LA JEFA LAURA 2 - EL CONSERJE RECIBE UNA SORPRESA

La mañana siguiente fue incómoda y tensa en el departamento.

Laura se levantó temprano y se movió por la casa con frialdad. Apenas miró a Carlos mientras preparaba café. Evitaba sus ojos, respondía con monosílabos y mantenía una distancia física evidente. Cada vez que él se acercaba, ella encontraba una excusa para alejarse.

Carlos lo notó inmediatamente. Con el remordimiento aún fresco por haber salido con sus amigos la noche anterior, interpretó su actitud como enojo justificado.


—Amor… —dijo suavemente mientras ella revisaba su teléfono en la cocina—. Sé que estás molesta por lo de anoche. Tenías razón, no debí salir. Perdóname.


Laura levantó la vista un segundo, pero no dijo nada. La culpa la estaba carcomiendo por dentro. Apenas podía sostenerle la mirada sabiendo lo que había hecho horas antes.

Carlos se acercó y la abrazó por detrás con cariño.


—Esta noche quiero compensártelo —continuó con voz arrepentida—. Reservé mesa en el restaurante más bonito de la ciudad, el que te gusta tanto. Solo nosotros dos pasaremos una noche linda. ¿Qué dices?


Laura dudó un momento. Una parte de ella quería rechazar la propuesta, pero otra más fuerte necesitaba aferrarse a su vida normal, a su matrimonio, a algo que la ayudara a olvidar lo ocurrido con el conserje.


—Está bien… —respondió finalmente, forzando una pequeña sonrisa—. Me parece buena idea.


Carlos sonrió aliviado y la giró para besarla. Laura correspondió al beso, pero se sintió incómoda. Sus labios aún recordaban los besos agresivos y demandantes de Don Roberto. Cuando Carlos se separó, ella bajó la mirada.


—Nos vemos en la noche entonces —dijo él con ternura, dándole un último beso en la frente—. Te quiero.


—También te quiero… —murmuró Laura, aunque las palabras le pesaron en la boca.


Se despidieron en la puerta. Ella subió a su coche y, mientras conducía hacia la oficina, apretó el volante con fuerza. Intentaba convencerse de que la cena con Carlos le ayudaría a borrar lo de anoche, a sentirse mejor como esposa y a recuperar el control.

Pero en el fondo sabía que estaba mintiéndose a sí misma.

Laura llegó a la oficina alrededor de las 8:40 de la mañana. Caminaba con paso firme pero nervioso, tratando de proyectar la misma seguridad de siempre. Ese día había elegido un atuendo que combinaba elegancia y provocación: un body negro ajustado de manga larga que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. El escote en forma de corazón era profundo y pronunciado, dejando a la vista gran parte de sus pechos generosos y firmes, que se marcaban de forma imposible de ignorar. Lo combinaba con una falda corta de cuadros grises y negros, ceñida a sus caderas y que apenas cubría la mitad de sus muslos. Completaba el look con tacones negros y el cabello rubio largo cayendo en ondas suaves sobre sus hombros.







Varias miradas se posaron en ella mientras caminaba por el pasillo principal. Laura fingía no notarlo, pero por dentro estaba hecha un nudo. Cada paso le recordaba lo ocurrido la noche anterior.

Apenas había dejado su bolso sobre el escritorio y encendido su computadora cuando escuchó los pasos pesados que ya conocía demasiado bien.


—Buenos días, Doña Laura —saludó Don Roberto con voz respetuosa, pero con un tono ligeramente diferente al de siempre.


Laura levantó la vista. El conserje estaba parado en la puerta de su oficina, con su uniforme gris, la barriga prominente y esa mirada que ya no era tan humilde como antes. Sus ojos bajaron sin disimulo por su escote profundo y luego subieron lentamente hasta su rostro.


—Buenos días, Roberto —respondió ella con frialdad, intentando mantener el control—. Hay mucho trabajo hoy. Puedes continuar con tu rutina.


Don Roberto no se movió. En cambio, dio un paso dentro de la oficina y cerró parcialmente la puerta detrás de sí.


—Quería agradecerle por la oportunidad de anoche… —dijo en voz baja, solo para que ella lo escuchara—. No he podido dejar de pensar en usted en toda la mañana. En cómo se veía arrodillada… y en cómo gemía mi nombre.


Laura sintió que se le aceleraba el pulso. Se levantó de su silla de inmediato, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento inútil de cubrirse.


—Roberto, ya te lo dije —habló entre dientes, con voz baja pero firme—. Lo de anoche fue un error. No va a volver a pasar. Ahora sal de mi oficina y haz tu trabajo.


El conserje sonrió ligeramente, una sonrisa que ya no tenía nada de sumisa. Dio otro paso más cerca.


—Como usted diga, Doña Laura… —murmuró, pero sus ojos seguían clavados en su escote—. Aunque ambos sabemos que ese cuerpo suyo quiere más. Se nota en cómo se vistió hoy. ¿Se arregló así pensando en mí?


Laura sintió un calor subirle por las mejillas. La mezcla de vergüenza, enojo y un traicionero cosquilleo entre las piernas la desestabilizó por un segundo.


—Sal de aquí ahora mismo —ordenó con voz más dura—. Y no quiero verte cerca de mi oficina en todo el día.


Don Roberto inclinó ligeramente la cabeza, pero antes de salir, añadió en voz muy baja:


—Como ordene, jefa… Pero si cambia de opinión, estaré todo el día aquí. Limpiando… y esperándola.


Se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando a Laura con el corazón latiéndole con fuerza y un nudo en el estómago.

Ella se dejó caer en su silla, respirando agitada.


“Esto tiene que parar”, pensó. “Tiene que parar hoy mismo.”


El resto de la mañana transcurrió con relativa normalidad, al menos en apariencia. Laura se sumergió en su trabajo para intentar no pensar. Revisó reportes de envíos, tuvo una reunión con el equipo de contabilidad para corregir facturas, contestó decenas de correos y coordinó los horarios de la próxima semana. Intentaba mantenerse ocupada, pero cada cierto tiempo su mente volvía a la noche anterior.




Alrededor de las 11:30, sintió la necesidad de ir al baño. Se levantó de su escritorio y caminó por el pasillo con paso rápido, tratando de no mirar a los lados.

Pero apenas entró al área de los baños, allí estaba Don Roberto, sacando la basura de uno de los cubos.


—Doña Laura… —saludó él con una sonrisa cargada de intención—. ¿Va al baño?


Laura se tensó visiblemente.


—No es de tu incumbencia —respondió cortante, sin detenerse.


—Solo preguntaba… —continuó él en voz baja mientras ella pasaba—. Aunque después de anoche, ya sé muy bien cómo suena cuando se corre. Me pregunto si ahora va a tocarse pensando en mí.


Laura sintió que le ardían las mejillas. Entró rápidamente al baño de mujeres y se encerró en uno de los cubículos, cerrando con seguro. El corazón le latía con fuerza. Se sentó en la taza e intentó calmarse, pero las palabras del conserje seguían resonando en su cabeza.

Después de terminar, salió del cubículo y se acercó al lavamanos. Se lavó las manos con cuidado y luego se miró en el espejo. Se arregló un poco el cabello, se pasó los dedos por debajo de los ojos para corregir el maquillaje y respiró profundo.

De repente, la puerta del baño de mujeres se abrió.

Don Roberto entró y cerró la puerta detrás de sí.

Laura se giró bruscamente, sorprendida y molesta.


—¿Qué haces aquí? ¡Este es el baño de mujeres! ¡Sal de aquí ahora mismo!


El conserje se acercó lentamente, con una mirada hambrienta. Ya no había rastro del viejo sumiso.


