya no era la jefa mandona. Ahora era la sumisa, gimiendo y suplicando mientras el intendente la dominaba por completo. Don Roberto la follaba con fuerza salvaje, sudando y gruñendo como un animal, disfrutando de tener a esa rubia joven y hermosa completamente rendida bajo su verga.
— ¡Qué puta tan rica eres! —le decía entre embestidas brutales—. En la mañana me humillabas delante de todos y ahora estás aquí, abierta de piernas, pidiendo que te destroce el coño. ¡Dime qué eres! ¡Dime que eres mi puta!
Laura, con los ojos en blanco y el cuerpo temblando de placer, respondió entre gemidos desesperados:
— ¡Soy tu puta! ¡Soy tu puta, Roberto! ¡Fóllame como quieras… soy tuya!
Don Roberto sonrió con satisfacción y siguió follándola sin piedad, cada vez más rápido y más profundo, dominando por completo a la que hasta hace unas horas era su jefa intocable.
Don Roberto seguía follándola con fuerza, embistiendo profundo y rápido, haciendo que el escritorio se sacudiera con cada golpe de sus caderas. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del coño empapado de Laura llenaba la oficina.
De repente, se inclinó hacia adelante, apoyando su barriga blanda sobre el abdomen de ella, y acercó su rostro al de Laura, buscando sus labios con intención clara de besarla.
Laura giró la cabeza rápidamente hacia un lado, esquivando el beso. Aunque estaba gimiendo y entregada al sexo, una parte de ella todavía resistía.
—No… eso no —murmuró entre jadeos, con la voz entrecortada por las embestidas—. No me beses…
Don Roberto no se detuvo. Siguió follándola con el mismo ritmo brutal mientras levantaba una mano y sujetaba con fuerza la quijada de Laura, obligándola a girar la cara hacia él. Sus dedos callosos se clavaron en su piel suave.
—Quédate quieta, puta —gruñó con voz ronca y dominante, sin dejar de penetrarla—. No te hagas la decente ahora. Ya tienes mi verga adentro destrozándote el coño y te haces la difícil por un beso. ¡No te muevas, carajo!
Sujetándola firmemente de la quijada, acercó su boca y la besó con fuerza. Sus labios gruesos y algo ásperos se pegaron a los de Laura, y sin pedir permiso metió la lengua dentro de su boca, invadiéndola con hambre.
Laura al principio se tensó. El beso del viejo intendente le pareció desagradable: olía a tabaco viejo, a sudor y a hombre maduro. Sus labios eran gruesos y su lengua insistente. Intentó girar la cabeza de nuevo, pero la mano de Don Roberto la mantenía firme.
Poco a poco, sin embargo, la excitación del momento empezó a dominarla. El contraste entre la rudeza con la que la follaba y la fuerza con la que la besaba, sumado al placer que sentía con cada embestida profunda, terminó por vencer su resistencia.
Empezó a responder al beso. Primero tímidamente, luego con más ganas. Su lengua se enredó con la de él, devolviéndole el beso mientras gemía dentro de su boca.
Don Roberto sonrió contra sus labios sin dejar de besarla y siguió follándola sin piedad.
—Así me gusta… —murmuró entre besos húmedos y agresivos—. Ahora sí besas rico, zorra. Bésame mientras te parto el coño. Siente cómo te estoy follando y besando al mismo tiempo… como la puta casada que eres.
Laura gemía dentro de su boca, besándolo cada vez con más pasión. Sus manos se aferraron a los hombros de Don Roberto mientras recibía sus embestidas brutales y su lengua invasora. Ya no intentaba esquivarlo. Se dejaba besar y follar, completamente rendida al placer.
El beso se volvió más sucio y desesperado. Lenguas enredadas, saliva intercambiada, gemidos ahogados. Don Roberto no dejaba de sujetarle la quijada con fuerza, dominándola por completo mientras su verga gruesa entraba y salía de ella sin descanso.
Don Roberto siguió follándola en esa posición durante varios minutos más, besándola con fuerza mientras su verga gruesa entraba y salía sin piedad del coño empapado de Laura. Los gemidos de ambos se mezclaban con el sonido húmedo y constante de sus cuerpos chocando.
