LA JEFA LAURA 3 - MIGUEL, EL JOVEN EMPLEADO NUEVO

Laura abrió los ojos aquella mañana con una sensación extraña y placentera recorriendo su cuerpo. Todavía podía sentir en su piel los rastros de la noche anterior: las manos fuertes del conserje, sus embestidas profundas y el placer intenso que la había hecho gritar. Una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios.

Sabía que estaba mal. Muy mal. Estaba casada, había traicionado a Carlos dos veces y ahora incluso habían acordado seguir viéndose. Pero por primera vez en mucho tiempo se sentía viva, deseada y plena. Decidió, al menos por ahora, no pensar en la culpa y priorizar su propia felicidad.


Se levantó de la cama con energía, se puso una bata ligera y fue a la cocina. Preparó el desayuno favorito de Carlos: huevos revueltos, tocino, café recién hecho y jugo de naranja. Cuando él apareció en la cocina, aún medio dormido, se sorprendió al verla tan radiante.


—Buenos días, amor —dijo Carlos, sonriendo—. Te ves… muy alegre hoy. ¿Pasó algo bueno?


Laura se acercó y le dio un beso suave en los labios.


—Nada especial. Solo desperté con buen humor —respondió ella con una sonrisa—. Quería consentirte un poco.


Charlaron tranquilamente mientras desayunaban. Carlos se veía contento de verla así. Se despidieron con un beso en la puerta y cada uno se fue a su trabajo.






Mientras tanto, en una casa modesta de las afueras, la mañana de Don Roberto era completamente diferente.

Había dormido en el sofá porque llegó pasadas las tres de la mañana. Su esposa Marta le había gritado:


— ¡Apestas a perfume barato de zorra! ¿Dónde carajos estabas, viejo desgraciado?


La pelea fue fuerte. Marta lo insultó, lo acusó de tener una amante y le tiró una almohada. Don Roberto apenas se defendió. Solo se quedó callado, con una sonrisa interna que su mujer no podía ver.


“Si supieras…”, pensó.


Por la mañana volvieron a discutir mientras él se preparaba. Marta le reclamaba todo: el dinero, las horas extras, el olor que aún percibía en su ropa.


— ¡Ya cállate, mujer! —dijo él finalmente, sin levantar mucho la voz—. Tengo que ir a trabajar.


Salió de la casa sin desayunar, pero con una extraña calma. Ni los gritos de Marta, ni las amenazas de echarlo de la casa le importaban. En su mente solo estaba Laura. Su cuerpo, sus gemidos, su entrega.

“Ya es mía”, pensó mientras caminaba hacia la parada del autobús. “Y voy a volver a tenerla.”

........

Por otra parte...

Miguel tenía solo 21 años y llevaba dos meses trabajando en la empresa como auxiliar de contabilidad. Era un chico muy flaco, de complexión delicada, cabello negro bien peinado y gafas de montura fina. Tímido, reservado y poco sociable, casi siempre estaba con la cabeza baja y hablando lo mínimo necesario.

Desde el primer día que vio a Laura, se enamoró perdidamente de ella. La consideraba la mujer más hermosa y elegante que había conocido. Soñaba con ella en silencio, la observaba desde lejos y guardaba cada sonrisa o saludo que ella le daba como un tesoro.

Esa mañana, al llegar a su cubículo, Miguel se quedó congelado. Su escritorio estaba ligeramente desordenado: algunos papeles movidos de lugar, un lápiz tirado en el suelo y, lo más extraño, un trapeador olvidado en una esquina de su oficina. Recordó inmediatamente aquella noche: había visto a Laura salir de su oficina con el cabello revuelto, el vestido mal acomodado y la cara sonrojada. Minutos después vio al conserje salir del mismo lugar.

Miguel sintió un nudo en el estómago. No quería pensar mal de Laura… ella era perfecta en su mente. Pero las dudas ya estaban ahí.

Durante toda la mañana intentó concentrarse en sus tareas, pero no podía dejar de mirar hacia la oficina de Laura. Cada vez que la veía caminar por el pasillo o hablar con alguien, su corazón latía más rápido.




“Ella no haría algo así…”, se repetía. “Laura es demasiado buena para andar con un viejo como el conserje…”

Sin embargo, la curiosidad y los celos empezaron a carcomerlo. Decidió empezar a observarla con más atención. Cada vez que podía, fingía ir al archivo o al baño solo para pasar cerca de su oficina. Quería entender qué estaba pasando.

Y aunque aún no tenía pruebas concretas, algo dentro de él le decía que las cosas no eran lo que parecían.

Cuando Laura hablaba con el conserje, Miguel los observaba desde lejos, escondido detrás de un muro o desde su cubículo.