—Solo quería hablar un momento a solas, jefa… —dijo con voz ronca—. No he podido dejar de pensar en tu coño apretado desde anoche. ¿Tú tampoco puedes olvidarlo, verdad?


Se acercó más y trató de abrazarla por la cintura.


Laura lo empujó con ambas manos, furiosa.


—¡No me toques! —exclamó, retrocediendo—. ¡Esto se acabó, Roberto! ¡Fue un error y no va a repetirse!


El conserje intentó acercarse de nuevo, pero ella levantó la voz:


—¡Te dije que no! ¡Como castigo, vas a limpiar todo el departamento esta noche! ¡Todos los pisos, todos los baños, los vidrios, los pasillos… todo! Y si no lo haces, te juro que mañana mismo hablo con Recursos Humanos y te despiden. ¿Entendiste?


Don Roberto se detuvo en seco. La amenaza de ser despedido pareció golpearlo de verdad. Su expresión cambió inmediatamente. Bajó la mirada y volvió a su postura sumisa.


—Sí, Doña Laura… —murmuró con voz baja y respetuosa—. Entendido. Limpiaré todo. No se preocupe.


Laura lo miró con dureza, respirando agitada.


—Ahora sal de aquí antes de que alguien te vea.


Don Roberto asintió varias veces y salió del baño sin decir una palabra más.

Laura se quedó sola frente al espejo, con el corazón latiéndole con fuerza y una mezcla de rabia, miedo y una ligera excitación que no quería reconocer.

Se acomodó el escote del body negro, se miró una última vez en el eespejo y trató de tranquilizarse.



Eran casi las 7:20 de la noche cuando Laura apagó su computadora y salió de la oficina. El día había sido agotador, tanto por el trabajo como por la constante tensión de evitar al conserje. Apenas salió del edificio, recibió un mensaje de Carlos:


“Amor, hay un tráfico horrible en el periféricO. Te espero en el restaurante . Reserva a las 8:00 pm.”


Laura respiró aliviada. Eso le daba tiempo para pasar por casa.

Llegó a su casa, se duchó rápidamente y se cambió con cuidado. Se puso el elegante vestido negro ceñido que había elegido: corto, con tirantes finos y un escote que realzaba sus pechos de forma provocativa. Pero debajo llevaba algo mucho más atrevido: un body de encaje lila semitransparente con flores bordadas, corsé frontal con cintas cruzadas que apretaban y levantaban sus pechos, y una abertura en la entrepierna. Se miró al espejo y sintió una mezcla de excitación y tristeza. Quería que esa noche Carlos la deseara con intensidad, que la hiciera olvidar todo lo ocurrido.





Llegó al restaurante a las 8:05 pm. En cuanto entró, varias cabezas se giraron. El vestido negro se ajustaba perfectamente a su cuerpo, resaltando sus curvas, y su cabello rubio suelto brillaba bajo las luces cálidas del lugar. Caminó hasta la mesa donde Carlos ya la esperaba.

La cena transcurrió de forma agradable. Carlos estuvo atento, le contó sobre su día y le pidió disculpas nuevamente por lo de la noche anterior. Laura sonreía, intentaba disfrutar el momento y ser cariñosa, pero por dentro se sentía dividida.








Cuando ya estaban terminando el postre, Laura se inclinó ligeramente hacia adelante, mostrando más escote, y le dijo en voz baja:


—Carlos… después de la cena quiero que me hagas el amor. Tengo muchas ganas de ti esta noche.


Carlos suspiró y le tomó la mano con ternura.


—Amor, me encantaría… pero estoy realmente cansado. Mañana tengo una audiencia muy importante a las 8 de la mañana y necesito estar concentrado. Mejor otro día, ¿sí?


Laura sintió una punzada fuerte de decepción. Asintió con una sonrisa forzada, pero por dentro se sintió rechazada y frustrada. Otra vez.


En ese momento, su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de un número desconocido, pero ella ya sabía de quién se trataba.


Abrió el chat.


**Foto:** La verga gruesa y completamente dura de Don Roberto, tomada en la oficina apenas iluminada.  

**Mensaje:** “Terminé de limpiar todo el piso como me ordenaste, Jefa. Estoy exhausto… pero daría lo que fuera por ir a tu oficina ahora mismo y follarte como anoche.”


Laura se quedó mirando la pantalla durante varios segundos. Sintió cómo se le aceleraba la respiración y un calor familiar subía por su vientre. Las imágenes de la noche anterior regresaron con fuerza: las embestidas brutales, los gemidos, la forma en que la había hecho correrse.


Miró a Carlos, que revisaba algo en su propio teléfono, ajeno a todo.


Su mente empezó a llenarse de pensamientos indebidos: “Carlos no me desea… pero él sí. Él me folla como si me necesitara… como si no pudiera controlarse…”

Laura seguía mirando la foto en su teléfono. Su corazón latía con fuerza y un calor traicionero se extendía entre sus piernas. Se debatía internamente mientras Carlos revisaba algo en su celular, ajeno a todo.


“Esto está mal… muy mal. Acabo de cenar con mi marido y estoy pensando en ir a follar con el conserje… ¿En qué me estoy convirtiendo?”


Pero la frustración sexual era demasiado grande. Carlos la había rechazado otra vez. El cuerpo de Laura aún recordaba con intensidad cómo Don Roberto la había follado la noche anterior: duro, sin piedad, haciéndola correrse como nunca. La lujuria ganó la batalla.


Respiró profundo, guardó el teléfono y miró a Carlos con una expresión fingida de preocupación.


—Amor… acabo de recordar que dejé unos documentos muy importantes en la oficina. Son los del reporte que tengo que entregar mañana temprano. Tengo que regresar un momento.


Carlos frunció el ceño, preocupado.


—¿Ahora? Ya es tarde. ¿Quieres que te lleve? Puedo esperarte en el coche.


Laura dudó un segundo, pero sabía que si rechazaba su oferta él insistiría. Carlos siempre era así de atento.


—Está bien… sí, llévame por favor.


En el camino al edificio de la empresa, Laura se sentía extremadamente nerviosa e incómoda. Miraba por la ventana, apretando los muslos. Sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacer. Estaba mintiéndole a su marido para ir a follar con otro hombre. La culpa la carcomía, pero el deseo era más fuerte.


Al llegar, Carlos estacionó frente al edificio.


—Te espero aquí, no tardes —dijo con una sonrisa.


—No, amor… mejor vete a casa —respondió Laura rápidamente, tratando de sonar natural—. Puedo tardar un rato buscando los documentos y no quiero que estés aquí esperando. Vete tranquilo, yo tomo un taxi de regreso.


Carlos insistió un poco, pero finalmente aceptó.


—Está bien. Pero avísame cuando salgas. Te quiero.


Se acercó y le dio un beso en los labios. Laura correspondió, pero se sintió sucia. Cuando Carlos se alejó con el coche, ella se quedó parada frente a la entrada del edificio, sola en la noche.


Se quedó allí varios minutos, debatiéndose.


“Todavía puedo irme a casa… puedo decirle a Carlos que no encontré los documentos y ya. Esto es una locura…”


Miró hacia la ventana del edificio. La luz estaba encendida.


Finalmente, con el corazón latiéndole a mil por hora y una humedad creciente entre las piernas, Laura respiró profundo y entró al edificio.


Sus tacones resonaron en el pasillo vacío mientras caminaba hacia su oficina. Sabía que lo que estaba a punto de hacer estaba mal… pero ya no podía detenerse.


Laura entró al edificio con el corazón latiéndole fuertemente. El lugar estaba casi completamente a oscuras, solo algunas luces de emergencia y la del pasillo del fondo permanecían encendidas. A lo lejos se escuchaba el sonido de un trapeador y una voz masculina cantando bajito una canción de los 80 para distraerse.