De pronto, se separó de su boca con un hilo de saliva colgando entre ellos y, con voz ronca y autoritaria, le ordenó:
—Date la vuelta, puta. Quiero follarte de perrito contra el escritorio. Quiero ver ese culo rico mientras te parto el coño desde atrás.
Laura, todavía jadeando y con la mente nublada de placer, obedeció sin protestar. Se bajó del escritorio con las piernas temblorosas, se giró y se inclinó sobre la superficie de madera, apoyando los antebrazos y sacando el culo hacia atrás. Su espalda se arqueó naturalmente, dejando su culo redondo y firme completamente expuesto, junto con su coño hinchado y brillante.
Don Roberto se quedó unos segundos admirándola. Pasó una mano por sus nalgas suaves y le dio un par de palmadas suaves, como probando.
—Qué culo tan perfecto tienes, jefa… —murmuró con satisfacción.
Se colocó detrás de ella, tomó su verga gruesa con una mano y la guió de nuevo hacia la entrada de Laura. Presionó la cabeza hinchada contra su coño y empezó a penetrarla lentamente otra vez, centímetro a centímetro, disfrutando de cómo su verga abría los labios mojados.
Laura soltó un gemido largo cuando la sintió entrar.
—Ahhh… sí… métemela despacio primero…
Don Roberto empujó hasta el fondo con lentitud, enterrando toda su verga hasta que sus huevos quedaron pegados contra ella. Luego, sin previo aviso, empezó a follarla con fuerza. Sus caderas chocaban contra el culo de Laura con embestidas brutales y rápidas.
¡Plap! ¡Plap! ¡Plap!
Al mismo tiempo, levantó la mano derecha y le dio una fuerte nalgada en la nalga derecha.
— ¡Toma, zorra! —gruñó con voz gruesa y vulgar—. ¡Así te quería tener! ¡De perrito como la perra que eres!
Le dio otra nalgada, esta vez en la otra nalga, dejando la marca roja de su mano.
— ¡Qué culo tan rico tienes! ¡Mira cómo rebota mientras te follo! ¿Te gusta que el intendente te esté dando verga por detrás, Doña Laura? ¿Te gusta que te trate como a una puta barata?
Laura gemía con cada embestida fuerte, empujando su culo hacia atrás para recibirlo más profundo.
— ¡Sí! ¡Fóllame más duro! —gritó ella, ya completamente entregada y grosera—. ¡Nalgéame! ¡Me encanta cómo me estás partiendo el coño desde atrás! ¡Más fuerte, Roberto! ¡Destrózame!
Don Roberto sonrió con satisfacción y aceleró el ritmo, follándola sin piedad. Sus embestidas eran salvajes, profundas y rápidas. Una mano la sujetaba firmemente de la cadera mientras la otra no dejaba de darle nalgadas fuertes y sonoras, alternando entre ambas nalgas.
— ¡Así, puta! ¡Gime más fuerte! ¡Dime que te gusta que un viejo feo te esté cogiendo como a una perra en tu oficina! ¡Tu marido nunca te ha follado así, ¿verdad?! ¡Este coño ahora es mío!
Laura respondía entre gemidos y gritos de placer, con el culo rojo por las nalgadas y el cuerpo temblando con cada embestida brutal.
— ¡No… nunca! ¡Fóllame más fuerte! ¡Soy tu puta…! ¡Ay, qué rico me estás dando verga!
Don Roberto seguía dominándola por completo, follándola de perrito contra el escritorio con fuerza salvaje, nalgueándola y diciéndole toda clase de vulgaridades mientras Laura se entregaba totalmente a él.
El intendente la follaba con fuerza salvaje desde atrás, sus caderas chocando contra el culo redondo de Laura con golpes secos y brutales. El escritorio se movía con cada embestida. De repente, extendió la mano derecha, agarró un puñado del largo cabello rubio de Laura y jaló con fuerza hacia atrás, arqueando su espalda y obligándola a levantar la cabeza.