Se dirigió primero a su oficina. Entró, cerró la puerta y, sin encender la luz principal, solo la lámpara de su escritorio. Con manos temblorosas se bajó el vestido negro lentamente hasta quitárselo por completo. Lo dejó sobre su silla y se miró en el pequeño espejo que tenía en la oficina.

Quedó solo con el provocativo body de encaje lila. La prenda se ajustaba perfectamente a su cuerpo, el corsé frontal con cintas cruzadas levantaba y juntaba sus pechos de forma escandalosa, y la transparencia del encaje dejaba ver claramente sus pezones. Se acomodó el cabello, se retocó los labios con un poco de gloss y se pellizcó las mejillas para darles más color.

Se miró una última vez en el espejo. Sabía que se veía extremadamente sexy y provocativa.




Respiró profundo y salió de su oficina.


Mientras caminaba por el pasillo, escuchaba más claramente al conserje. Don Roberto estaba en una de las oficinas del fondo, limpiando el piso mientras cantaba en voz baja:


—“Y ahora… que estamos solos tú y yo… quédate conmigo…”


Se notaba cansado. De vez en cuando soltaba un suspiro y murmuraba para sí mismo:


—Qué montón de trabajo… voy a llegar tardísimo otra vez. Marta me va a armar un escándalo cuando llegue…


Laura se detuvo frente a la puerta de esa oficina. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Sabía que si abría esa puerta ya no habría marcha atrás. Estaba a punto de entregarse voluntariamente al conserje, mintiéndole a su marido y traicionando su matrimonio por segunda vez.

Se quedó allí parada casi un minuto entero, debatiéndose.


“Esto está mal… muy mal. Puedo darme la vuelta ahora mismo…”


Pero su cuerpo pensaba diferente. Sentía la humedad entre sus piernas y el deseo palpitando con fuerza.

Finalmente, tomó aire, empujó la puerta y entró.


Don Roberto estaba de espaldas, trapeando el piso con movimientos cansados. Al escuchar la puerta abrirse se giró lentamente… y se quedó congelado al verla.


La imagen que tenía frente a él parecía sacada de sus fantasías más salvajes: Laura, su jefa, parada en la puerta solo con un body de encaje lila semitransparente, los pechos prácticamente a punto de salirse y una mirada nerviosa pero cargada de deseo.



—Do… Doña Laura… —balbuceó, completamente sorprendido—. ¿Qué… qué hace aquí?


Laura cerró la puerta detrás de sí con un clic suave pero definitivo. El sonido resonó en la oficina vacía. Don Roberto seguía parado en medio de la habitación, con el trapeador en la mano y una expresión de total incredulidad.

Ella caminó lentamente hacia él, con pasos seguros a pesar de que su corazón latía desbocado. El body de encaje lila se movía con su cuerpo, marcando cada curva y dejando poco a la imaginación bajo la luz tenue.

El conserje abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Laura se acercó y puso un dedo sobre sus labios.


—Shhh… —susurró ella, mirándolo directamente a los ojos—. No hagas que me arrepienta de esto.


Don Roberto se quedó congelado. El trapeador se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un ruido sordo.

Laura no esperó. Se agachó lentamente frente a él, manteniendo la mirada hacia arriba. Con dedos ligeramente temblorosos pero decididos, desabrochó el cinturón del uniforme gris, bajó el cierre y jaló tanto el pantalón como el bóxer hacia abajo hasta los tobillos de un solo movimiento.


La verga gruesa y pesada de Don Roberto saltó libre, ya semierecta por la sorpresa y el deseo. Laura se quedó mirándola unos segundos, respirando agitada. Dudó por un instante, mordiéndose el labio inferior, como si aún estuviera peleando consigo misma.


Pero finalmente se decidió.


Tomó la verga con una mano, sintiendo su calor y grosor, y sin decir una palabra más, abrió la boca y se la metió profundamente.


— ¡Ahhh…! ¡Joder! —gimió Don Roberto con fuerza, sorprendido y extasiado.


Laura comenzó a chuparla con ganas, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás, tomando casi la mitad de su grosor en cada movimiento. Su boca caliente y húmeda lo envolvía con avidez.


Don Roberto soltó un gruñido de placer y puso una mano sobre la cabeza rubia de ella, sin poder creer lo que estaba pasando.


—Doña Laura… no me esperaba esto… —jadeó, con la voz entrecortada—. Pensé que… que ya no iba a volver… y ahora me la estás mamando como una puta… ¡Qué boca tan rica!


Laura no respondió con palabras. Solo siguió chupando con más entusiasmo, usando la mano para masturbar la base mientras su lengua recorría la cabeza hinchada. El sonido húmedo y obsceno de su boca llenaba la oficina silenciosa.


Don Roberto echó la cabeza hacia atrás, gimiendo de placer, todavía procesando que su joven y hermosa jefa había regresado voluntariamente y estaba arrodillada frente a él, mamándosela con hambre.


Laura chupaba con una mezcla de deseo, frustración y entrega total. Su cabeza rubia se movía con ritmo constante, metiéndose la verga gruesa hasta donde podía, mientras su mano masturbaba la parte que no le cabía en la boca. Los sonidos húmedos y obscenos llenaban la oficina: succiones fuertes, gemidos ahogados y el roce de su lengua contra la piel caliente.


Don Roberto la miraba desde arriba, con la boca entreabierta y los ojos llenos de placer y sorpresa. Con una de sus manos posada suavemente sobre la cabeza de Laura, acariciando su cabello sin presionarla.


“¿Por qué está haciendo esto?”, pensó él mientras sentía cómo la boca caliente de su jefa lo envolvía. “Hace unas horas me amenazó con despedirme… y ahora está arrodillada mamándomela como si lo necesitara. ¿Pasó algo con su marido? ¿Se arrepintió? ¿O simplemente le gustó cómo la follé anoche?”


Estuvo a punto de preguntárselo. Las palabras casi salieron de su boca: “¿Por qué regresaste, Doña Laura?” Pero se arrepintió en el último segundo. No quería arriesgarse a romper el momento. Tenía miedo de que cualquier pregunta la hiciera reaccionar, arrepentirse y marcharse.


“Mejor cállate, imbécil… solo disfrútalo”, se dijo a sí mismo.


Y se dejó llevar.


—Ahhh… qué rico me la chupas… —gruñó con voz ronca, cerrando los ojos por un momento—. Esa boquita está hecha para esto… tan caliente… tan húmeda…


Laura respondió aumentando el ritmo. Sacaba la verga casi por completo, lamiendo toda la longitud desde los huevos hasta la cabeza hinchada, y luego se la tragaba de nuevo con ganas. De vez en cuando lo miraba desde abajo con ojos vidriosos, como buscando aprobación.


Don Roberto soltó un gemido más profundo y apretó ligeramente los dedos en su cabello.


—Así… más profundo… qué puta tan buena eres cuando quieres… —murmuró, dejándose llevar completamente por el placer—. No pares… sigue mamando esa verga, jefa…


Laura gemía alrededor del miembro grueso, vibrando contra él. Su propia excitación crecía con cada sonido y cada palabra grosera que salía de la boca del conserje. Ya no pensaba en Carlos, ni en lo mal que estaba lo que hacía. Solo quería sentir esa verga grande y pesada en su boca.


Don Roberto abrió los ojos y bajó la mirada, disfrutando la vista: su joven y hermosa jefa arrodillada frente a él, con ese body de encaje lila que apenas cubría nada, chupándole la verga con verdadero entusiasmo.


Decidió no preguntar nada.


Solo disfrutar el momento… mientras durara.


Laura sacó lentamente la verga gruesa de su boca, dejando un hilo de saliva conectando sus labios con la cabeza hinchada. Respirando agitada, lo miró desde abajo con los ojos brillantes de deseo y le preguntó con voz ronca:


—¿Quieres cogerme?


Don Roberto se quedó mirándola por un segundo, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Su rostro se iluminó con una mezcla de sorpresa, lujuria y profunda emoción.


—Claro que sí… —respondió con voz temblorosa pero cargada de deseo—. Es lo que más deseo en este mundo, Doña Laura. Daría cualquier cosa por volver a cogerte.


Esas palabras golpearon a Laura con fuerza. Recordó inmediatamente a Carlos: sus respuestas tibias, sus “estoy cansado”, sus rechazos educados. Nunca le había hablado con esa hambre, con esa necesidad cruda y desesperada. Nunca la había hecho sentir tan deseada.


Eso terminó de encenderla por completo.

Se levantó del suelo, tomó a Don Roberto de la mano y lo llevó con decisión hacia el escritorio de aquella oficina que era de uno de sus compañeros. Se subió a la superficie de madera, se recostó ligeramente hacia atrás y abrió las piernas frente a él, dejando que el body de encaje lila quedara completamente expuesto.


—Entonces soy toda tuya —susurró con voz cargada de excitación.


Don Roberto se quedó paralizado unos segundos, admirándola. Sus ojos recorrieron el body semitransparente, los pechos casi saliéndose del corsé y el coño visible a través de la abertura del encaje. Sintió un nudo en la garganta. Nunca en su vida imaginó que una mujer como Laura, joven, hermosa y casada, se le ofrecería de esta forma.


—Dios mío… —murmuró casi para sí mismo, con la voz entrecortada—. No puedo creer que esto me esté pasando… otra vez.


Se acercó entre sus piernas abiertas, visiblemente emocionado. Con manos temblorosas apartó a un lado la tela del body que cubría su vagina y acomodó la cabeza gruesa de su verga contra la entrada mojada de Laura.


—Si eso es lo que quieres… entonces eso voy a hacer —dijo con voz ronca.


Empujó lentamente, disfrutando cada centímetro mientras entraba en ella.


Laura soltó un gemido largo y profundo al sentir cómo la abría de nuevo.


—Ahhh… sí… —jadeó, arqueando la espalda.


Don Roberto cerró los ojos por un momento, saboreando la sensación apretada y caliente que lo envolvía. Entró centímetro a centímetro, lentamente, hasta que su verga gruesa quedó completamente enterrada dentro de ella.


—Qué rico se siente… —gruñó, empezando a moverse con embestidas lentas pero profundas—. Tan apretado… tan mojado… Eres perfecta, Doña Laura.


Laura se mordió el labio y gimió con cada penetración, abriendo más las piernas para recibirlo mejor. Sus manos se aferraron al borde del escritorio mientras el conserje comenzaba a follarla con más ritmo.


Don Roberto ya no pudo contenerse más. Agarró con fuerza las caderas de Laura y empezó a follársela con embestidas más duras y profundas. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la oficina.


— ¡Así te gusta, verdad, puta! —gruñó con voz ronca mientras la penetraba con fuerza—. ¿Te gusta que tu conserje te esté partiendo el coño en el escritorio de otro?


— ¡Ahhh… sí! —gimió Laura alto, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Más duro…!


Don Roberto aceleró el ritmo, follándola sin piedad. Sus caderas chocaban con fuerza contra ella, clavando su verga gruesa hasta el fondo con cada embestida.


— ¡Qué jefa tan puta eres! —le dijo entre jadeos—. En el día me das órdenes y por la noche abres las piernas como una zorra cualquiera. ¿Esto es lo que querías cuando te vestiste así hoy?


Laura solo podía gemir y asentir, completamente entregada al placer. Sus gemidos se volvían más altos y desesperados con cada golpe.


De repente, Don Roberto estiró la mano, jaló con fuerza los tirantes del body lila y los bajó bruscamente por los hombros de Laura. Sus pechos grandes y firmes saltaron libres, rebotando con cada embestida.


— ¡Joder…! —exclamó él, maravillado—. Estas tetas… qué hermosas son…


Sin dejar de follarla fuerte, se inclinó hacia adelante y se avalanzó sobre sus pechos. Los besó con hambre, lamiendo la piel suave antes de atrapar un pezón con la boca y chuparlo con fuerza. Alternaba entre uno y otro, succionando y mordisqueando mientras su verga seguía entrando y saliendo de ella sin descanso.


— ¡Ahhhhh… Roberto! —gritó Laura de placer, arqueando la espalda y empujando sus pechos contra la boca de él—. ¡Sí… chúpamelos! ¡Más fuerte!


Don Roberto chupaba con avidez, dejando los pezones rojos e hinchados, mientras la follaba cada vez más salvajemente. El escritorio se movía con la fuerza de sus embestidas.


— ¡Qué rico coño y qué ricas tetas tienes, jefa! —gruñó contra su piel—. Eres una puta de lujo… Te estoy cogiendo como se merece esta vagina de casada caliente.


Laura gemía alto, sin control. Una de sus manos se enredó en el cabello entrecano de Don Roberto, empujándolo más contra sus pechos mientras recibía sus embestidas brutales.


— ¡No pares…! ¡Sigue follándome así…! ¡Ahhh… sííí!


El conserje seguía devorando sus pechos y penetrándola sin piedad, completamente perdido en el placer de tener a su joven y hermosa jefa completamente rendida debajo de él.

Don Roberto seguía follándola con fuerza bruta, clavando su verga gruesa hasta el fondo con embestidas rápidas y profundas. El escritorio se sacudía violentamente bajo el cuerpo de Laura.


De pronto, ella sintió que el orgasmo se acercaba como una ola imparable. Sus paredes internas empezaron a contraerse alrededor del miembro del conserje.


— ¡Roberto…! —gimió desesperada—. ¡Me voy a correr…! ¡Me voy a correr fuerte!


— ¡Córrete, puta! —gruñó él sin reducir el ritmo ni un segundo—. ¡Córrete en mi verga! ¡Quiero sentir cómo me aprietas!


Laura ya no pudo aguantar más. Echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y se corrió con intensidad.


— ¡Ahhhhh… síííí…! ¡Me corrooo…! ¡Joder, qué rico…! ¡Tu verga me está partiendo…! ¡Ahhh… me vengo…!


Su cuerpo se tensó violentamente. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de la verga de Don Roberto, apretándola en espasmos intensos mientras un chorro caliente de jugos salía alrededor de su miembro. Laura gemía y maldecía sin control, temblando de pies a cabeza.


— ¡Sííí…! ¡Qué rico…! ¡No pares…!


Don Roberto gimió alto de placer al sentir cómo ella se corría alrededor de su verga. Disminuyó poco a poco el ritmo de las embestidas, pero no se la sacó. Siguió moviéndose lento y profundo, prolongando el orgasmo de Laura mientras disfrutaba de las contracciones de su coño.

Cuando los espasmos de ella empezaron a calmarse, Don Roberto aprovechó el momento. Se subió completamente sobre el escritorio, colocándose encima de Laura sin salir de ella. Quedaron cara a cara, con él montado sobre su cuerpo.

Ambos se miraron a los ojos, respirando agitados, con los rostros llenos de placer y deseo. Laura, todavía vulnerable y sensible por el orgasmo, sintió una extraña ternura mezclada con la calentura. Pensó que, a pesar de todo, Don Roberto la deseaba de verdad, con una intensidad que Carlos ya no le daba.

Sin pensarlo más, levantó la cabeza, tomó el rostro del conserje con ambas manos y lo besó.