— ¡Ahhh! —gimió Laura por el jalón.
— ¡Así, puta! —gruñó Don Roberto con voz ronca y agresiva, sin dejar de embestirla—. ¡Mira cómo te tengo, jefa de mierda! ¡Agarrada del pelo como una perra en celo!
Tiró más fuerte del cabello mientras aceleraba el ritmo, follándola sin piedad. Su verga gruesa entraba y salía a toda velocidad, haciendo que los jugos de Laura salpicaran con cada golpe.
— ¿Esto es lo que te gusta, verdad? —le espetó con tono despectivo—. Que te trate como la zorra que eres. Tu marido, ese abogado inútil y cornudo, de seguro ni siquiera puede poner dura su verga. ¿Cuánto tiempo lleva sin follarte como Dios manda? ¿Meses? ¿Años? Mientras él está por ahí tomando cervezas y mirando culos de otras putas, yo estoy aquí partiéndote el coño como se merece.
Laura sintió una punzada de malestar al escuchar las palabras sobre su esposo. Una parte de ella se revolvió incómoda. Carlos era un buen hombre, solo estaba pasando por una mala racha. No merecía que lo insultaran así.
—Roberto… —jadeó ella entre gemidos, con la voz entrecortada por las embestidas—. No… no hables así de mi marido… respétalo, por favor…
Pero su petición sonó débil, casi suplicante. No tenía ninguna fuerza real. Su cuerpo la traicionaba por completo: su coño apretaba la verga de Don Roberto con cada embestida, sus caderas seguían empujando hacia atrás buscando más profundidad, y sus gemidos seguían escapando sin control.
Don Roberto soltó una risa baja y cruel, tirando aún más fuerte de su cabello y dándole una nalgada sonora en el culo ya rojo.
— Jajaja ¿Que lo respete? —se burló mientras la follaba más duro—. ¿Respeto a ese inútil que no sabe ni mantener a su mujer? ¡Mírate! ¡Gimiendo como una perra mientras te destrozo el coño! Si tu marido te follara como yo, no estarías aquí abriéndote de piernas para un viejo intendente feo y casado. ¡Admítelo, zorra! ¡Te encanta que te trate así!
Laura cerró los ojos con fuerza. Sentía vergüenza y culpa por las palabras de Don Roberto, pero al mismo tiempo el placer era demasiado intenso. Cada embestida profunda, cada jalón de cabello, cada nalgada la hacía gemir más fuerte. Su voluntad se había derrumbado por completo.
—Ahhh… sí… más fuerte… —gimió, odiándose un poco por no poder detenerlo—. Solo… solo no hables así de él… por favor…
Don Roberto sonrió victorioso, sin dejar de follarla salvajemente. Tiró de su cabello para acercar su boca al oído de Laura y le susurró con voz ronca y cargada de desprecio:
—Mientras te estoy partiendo este coño rico, voy a hablar de tu marido todo lo que me dé la gana, puta. Porque ahora mismo este coño es mío. Y tú eres mi zorra. ¿Entendido?
Laura solo pudo gemir más alto como respuesta, empujando su culo hacia atrás para recibir cada embestida, completamente rendida al placer aunque una pequeña parte de ella se sintiera mal por las palabras contra Carlos.
El intendente siguió dominándola sin piedad: jalándole el cabello, nalgueándola y follándola con fuerza brutal mientras seguía insultando a su esposo y recordándole lo puta que se había vuelto en solo una noche.
Don Roberto soltó el cabello de Laura solo para agarrarla con más fuerza de las caderas. Sin salir de ella, tomó su pierna derecha con una mano y la levantó bruscamente, subiéndola al escritorio. Ahora Laura quedaba completamente abierta, con una pierna flexionada sobre la superficie de madera y la otra todavía apoyada en el suelo, el coño expuesto y estirado al máximo.
Esta nueva posición la dejaba aún más vulnerable y abierta. Don Roberto podía penetrarla más profundo que antes.
— ¡Así! ¡Ábrete más para mí, puta! —gruñó con satisfacción mientras volvía a embestirla con fuerza salvaje.