Don Roberto se sorprendió solo un segundo, pero enseguida correspondió el beso con pasión. Sus labios se unieron con hambre, sus lenguas se enredaron de forma húmeda y profunda. Laura lo abrazó con fuerza por la espalda, clavando las uñas en su camisa mientras él seguía enterrado profundamente dentro de ella.

El beso se volvió cada vez más apasionado y desesperado. Don Roberto movía lentamente las caderas, follándola con suavidad mientras se besaban, disfrutando del calor de su cuerpo debajo de él.

Laura gemía bajito contra su boca, completamente entregada en ese momento, abrazándolo como si no quisiera soltarlo nunca.


Los besos se volvieron más profundos y apasionados. Don Roberto besaba a Laura con una mezcla de hambre y algo parecido a la devoción, mientras seguía moviéndose lentamente dentro de ella.


—Eres tan hermosa… —susurró contra sus labios entre beso y beso—. No sabes cuánto tiempo soñé con tenerte así… tan cerca, tan mía. Eres perfecta, Laura… tan suave, tan caliente… Me vuelves loco.


Sus palabras, dichas con esa voz ronca pero sincera, tocaron algo dentro de Laura. Por un momento sintió un cariño extraño y cálido hacia ese hombre mayor que la deseaba con tanta intensidad. Lo abrazó más fuerte y le devolvió el beso con más pasión.


Poco a poco, Don Roberto fue aumentando la velocidad de sus embestidas. De suaves y profundas pasaron a ser más fuertes, más rápidas. El escritorio volvió a sacudirse bajo ellos.


—Ahh… ¡Roberto! —gimió Laura más fuerte, clavando las uñas en su espalda.


—Así te gusta, ¿verdad? —gruñó él, acelerando aún más—. Dime que te gusta cómo te follo…


— ¡Sí… me gusta…! ¡Más fuerte!


Laura gemía cada vez más alto, casi gritando de placer. Don Roberto la estaba follando con fuerza otra vez, golpeando profundo dentro de ella.


De repente, entre gemidos, Laura logró decir:


— ¿Quieres… quieres verme cabalgándote?


Don Roberto abrió mucho los ojos, emocionado.


— ¡Sí! ¡Claro que sí! —respondió casi sin pensarlo, con la voz llena de entusiasmo—. Me encantaría…


Se salieron del escritorio con prisa. Don Roberto se quitó rápidamente las botas y bajó por completo el pantalón y el bóxer que aún tenía en los tobillos. Luego se desabrochó la camisa y se la quitó, quedando completamente desnudo. Su barriga prominente, su pecho velludo y su verga gruesa y dura quedaron totalmente expuestos. Se subió al escritorio con cuidado de no tirar la computadora y se acostó boca arriba.


Laura intentó quitarse el body por completo, pero Don Roberto la detuvo sujetándola de la muñeca.


— No… déjatelo puesto —dijo con voz ronca—. Te ves demasiado rica así… con el encaje apretando tus tetas. Me encanta cómo te ves.


Laura sonrió con picardía y se subió al escritorio. Se colocó encima de él, apoyando una mano sobre su pecho velludo y caliente. Con la otra mano se hizo a un lado la tela del body que cubría su vagina, tomó la verga gruesa de Don Roberto y la acomodó en su entrada.


Poco a poco empezó a bajar, metiéndose la verga centímetro a centímetro.


— ¡Ahhh… qué grande se siente…! —gimió ella.


Don Roberto soltó un gemido largo y profundo, mirando cómo su verga desaparecía dentro de ella.


— No puede ser… —murmuró con la voz temblorosa, casi sin creerlo—. Esto no está pasando… Debo estar soñando. Me imaginé a la jefa Laura cabalgándome cientos de veces… y ahora… ahora está sucediendo de verdad.


Laura se hundió completamente sobre él, sintiendo cómo la llenaba por completo. Lo miró a los ojos con una sonrisa cargada de lujuria y le dijo:


— No es un sueño, Roberto… —susurró mientras empezaba a mover las caderas lentamente—. Prepárate… porque voy a cogerte como te mereces.


Laura se acomodó mejor sobre él, apoyando ambas manos en el pecho velludo de Don Roberto. Comenzó a moverse lentamente, con movimientos circulares y suaves, como si estuviera tanteando el terreno y acostumbrándose al grosor de su verga.


—Ahhh… —gimió bajito, cerrando los ojos un momento—. Se siente tan grande adentro…


Don Roberto soltó un gemido ronco y profundo, sintiendo cómo el coño caliente y apretado de Laura lo envolvía.


—Qué rico… —murmuró, con la voz entrecortada—. Muévete despacio… así… déjame sentirte toda.


Durante los primeros minutos, Laura cabalgaba con lentitud, subiendo y bajando con cuidado, acostumbrándose a la sensación de estar completamente llena. Ambos gemían despacio, disfrutando el roce profundo y constante.


Pero poco a poco, Laura fue ganando confianza. Empezó a moverse más fuerte, más rápido, bajando con más intensidad sobre la verga gruesa del conserje. Sus pechos rebotaban con cada movimiento.


Don Roberto ya no pudo contenerse. Agarró con fuerza sus pechos con ambas manos, masajeándolos y apretándolos mientras ella lo cabalgaba.


— ¡Así, puta! ¡Cabalga mi verga como la zorra que eres! —gruñó con fuerza, casi gritando—. ¡Mira cómo me estás cogiendo! ¡Qué rico te mueves, jefa! ¡Esas tetas rebotando… me vuelves loco!


Laura gemía más alto, cada vez más descontrolada. Sus caderas subían y bajaban con rapidez, chocando contra él con fuerza.


— ¿Te gusta? —preguntó ella entre gemidos fuertes—. ¿Te gusta cómo te estoy cogiendo?


— ¡Me encanta, carajo! —respondió Don Roberto casi a gritos, apretando sus pechos con más fuerza—. ¡No pares! ¡Sigue cabalgándome así! ¡Qué puta tan rica eres! ¡Muévete más rápido… rómpeme la verga con ese coño!


Laura aceleró aún más el ritmo, cabalgándolo con desenfreno. Sus gemidos llenaban la oficina mientras Don Roberto seguía masajeando y apretando sus pechos, pellizcando sus pezones por encima del encaje.


— ¡Ahhh… sí! ¡Me encanta tu verga…! —gemía ella sin control—. ¡Qué rico te siento…!


Don Roberto estaba completamente perdido en el placer, mirándola con los ojos vidriosos mientras la joven y hermosa jefa lo montaba con pasión salvaje.


Laura cabalgaba con fuerza, moviendo las caderas de arriba abajo con ritmo salvaje, haciendo que su culo chocara contra los muslos de Don Roberto. Sus gemidos llenaban la oficina.


De repente, el conserje agarró con fuerza sus caderas con ambas manos y empezó a embestir hacia arriba con violencia, penetrándola profundamente y a gran velocidad.


— ¡Ahhhhh…! ¡Sí! ¡Así…! ¡Fóllame! —gritó Laura de placer, casi sin aliento.


Don Roberto la penetraba sin piedad desde abajo, clavando su verga gruesa con embestidas brutales mientras gruñía como un animal.


— ¡Toma toda mi verga, puta! ¡Así te gusta, verdad! ¡Qué rico coño tienes, jefa!


Laura gritaba de placer con cada embestida. Sus pechos rebotaban violentamente salidos del body de encaje.


De pronto, Don Roberto subió una mano y la agarró firmemente del cuello, atrayéndola hacia él hasta que sus rostros quedaron muy cerca. La miró a los ojos con intensidad mientras seguía follándola duro.


—Desde ahora yo soy tu macho, ¿entendiste? —gruñó contra su boca—. Y tú eres mi hembra. Dilo. Dime quién es tu macho.


Laura, completamente perdida en el placer, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, respondió entre gemidos:


— Tú… Tú eres mi macho… ¡Ahhh…! Don Roberto es mi macho… ¡Me encanta cómo me coges…!


Satisfecho con sus palabras, Don Roberto soltó su cuello y la dejó continuar. Laura, más excitada que nunca, retomó el control y empezó a cabalgarlo con movimientos aún más ricos y provocativos. Se acomodó el cabello rubio con una mano mientras con la otra se apretaba uno de sus pechos, pellizcándose el pezón por encima del encaje.


Subía y bajaba con fuerza, girando las caderas en círculos y contrayendo su coño alrededor de la verga gruesa.


Don Roberto gemía sin control, con las manos agarrando sus nalgas, observándola con absoluta fascinación.


—Qué afortunado soy… —pensó mientras la veía moverse encima de él—. Hace solo unos días esto parecía imposible. Soñaba con esta mujer todas las noches… y ahora la jefa más deseada de la oficina está completamente desnuda, cabalgándome la verga como una puta en celo. Está toda mía…


Laura siguió cabalgándolo con pasión, moviéndose cada vez más rápido y sensual, completamente entregada al placer prohibido.

Ella cabalgaba con movimientos ricos y profundos, subiendo y bajando sobre la verga gruesa de Don Roberto mientras movía las caderas en círculos provocativos. Sus gemidos se mezclaban con los de él en la oficina en penumbras.


—Qué rico te siento… —gemía ella, con la voz entrecortada—. Tu verga me llena toda…


—Así, mi jefa… —gruñía Don Roberto, apretando sus nalgas con fuerza—. Cabálgame fuerte… qué puta tan caliente eres… me estás volviendo loco con ese cuerpo…


De pronto, en uno de los movimientos más intensos de Laura, su rodilla golpeó el borde del escritorio y el teclado de la computadora cayó al suelo con un fuerte estruendo.


¡CLACK!


El ruido seco y metálico los espantó a los dos. Laura se detuvo en seco, con la verga todavía dentro de ella, y miró hacia el teclado tirado en el piso.


—Mierda… —susurró, recuperando de golpe un poco de lucidez.


Se dio cuenta en ese momento (aunque ya lo sabía, pero la calentura no la había dejado pensar) de que estaban en la oficina de otro compañero. No era su escritorio. Había papeles, fotos familiares y objetos personales por todos lados. Si rompían algo o dejaban cualquier rastro de lo que estaban haciendo, podrían meterse en un problema serio.


Don Roberto, todavía jadeando, la miró con ternura y confusión.


—¿Por qué te detienes, mi reina? —preguntó cariñosamente, acariciando sus muslos—. Solo fue el teclado que cayó, no pasa nada…


Laura negó con la cabeza, todavía sentada sobre él.


—No… estamos en la oficina de otra persona. No podemos seguir aquí. Si nos descubren, o si dejamos alguna prueba… Mejor vayamos a mi oficina.


Don Roberto, aunque claramente frustrado por tener que parar, sonrió y asintió.


—Como tú digas, Laura. Vamos a tu oficina.


Laura se levantó lentamente, sacando la verga gruesa de su interior con un gemido suave. Ambos se bajaron del escritorio con prisa. Recogieron sus ropas del suelo de forma apresurada: Laura se puso el vestido negro por encima del body, mientras Don Roberto se subía el pantalón y se ponía la camisa sin abotonarla del todo.


Salieron juntos de la oficina ajena, caminando por el pasillo vacío hacia la oficina de Laura. Ella iba delante, todavía con las piernas temblorosas.


Sin embargo, en la emoción del momento, a Don Roberto se le olvidó completamente el trapeador tirado en el suelo de la otra oficina… la cual pertenecía a Miguel, el empleado que había visto a Laura la noche anterior salir nerviosa y acomodándose la ropa.

...

Laura abrió la puerta de su oficina y entró primero. Don Roberto la siguió de cerca y cerró la puerta con llave detrás de él.

Apenas escuchó el clic del seguro, el conserje perdió por completo el control. Se abalanzó sobre ella por detrás, empujándola con fuerza contra su propio escritorio. Laura soltó un gemido de sorpresa cuando su cuerpo chocó contra la madera.


Sin decir una palabra, Don Roberto llevó sus manos al frente y agarró con fuerza el escote del vestido negro. Con un movimiento salvaje, tiró hacia abajo y hacia los lados con toda su fuerza.


¡Riiip!


El vestido se rasgó violentamente desde el escote hasta la cintura. Laura gimió fuerte al sentir cómo la tela se desgarraba con rudeza. El conserje no se detuvo: siguió jalando y rompiendo el vestido con brutalidad, desgarrándolo por todas partes hasta quitárselo completamente. Lo arrojó con desprecio a un rincón de la oficina, dejando a Laura solo con el sensual body de encaje lila.


— ¡Eres toda mía! —gruñó Don Roberto con voz ronca y cargada de deseo—. No puedo contenerme más… Tengo que cogerte ahora mismo.


La puso de pie contra el escritorio, inclinándola hacia adelante para que su culo quedara bien expuesto. Con manos ansiosas, apartó la tela del body que cubría su vagina y se agachó un momento para darle varias lamidas largas y hambrientas, saboreando sus jugos.


—Ahhh… ¡Roberto! —gimió Laura de placer.


El conserje se incorporó rápidamente, se bajó de nuevo el pantalón y el bóxer (que ni siquiera se había abrochado bien), tomó su verga gruesa y dura y, sin previo aviso, se la metió de un solo empujón brutal hasta el fondo.


— ¡Aaaahhh…! ¡Joder! —gritó Laura, agarrándose con fuerza al escritorio.


Don Roberto empezó a follársela con fuerza salvaje, embistiéndola sin piedad. El sonido de sus caderas chocando contra el culo de Laura era fuerte y constante.


¡Plap! ¡Plap! ¡Plap!


— ¡Qué rico coño tienes, puta! —gruñó él, dándole una fuerte nalgada que resonó en la oficina—. ¡Toma verga, jefa! ¡Esto es lo que venías buscando!


— ¡Sí! ¡Fóllame duro! —gritó Laura, completamente entregada—. ¡Más fuerte, carajo! ¡Destrózame el coño!


Don Roberto le dio otra nalgada sonora, luego otra y otra, mientras la penetraba con embestidas brutales y profundas. Su barriga chocaba contra el culo de Laura con cada golpe.


— ¡Así, zorra! ¡Grita más fuerte! ¡Que se escuche cómo te estoy partiendo!


Laura gemía y gritaba sin control, empujando su culo hacia atrás para recibir cada embestida. El placer era tan intenso que apenas podía sostenerse del escritorio.


Don Roberto la estaba partiendo en dos.

Sus embestidas eran feroces, profundas y sin ninguna misericordia. Cada vez que clavaba su verga gruesa hasta el fondo, el cuerpo de Laura se sacudía violentamente contra el escritorio.


Laura se aferraba con todas sus fuerzas al borde de la mesa, los nudillos blancos por la presión, intentando aguantar el brutal ritmo.


— ¡Ahhh…! ¡Eres un maldito salvaje! —gritó ella entre gemidos desgarradores—. ¡No pares…! ¡No pares, carajo!


— ¡Así es como te gusta, verdad, puta! —rugió Don Roberto, sudando y jadeando mientras la follaba sin control—. ¡Tú sacas mi lado animal, jefa! ¡Mírate… gimiendo como una perra en celo mientras te destrozo el coño!


Le soltó dos nalgadas fuertes y sonoras, una en cada nalga.


¡Plaf! ¡Plaf!