Sus caderas chocaban contra el culo de Laura con golpes brutales y rápidos. La verga gruesa entraba hasta el fondo con cada embestida, golpeando contra el fondo de su vagina. El sonido húmedo y obsceno era ensordecedor.
Laura gemía sin control, casi gritando de placer. La combinación de la follada profunda, la posición tan expuesta y las palabras groseras de Don Roberto la estaban llevando al límite otra vez.
— ¡Ahhh… sí… más profundo! ¡Me estás rompiendo! —gritaba ella, con la voz rota.
Don Roberto no dejaba de hablarle mientras la follaba sin piedad:
— ¡Mira cómo te tengo, zorra! ¡Con la pierna levantada como una perra en celo! Tu marido nunca te ha abierto así, ¿verdad? Él ni siquiera te puede hacer gemir como yo. ¡Este coño ya es mío! ¡Dime que te gusta que te folle mejor que ese inútil!
Laura intentaba responder, pero solo salían gemidos desesperados. El placer era demasiado intenso. Sentía cómo se acercaba otro orgasmo a toda velocidad.
— ¡Roberto…! ¡Me voy a correr otra vez…! ¡No pares… por favor no pares! —suplicó entre gritos.
Don Roberto sonrió con crueldad y aceleró aún más, follándola con embestidas cortas y brutales, sin sacar la verga casi nada, solo machacando profundo dentro de ella.
— ¡Córrete, puta! ¡Córrete en mi verga! ¡Quiero sentir cómo me aprietas mientras te destrozo!
El orgasmo golpeó a Laura con violencia. Su cuerpo se tensó completamente, la pierna que tenía sobre el escritorio tembló con fuerza y su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga gruesa de Don Roberto.
— ¡Ahhhhh… me corrooo…! ¡Síííí…! —gritó ella, casi sollozando de placer.
Sus paredes internas apretaban y soltaban la verga una y otra vez mientras un chorro caliente de jugos salía alrededor del miembro, mojando los muslos de ambos y el piso. Todo su cuerpo se sacudía en espasmos intensos.
Pero Don Roberto no se detuvo ni un segundo. Siguió follándola sin piedad durante todo el orgasmo, alargándolo y haciéndolo aún más intenso. Sus embestidas continuaban brutales mientras ella se corría, prolongando el placer hasta casi volverla loca.
— ¡Eso es! ¡Sigue corriéndote, zorra! ¡Apriétame la verga con ese coño de puta!
Solo cuando los espasmos de Laura empezaron a calmarse un poco, Don Roberto sacó su verga de golpe con un sonido húmedo. La verga quedó brillante, hinchada y palpitante, cubierta de los jugos de Laura.
Laura quedó tendida sobre el escritorio, temblando, con la respiración entrecortada y las piernas débiles, intentando recuperar el aliento después del segundo orgasmo tan intenso.
Don Roberto se quedó de pie detrás de ella, admirando su obra: el culo rojo por las nalgadas, el coño abierto, hinchado y chorreando, y la jefa rubia completamente rendida y jadeante. Pero no le dio ni un segundo de tregua.
Apenas Laura terminó de temblar por el segundo orgasmo, todavía jadeando y con las piernas débiles, él la tomó firmemente de la cintura y la giró con brusquedad sobre el escritorio. La levantó un poco y colocó sus dos piernas sobre sus propios hombros, como si fueran aretes. Esta posición dejaba a Laura casi doblada en dos, con el culo ligeramente levantado del escritorio y el coño completamente expuesto y abierto hacia arriba.
— ¡Así te quiero tener, puta! —gruñó con voz ronca y salvaje.
Sin darle tiempo a recuperarse, alineó su verga gruesa y brillante y la embistió con fuerza brutal, metiéndosela hasta el fondo de un solo golpe.
— ¡Ahhhhh! —gritó Laura, sintiendo cómo la penetraba aún más profundo en esta nueva posición.
Don Roberto empezó a follarla salvajemente. Sus caderas se movían con potencia animal, clavando su verga gruesa una y otra vez con embestidas rápidas y violentas. El sonido de sus huevos golpeando contra el culo de Laura era fuerte y constante.