El culo de Laura tembló violentamente y se puso rojo intenso casi de inmediato.


— ¡Ayyy…! —gritó ella de placer y dolor.


En medio del éxtasis, Laura instintivamente llevó sus manos hacia atrás y las apoyó en los muslos de Don Roberto, como si intentara (sin querer realmente) empujarlo un poco para que no entrara tan profundo. Pero era inútil. No tenía fuerza suficiente. El conserje ni siquiera se movió un centímetro y siguió embistiéndola con la misma ferocidad.


Don Roberto se dio cuenta y sonrió con malicia. Agarró ambas muñecas de Laura y jaló sus brazos hacia atrás con fuerza, arqueando su espalda y levantándola parcialmente del escritorio.


— ¡Así te quiero tener! —gruñó, follándola en esa posición por varios segundos, penetrándola aún más profundo.


Laura gritaba de placer, casi sin voz. Después de unos momentos intensos, él la soltó de golpe. Laura cayó de nuevo sobre el escritorio con un gemido ahogado, los pechos aplastados contra la madera.


— ¡Qué rico…! —jadeó ella, con la voz rota—. ¡Me estás partiendo… se siente tan profundo!


— ¡Y tú estás tan mojada, zorra! —respondió él sin dejar de embestirla—. ¡Este coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca! ¡Qué puta tan deliciosa eres, Doña Laura!


Los dos gemían sin control, completamente entregados al placer salvaje. El sonido de las embestidas, las nalgadas y sus gemidos llenaba toda la oficina.


Don Roberto seguía follándola con fuerza bruta desde atrás. Sus embestidas eran profundas, rápidas y constantes, haciendo que el cuerpo de Laura se sacudiera contra el escritorio una y otra vez.

Después de varios minutos en esa posición, Laura sintió que el placer volvía a acumularse de forma imparable. Sus piernas empezaron a temblar y su coño se contrajo alrededor de la verga gruesa del conserje.


— ¡Roberto…! —gimió desesperada—. ¡Me voy a correr otra vez…! ¡Estoy a punto…!


— ¡Córrete! —gruñó él con voz ronca y excitada, sin reducir el ritmo—. ¡Córrete todo lo que quieras, puta! ¡Quiero sentir cómo me aprietas la verga!


Aumentó la velocidad de sus embestidas, follándola aún más fuerte y rápido, golpeando con furia contra sus nalgas rojas.

Laura ya no aguantaba más. Sus gemidos se volvieron agudos y desesperados. Estaba a punto de explotar…


Justo un segundo antes de que se corriera, Don Roberto sacó su verga gruesa de golpe.


— ¡Nooo…! —protestó Laura con un gemido frustrado.


Pero fue demasiado tarde.


El orgasmo la golpeó con violencia.


— ¡Aaaahhhhh…! ¡Me corrooo…! ¡Joder…!


Laura se revolcó sobre el escritorio de puro placer. Su cuerpo se tensó por completo, sus piernas temblaron con fuerza y un chorro caliente de jugos salió de su coño, mojando el piso y el borde del escritorio. Se arqueó, apretando los puños y gritando sin control mientras olas de placer intenso la recorrían de pies a cabeza.


— ¡Síííí…! ¡Qué rico…! ¡Me estoy corriendo…! ¡Ahhhh…!


Don Roberto se quedó de pie detrás de ella, admirando el espectáculo con los ojos muy abiertos. Su verga palpitante y brillante de los jugos de Laura apuntaba hacia ella mientras observaba cómo su jefa se corría de forma tan intensa y descontrolada sobre su propio escritorio.


—Qué hermosa te ves corriéndote… —murmuró con la voz cargada de lujuria, sin tocarla, solo disfrutando la vista—. Mira cómo chorreas… toda temblando por mí.


Laura siguió retorciéndose durante varios segundos, gimiendo y jadeando mientras el orgasmo la atravesaba. Sus muslos temblaban y su coño se contraía visiblemente, soltando más jugos.

Cuando por fin empezó a calmarse, quedó tendida sobre el escritorio, respirando agitada, con el cuerpo sudoroso y las piernas débiles.

Don Roberto se acercó un poco más, pasando la cabeza de su verga por los labios hinchados de su coño, provocándola. Admiró unos segundos más cómo Laura aún temblaba por el intenso orgasmo. Sin darle tiempo a recuperarse del todo, la agarró con fuerza de las caderas, la levantó del escritorio y la tiró al piso boca arriba sobre la alfombra.


Laura soltó un gemido de sorpresa al caer.


— Tú ya te corriste dos veces, jefa… —dijo él con voz ronca y cargada de deseo, mientras se colocaba encima de ella—. Pero yo todavía no. Ahora me toca a mí.


Se montó sobre Laura, quedando los dos abrazados en el suelo. Sus cuerpos sudorosos se pegaron. Se miraron fijamente a los ojos por un momento. Laura, todavía vulnerable y sensible por el orgasmo, lo tomó del rostro con ambas manos y lo besó profundamente, sin importarle el olor fuerte a hombre maduro de su boca.


Don Roberto correspondió el beso con pasión, metiendo su lengua con hambre. Luego bajó por su cuello, besándolo y chupándolo con intensidad, dejando marcas rojas. Siguió bajando hasta sus pechos, los besó, los lamió y chupó con avidez mientras con una mano apartaba de nuevo la tela del body lila para dejar su vagina expuesta.


Acomodó la cabeza gruesa de su verga en la entrada aún palpitante de Laura y la penetró lentamente, centímetro a centímetro, hasta enterrarse completamente.


—Ahhh… —gimió Laura largo y profundo, sintiéndose llena otra vez.


Instintivamente, envolvió las piernas alrededor de la cintura del conserje, apretándolo fuerte contra su cuerpo, como si no quisiera que se escapara nunca.


Don Roberto empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, saboreando cada sensación. Poco a poco fue aumentando el ritmo, follándola con más fuerza.


— No pares… —suplicó Laura entre gemidos—. Por favor no pares…


— No pienso parar —gruñó él contra su cuello, besándola y mordiéndola—. Voy a follarte hasta que quede completamente satisfecha, mi jefa… hasta que no puedas más.


Aceleró el ritmo, penetrándola cada vez más rápido y fuerte. Mientras lo hacía, la besaba en la boca, en el cuello, en los pechos, en los hombros… en todo lo que estuviera a su alcance. Sus manos recorrían su cuerpo con posesión, apretando sus nalgas, sus pechos y su cintura.


Laura gemía alto con cada embestida, abrazándolo con brazos y piernas, completamente entregada debajo del conserje.


— ¡Sí… así…! ¡Más duro…! —gritaba ella, perdida en el placer.


Don Roberto seguía follándola con pasión salvaje en el piso de la oficina, besándola y poseyéndola como si quisiera marcarla para siempre.

La follaba con furia animal, embistiéndola con fuerza salvaje mientras la tenía aplastada contra el suelo. Cada golpe era profundo y brutal, haciendo temblar el cuerpo de Laura.


— ¡Ahhh… sí! ¡Fóllame más duro, maldito! —gritaba Laura sin control—. ¡Parteme el coño! ¡Más fuerte, carajo!


— ¡Así te gusta, zorra! —rugía él, sudando y jadeando—. ¡Mira cómo te estoy destrozando! ¡Dime otra vez quién es tu macho!


Laura, completamente ida de placer, gritó entre gemidos:


— ¡Tú eres mi macho! ¡Eres mi semental! ¡El único que me hace sentir tan perra…! ¡Ahhh… nadie me coge como tú!


Al escuchar esas palabras, Don Roberto sintió que su verga palpitaba violentamente. Ya no podía más.


— ¡Me voy a correr…! —gruñó con la voz ronca.