— ¡Toma toda mi verga, zorra! —rugía mientras la follaba sin piedad—. ¡Mira cómo te tengo doblada como una perra! ¡Este coño ya no te pertenece, es mío!
Laura gemía sin control, casi llorando de placer. Sus pechos rebotaban con cada embestida y sus manos se aferraban desesperadamente al borde del escritorio.
— ¡Ahhh… sí…! ¡Me estás partiendo…! ¡Más fuerte… por favor…!
Pero esta vez no duraron mucho en esa posición.
Después de unos minutos de follarla con furia, Don Roberto empezó a respirar más agitado. Su cara se contrajo y su verga palpitó con fuerza dentro de Laura. Sentía que ya no podía contenerse más.
— ¡Me voy a venir…! —gruñó entre dientes, sin dejar de embestirla.
Sacó la verga de golpe con un sonido húmedo y bajó las piernas de Laura del escritorio. La tomó del cabello con una mano y la obligó a bajar del escritorio hasta arrodillarse frente a él.
— ¡De rodillas, puta! ¡Ahora! —ordenó con voz urgente y dominante—. ¡Órdeñame la verga! ¡Quiero correrme en esa boca de casada que tienes! ¡Chúpamela y sácala toda!
Laura, todavía aturdida y temblando por los orgasmos, se arrodilló rápidamente frente a él. Su cara quedó a la altura de la verga gruesa, hinchada y brillante, que palpitaba violentamente frente a sus labios.
Don Roberto la agarró del cabello con fuerza y acercó su verga a la boca de Laura.
— ¡Ábrela! ¡Órdeñame con la boca, zorra! ¡Quiero verte tragarte todo mi semen!
Laura, todavía arrodillada y con la respiración entrecortada, no dudó. Abrió la boca y tomó la verga gruesa y palpitante de Don Roberto entre sus labios carnosos. Empezó a chuparla con ganas, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás mientras su mano masturbaba la base que no le cabía en la boca.
—Dame tu leche… —murmuró ella con voz ronca y suplicante, sacando la verga un segundo para hablar antes de volver a metérsela—. Quiero tu leche, Roberto… córrete para mí… por favor…
Don Roberto la miró desde arriba con los ojos entrecerrados de puro placer. Una de sus manos seguía agarrada con fuerza al cabello rubio de Laura, guiando el movimiento de su cabeza.
— ¡Así, puta! ¡Chúpamela más rápido! —gruñó con voz entrecortada—. ¡Órdeñame esa verga como la zorra hambrienta que eres! ¿Quieres mi leche? ¿Quieres que te llene esa boca de casada con mi semen caliente?
Laura gemía alrededor de la verga, chupando con más entusiasmo. Su lengua recorría la cabeza hinchada, succionaba con fuerza y bajaba hasta lamer los huevos pesados. La saliva le corría por la barbilla y goteaba al piso.
— ¡Sí… dame tu leche…! —suplicó entre mamadas, con la voz ahogada—. Quiero sentir cómo te corres… córrete en mi boca… o en mi cara… donde quieras…
Don Roberto ya no aguantaba más. Sus caderas empezaron a moverse hacia adelante, follándole la boca con urgencia. Su verga palpitaba violentamente entre los labios de Laura.
— ¡Me voy a correr, puta! —rugió con la voz ronca—. ¡Te voy a bañar con mi leche, zorra! ¡Abre la boca! ¡Mírame!
Sacó la verga de la boca de Laura con un sonido húmedo y la agarró con la mano, masturbándola rápidamente justo frente a su rostro.
Laura se quedó arrodillada, con la boca abierta, la lengua afuera y los ojos mirando hacia arriba, esperando. Sus pechos grandes y desnudos se movían con su respiración agitada.
— ¡Toma, puta! ¡Toma toda mi leche! —gritó Don Roberto mientras se corría con fuerza.
El primer chorro grueso y caliente salió disparado con potencia, cayendo directamente sobre la cara de Laura: cruzando su mejilla, su nariz y llegando hasta su frente. El segundo y tercero fueron aún más abundantes, bañando sus labios, su lengua y cayendo pesadamente sobre sus pechos desnudos. Chorros espesos y blancos cubrieron su cara y sus tetas generosas, goteando por los pezones y corriendo por su piel.
— ¡Sííí…! ¡Qué puta tan rica eres! ¡Mírate… toda bañada en mi semen como la zorra que eres! —gruñía Don Roberto mientras seguía ordeñando su verga, sacando hasta la última gota sobre ella—. ¡Esto es lo que te mereces! ¡La leche de un viejo intendente en la cara de la jefa!
Laura se quedó quieta, arrodillada, con la cara y los pechos cubiertos de semen espeso y caliente. Parte del semen le entraba en la boca y ella lo tragó instintivamente, respirando agitada y con los ojos entrecerrados.
Don Roberto la miró con una sonrisa satisfecha y triunfante, todavía jadeando.
—Qué hermosa te ves así… toda marcada por mí.
Don Roberto soltó un largo y pesado gemido final mientras los últimos chorros de semen caían sobre el rostro y los pechos de Laura. Sus piernas temblaron y, completamente agotado, fue y se dejó caer sentado en la silla ergonómica de Laura, con la espalda recostada y la barriga prominente subiendo y bajando con dificultad. Su verga aún semierecta brillaba con saliva y restos de semen. Miraba al techo, respirando con la boca abierta, como si no pudiera procesar lo que acababa de suceder.
—Dios mío… —murmuró casi sin voz, con una mezcla de asombro y cansancio—. No lo puedo creer… Acabo de follar a Doña Laura… en su propio escritorio…
Laura, todavía arrodillada en el piso, empezó a recuperar poco a poco la cordura. El calor del orgasmo se fue disipando y la realidad cayó sobre ella como un balde de agua fría. Sentía el semen caliente escurriéndose por su cara, sus pechos y goteando hacia su vientre. El olor fuerte y masculino la golpeó de lleno.
Se levantó lentamente, con las piernas todavía débiles. La culpa y la vergüenza la invadieron con fuerza. Se limpió un poco el semen de la mejilla con el dorso de la mano y miró a Don Roberto con una expresión seria y fría, recuperando su tono de jefa.
—Esto… esto no debió pasar nunca —dijo con voz firme, aunque todavía algo temblorosa—. Fue un error gravísimo. Los dos estamos casados y yo soy tu superior. No sé en qué demonios estaba pensando.
Don Roberto, que aún estaba recuperándose, levantó la vista hacia ella. Al escuchar su tono autoritario, su actitud cambió inmediatamente. Volvió a ser el hombre sumiso y respetuoso de siempre.
—Sí, Doña Laura… —respondió bajando la mirada, avergonzado—. Tiene razón. Perdóneme… yo no debí… Lo siento mucho.
Laura no dijo nada más. Se agachó rápidamente, recogió su tanga negro del piso y se lo puso con movimientos apresurados al igualquesu sostén. Luego tomó su vestido gris arrugado, se lo pasó por la cabeza y lo acomodó lo mejor que pudo sobre su cuerpo. Se limpió un poco más el semen de los pechos con un pañuelo que encontró sobre el escritorio y se pasó los dedos por el cabello intentando arreglarlo.
Una vez vestida y medio arreglada, volvió a tomar el mando con voz fría y autoritaria:
—Vístete inmediatamente, Roberto. Y sal de aquí. Esto nunca volvió a ocurrir. ¿Entendido? Ni una palabra a nadie.
—Sí, Doña Laura… como usted ordene —respondió él con tono sumiso, casi asustado—. No diré nada. Se lo juro.
Mientras Don Roberto se ponía torpemente la camisa y subía el pantalón con manos temblorosas, Laura tomó su bolso, apagó la lámpara del escritorio y salió de la oficina sin mirarlo ni una vez más.
Al salir, se agachó un momento para acomodarse mejor el vestido y bajar el dobladillo, intentando verse lo más presentable posible. El semen aún le corría ligeramente por el interior de los muslos y sentía la cara pegajosa.