— ¡Sí! ¡Córrete! —suplicó Laura con entusiasmo, mirándolo con ojos llenos de lujuria—. ¡Quiero toda tu leche… dámela!


— ¡Tus deseos son órdenes, puta!


Don Roberto aumentó la velocidad a un ritmo frenético, abrazándola con más fuerza contra su cuerpo mientras la penetraba con todo lo que tenía. Laura gritaba de placer y clavaba las uñas profundamente en su espalda.


— ¡Sííí… así…! ¡No pares!


Después de unas últimas embestidas para terminar de estimularse la verga, sintió que ya su tiempo habia acabado cuando el semen le llegó hasta la punta. Instintivamente (pensando en menos de un segundo qué no puede correrse dentro), Don Roberto sintió que ya no podía contenerse más, sacó su verga de golpe y se colocó sobre ella.


— ¡Me vengo…!


Cinco chorros gruesos y potentes de semen caliente salieron disparados con fuerza, cayendo sobre el abdomen de Laura y sobre la tela lila del body. Chorros espesos, blancos y abundantes cubrieron su piel y el encaje, algunos llegando hasta sus pechos.


— ¡Aaaahhh…! —gruñó Don Roberto con un orgasmo tan intenso que por unos segundos se le nubló la mente. Su cuerpo se tensó completamente mientras vaciaba todo su semen sobre ella.


Laura gemía bajito, observando con atención cómo los chorros calientes caían sobre su cuerpo, sintiendo el calor del semen en su piel.


Cuando por fin terminó, Don Roberto se dejó caer exhausto al lado de Laura en el piso, respirando con dificultad, completamente drenado.

Los dos quedaron tendidos uno al lado del otro, jadeando, sudorosos y tratando de recuperar el aliento. El semen del conserje brillaba sobre el abdomen y el body de Laura.


Poco a poco, la calentura fue bajando. Laura seguía tirada en el piso, respirando agitada, con el cuerpo sudoroso y el semen de Don Roberto esparcido sobre su abdomen y el body lila. La realidad empezó a golpearla de nuevo.

La culpa llegó como una ola fría. Acababa de mentirle a su marido, había abandonado una cena romántica con él y se había dejado follar salvajemente por segunda noche consecutiva por el conserje de la empresa. Se sintió sucia, infiel y avergonzada.

Pero entonces giró la cabeza y miró a Don Roberto.

El hombre estaba tirado a su lado, jadeando fuertemente, con el pecho velludo subiendo y bajando con dificultad. Su barriga prominente brillaba de sudor y su rostro mostraba un cansancio profundo. El había puesto toda su energía, toda su fuerza y toda su lujuria reprimida en complacerla. Por un momento, Laura sintió un extraño cariño hacia él y aprecio por lo que hizo.


Don Roberto, ya más recuperado, giró la cabeza y la miró. Después de unos segundos de silencio, se atrevió a preguntar con voz suave:


—Laura… ¿por qué regresaste esta noche? Y ese body tan sexy que traes… no creo que te lo hayas puesto para mí, ¿verdad?


Laura dudó un momento. Se mordió el labio, pero finalmente decidió ser sincera. Le contó todo: los problemas que tenía con Carlos, cómo su vida sexual se había vuelto casi inexistente, la cena de esa noche, el rechazo de su marido y cómo el mensaje de Don Roberto había sido la gota que derramó el vaso.


Don Roberto la escuchó con atención. Cuando ella terminó, suspiró y le habló con honestidad:


—Te entiendo más de lo que crees. Mi mujer… ya casi ni me mira. Dice que estoy viejo, y ella ya no me provoco nada. Llevamos años sin tener sexo. Yo también cargo con mucha lujuria reprimida. Por eso cuando te vi… no pude controlarme. Me volviste loco.


Ambos se quedaron en silencio, mirándose. Por primera vez no había solo deseo, también había una extraña comprensión mutua.


Don Roberto le acarició suavemente el brazo y le dijo:


—No tienes que aguantar eso, Laura. Eres una mujer joven, hermosa y con mucho deseo. Si tu marido no te da lo que necesitas… yo sí puedo dártelo. Cuando quieras, como quieras. Solo tienes que pedírmelo.


Laura se quedó pensando unos segundos y aceptó que ella era una mujer joven, que a su edad su cuerpo le exigía sexo para senrirse plena y feliz, pero su marido no le podia dar eso. Luego, con voz baja pero clara, respondió:


—Tienes razón… No puedo seguir así. Acepto. Vamos a seguir viéndonos… de vez en cuando.


Don Roberto sonrió con una mezcla de alegría y alivio. Se acercó y le dio un beso suave en los labios.


Los dos se quedaron un rato más en el piso, recuperando fuerzas, conscientes de que acababan de cruzar una línea de la que ya no podrían volver atrás.


Después de unos minutos recuperando el aliento, ambos se levantaron del piso con una extraña sensación de satisfacción y complicidad. Don Roberto tenía una sonrisa cansada pero feliz. Laura, aunque aún sentía algo de culpa, también se sentía extrañamente contenta.


Al intentar recoger su vestido del suelo, Laura se dio cuenta del desastre: estaba completamente roto, desgarrado por varios lados y totalmente inservible.



—Mierda… —murmuró.


Don Roberto se acercó, se quitó su camisa del uniforme y se la entregó.


—Toma, ponte esto por ahora. Yo tengo otra en mi cuarto de mantenimiento.


Laura se puso la camisa gris del conserje, que le quedaba grande y le llegaba hasta la mitad de los muslos. Olía a él. Mientras tanto, Don Roberto fue a su pequeño cuarto de limpieza y regresó con otra camisa.


Ambos sabían que ya eran más de las dos de la mañana.


Se miraron en silencio por un momento. Ninguno de los dos sabía muy bien qué decir. Finalmente, Laura habló primero:


—Esto… tiene que quedar entre nosotros. Nadie puede saberlo.


—Descuida —respondió él con suavidad—. No diré nada.


Se despidieron con un beso corto pero cargado de significado. Laura salió primero del edificio. Don Roberto apagó las luces restantes y cerró todo.


Mientras conducía de regreso a casa, Don Roberto sabía perfectamente lo que le esperaba: Marta furiosa, reproches y posiblemente una pelea. Pero no le importaba en absoluto. Sonreía solo pensando en todo lo que había vivido esa noche.


Laura llegó a su casa cerca de las 2:40 de la mañana. Al subir a la habitación encontró a Carlos profundamente dormido, en pijama como si nada. Ni siquiera la había esperado despierto. No había mensajes ni llamadas perdidas. Nada.

Sintió una punzada fuerte en el pecho. Esa indiferencia le dolió más que nunca. En ese momento entendió con claridad que Carlos ya no era el hombre que ella necesitaba. No era el que podía satisfacerla, ni emocional ni físicamente. El que sí podía hacerlo era Don Roberto.


Se quitó la camisa del conserje, la metió en una bolsa de basura negra y la escondió en el fondo del bote de basura para no dejar ninguna evidencia. Luego se duchó con agua caliente durante casi veinte minutos, intentando borrar los rastros de la noche.


Finalmente, se puso un pijama y se metió en la cama junto a Carlos. Aunque ahora le resultaba incómodo incluso dormir a su lado, lo hizo. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, con la mente llena de imágenes de Don Roberto follándola sin piedad.


Sabía que todo había cambiado.


Y que probablemente ya no podría detenerlo.

Comentarios

  1. Que buena continuación, ojalá sean muchas historias así

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  2. Como conseguir tus relatos, es posible conseguirlo en papel, o en digital.

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  3. Está bien chido cuando la tercera parte un anal estaría chido jajajaja algo que descubra nuevo la jefa

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