Cuando se incorporó y dio dos pasos más, se topó de frente con alguien.
Era Miguel, uno de los empleados jóvenes del área de contabilidad. Estaba allí, con las llaves del edificio en la mano, claramente había regresado porque olvidó algo. Se quedó congelado al verla.
—Do… Doña Laura… —balbuceó sorprendido, mirándola de arriba abajo.
Laura estaba consternada con los labios hinchados, las mejillas sonrojadas y el vestido claramente mal acomodado. Además, tenía un pequeño resto de semen seco en la mandíbula que no había alcanzado a limpiarse del todo.
Miguel abrió mucho los ojos, claramente confundido y sorprendido.
— ¿Se encuentra bien? —preguntó con voz titubeante—. Pensé que ya se había ido todo el mundo...
Laura se quedó paralizada solo un segundo. Rápidamente recuperó la compostura, aunque su voz salió más tensa de lo normal.
—Estoy bien, Miguel. Solo me quedé terminando un reporte. Ya me voy a casa —dijo con tono seco y cortante, sin detenerse.
Pasó junto a él sin darle oportunidad de preguntar nada más y siguió caminando hacia la salida con paso rápido. Miguel se quedó allí, mirándola extrañado, pero no se atrevió a decir nada.
Al llegar al final del pasillo, Laura escuchó ruido detrás de ella y miró discretamente por encima del hombro. Don Roberto acababa de salir de su oficina. Todavía se estaba acomodando la camisa del uniforme con torpeza. Tomó su trapeador y el carrito de limpieza que había dejado cerca, y empezó a caminar hacia la salida del edificio sin percatarse de que Miguel lo observaba desde lejos.
Miguel frunció el ceño, mirando alternadamente hacia la figura de Laura que se alejaba y hacia el intendente. Algo no le cuadraba, pero guardó silencio.
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Laura llegó a su departamento casi a las 11:20 de la noche. Al abrir la puerta, la recibió el olor suave a comida recién hecha. La luz de la sala estaba encendida y allí estaba Carlos, dormido en el sofá. Se había quedado esperándola: tenía el control remoto en la mano y la televisión apagada. Sobre la mesa del comedor había un plato cubierto con papel aluminio, un vaso y cubiertos listos. Había preparado cena para ella.
Laura se quedó parada en la entrada, mirándolo. Carlos no olía a alcohol. Solo se había tomado dos cervezas, y lo que le había dicho Juan en la llamada había resultado ser mentira. No estaba borracho. Solo se había quedado dormido esperándola, con la intención de consentirla después de un día difícil.
El peso de la culpa la golpeó con fuerza. Sintió un nudo en la garganta y los ojos se le humedecieron. Acababa de dejarse follar salvajemente por el intendente en su propia oficina, había gemido como una puta, se había corrido dos veces en su boca y sobre sus pechos… mientras su marido la esperaba en casa con la cena lista.
—No tengo cara para despertarlo… —susurró para sí misma, con la voz quebrada.
Se quitó los tacones en silencio y caminó descalza hacia el baño, intentando no hacer ruido. Se desnudó rápidamente y se metió bajo la ducha. El agua caliente cayó sobre su cuerpo, llevándose el semen seco de Don Roberto que aún quedaba en su cara y pechos.
Pero mientras se enjabonaba, no pudo evitar que los recuerdos invadieran su mente.
Recordó las manos callosas del intendente apretando sus nalgas, su lengua devorando su coño con hambre, la forma brutal en que la había follado sobre el escritorio, jalándole el cabello y nalgueándola. Recordó lo profundo que la había penetrado, lo gruesa que se sentía su verga dentro de ella y cómo la había hecho correrse dos veces de forma tan intensa.
A pesar de la culpa, su cuerpo reaccionó. Sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas y sus pezones se endurecieron bajo el agua.
—Dios… ¿qué hice? —murmuró, apoyando la frente contra los azulejos.
Cerró los ojos y, aunque intentó evitarlo, su mente volvió a reproducir la escena: Don Roberto follándola de perrito, tirándole del cabello y llamándola puta mientras la partía en dos. Un leve gemido escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo.
Se quedó un buen rato bajo la ducha, lavándose con fuerza, como si quisiera borrar lo ocurrido. Pero en el fondo sabía que era imposible borrar las sensaciones tan intensas que había experimentado esa noche.
Cuando salió del baño, envuelta en una toalla, miró hacia la sala donde Carlos seguía dormido. La culpa volvió a apretarle el pecho con más fuerza.
Se metió en la cama en silencio, dándole la espalda a la puerta, con la mente hecha un torbellino de placer prohibido y profundo arrepentimiento.
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Don Roberto llegó a su casa casi a las 12:00 de la noche. La luz de la sala todavía estaba encendida. Apenas abrió la puerta, escuchó la voz cortante de su esposa.
—¿Otra vez a esta hora, Roberto? —Marta apareció en la entrada de la cocina con los brazos cruzados y cara de pocos amigos—. ¿Se puede saber qué estabas haciendo? La cena se enfrió hace rato y tus hijos ya cenaron sin ti. ¿Ahora también vas a llegar cuando te dé la gana?
Don Roberto cerró la puerta detrás de sí sin decir nada. Se quitó los zapatos con calma y colgó la chamarra en el perchero. Su rostro tenía una expresión extraña: una mezcla de cansancio físico y una sonrisa interna que no podía disimular del todo.
—Tuve que quedarme a terminar unas cosas en la oficina —respondió con voz neutra, casi distraída.
—¿Unas cosas? —Marta se acercó, molesta—. ¿Limpiar pisos hasta casi la medianoche? ¡No me vengas con cuentos! Siempre llegas tarde y yo aquí, esperándote como idiota. ¿Sabes qué? Ya estoy harta. Mañana mismo hablo con tu jefe para que te pongan horario fijo, porque esto ya es el colmo.
Don Roberto la miró un segundo, pero sus ojos parecían estar en otro lugar. No contestó con enojo ni se defendió. Simplemente pasó junto a ella rumbo al baño.
—Haz lo que quieras —murmuró sin importancia.
Marta se quedó con la boca abierta, indignada por la falta de reacción.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? ¡Eres un sinvergüenza! ¡Trabajas todo el día y ni siquiera tienes la decencia de llegar a una hora decente! ¡Mañana me vas a oír!
Él no respondió. Entró al baño, cerró la puerta y se miró en el espejo. Tenía el cabello revuelto, la cara todavía un poco sudada y en sus labios aún quedaba el sabor y el olor de Laura. Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en su rostro.
Se desvistió y se metió bajo la regadera. Mientras el agua caía sobre su cuerpo cansado, su mente regresó una y otra vez a lo que había vivido esa noche: Laura arrodillada chupándole la verga, gimiendo como una puta mientras la follaba sobre el escritorio, cómo se corrió dos veces con su lengua y su verga, cómo le suplicó que la follara más fuerte… y cómo terminó bañada en su semen.
—Qué mujer tan rica… —susurró para sí mismo mientras se enjabonaba.
No le importaba en absoluto el regaño de Marta. Ni sus quejas, ni sus amenazas, ni su cara de enojo. Nada podía quitarle la euforia que sentía en el pecho. Por primera vez en muchos años se sentía vivo, poderoso y deseado.
Mientras se secaba, tomó una decisión clara y firme:
“Esto no puede quedar en una sola vez. Esa rubia es mía ahora. Aunque sea casada, aunque sea mi jefa… voy a volver a follármela. Y la próxima vez la voy a hacer gritar más fuerte todavía.”
Se puso la ropa de dormir y salió del baño. Marta seguía refunfuñando en la cocina, pero él pasó de largo sin prestarle atención, con una pequeña sonrisa en los labios.
Se acostó en la cama, cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, durmió profundamente… soñando con el coño apretado y los gemidos de Laura.
---
Fin del Capítulo 1















Ojalá pronto saquen la parte 2
ResponderBorrarSi excelente relato la 2 porfa
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