Sin embargo, no veía nada extraño. Laura y Don Roberto habían acordado disimular perfectamente. Durante el día solo cruzaban palabras estrictamente laborales: “Roberto, limpia el pasillo”, “Sí, Doña Laura”, “Revisa los baños del segundo piso”. Nada de miradas prolongadas, nada de roces. Actuaban con tanta naturalidad que cualquiera pensaría que no había nada entre ellos.

Día tras día, Miguel los vigilaba. Y día tras día no encontraba nada sospechoso. Poco a poco, la culpa empezó a pesarle. Se sentía mal por dudar de Laura.

Esa noche, acostado en su cama, mirando el techo, Miguel tomó una decisión:


“No pasa nada… Laura es una buena mujer. Es imposible que ella tenga algo con ese viejo. Solo estoy imaginando cosas porque estoy celoso. Ella es demasiado perfecta para eso.”

Sonrió con ternura al recordar su sonrisa, su forma de caminar, su voz. Se durmió pensando en lo hermosa y buena persona que era Laura.


Mientras tanto, en la oficina vacía, a la misma hora de la noche…


Laura estaba inclinada sobre su escritorio, con el vestido subido hasta la cintura. Don Roberto la follaba con fuerza desde atrás, sujetándola de las caderas y embistiéndola con embestidas profundas y brutales.


— ¡Ahhh… sí! ¡Más duro! —gemía Laura, mordiéndose el labio para no gritar demasiado fuerte.


— ¡Toma, mi puta! —gruñía el conserje, dándole una nalgada sonora—. Este coño ya es mío…


Ninguno de los dos imaginaba que, a solo unos kilómetros de distancia, un joven enamorado acababa de decidir dejar de sospechar de ellos.


Esa noche Laura terminó bien cogida.


Don Roberto la folló con fuerza salvaje sobre su propio escritorio, en el piso y contra la pared. Laura gimió, gritó y se corrió dos veces más antes de que él terminara derramándose sobre sus pechos y abdomen. Salieron de la oficina pasadas las once de la noche, exhaustos y satisfechos.

Al llegar a su casa, como era costumbre, Carlos ya estaba dormido en el sofá. Ni siquiera la esperó despierto. Laura lo miró con una mezcla de tristeza y resignación, se duchó y se acostó a su lado sin despertarlo.

Mientras tanto, Don Roberto llegó a su casa casi a la una de la mañana. Su esposa lo recibió con gritos y reclamos:


— ¡Otra vez tarde! ¡Apestas a sudor y a perfume barato! ¿Dónde carajos estabas, viejo sinvergüenza?


Don Roberto apenas contestó. Se dejó caer en el sofá sin cenar. No le importaba. En su mente solo estaba Laura: su cuerpo, sus gemidos y la promesa de volver a tenerla.


Al día siguiente, Miguel decidió acercarse más a Laura. Quería estar cerca de ella, ayudarla en todo lo posible y demostrarle que era digno de su atención. Cada vez que ella pedía algo, él se ofrecía de inmediato:


—Doña Laura, yo imprimo eso.  

—Doña Laura, yo llevo esos documentos.  

—Doña Laura, ¿necesita que ordene algo?


Laura lo notaba más atento, pero no le daba mayor importancia. Para ella, Miguel era solo un empleado joven y servicial.

Ese día, Laura había elegido un vestido burdeos ajustado y semitransparente que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. El escote era pronunciado y, debajo, no llevaba sostén. Sus pechos se marcaban claramente con cada movimiento, y la tela fina dejaba entrever sus curvas de forma provocativa.




Miguel se quedó hipnotizado cuando la vio pasar. Se excitó al instante. Su mente empezó a volar:


“Se vistió así para mí… seguro se puso ese vestido pensando en mí…”


Pasó el día observándola disimuladamente mientras ella hacía su rutina: imprimía documentos, hablaba por teléfono, caminaba por los pasillos. Cada vez que Laura se inclinaba sobre la impresora o se agachaba ligeramente, Miguel sentía que se le secaba la boca. Su imaginación corría desbocada, convencido de que Laura se había arreglado especialmente para él.




Mientras tanto, Laura solo pensaba en una cosa: encontrar un momento para volver a verse con el conserje.


Esa misma noche, Miguel salió del edificio alrededor de las 8:40 pm, cabizbajo y con la cabeza llena de pensamientos sobre Laura. Había pasado todo el día observándola, excitado y enamorado, convencido de que ese vestido burdeos tan provocativo era para él.

A mitad de camino hacia la parada del autobús se dio cuenta de que había olvidado las llaves de su casa en el cajón de su escritorio. Maldiciendo en voz baja, regresó al edificio.

Al entrar al pasillo principal, escuchó algo extraño. Un gemido ahogado. Se detuvo. El sonido se intensificó: otro gemido, más fuerte, claramente femenino. Venía del fondo del pasillo… de la oficina de Laura.

Miguel sintió que se le cerraba el pecho. “No… no puede ser”, pensó. Su corazón empezó a latir con fuerza. No quería creerlo, pero algo lo empujó a seguir avanzando. Caminó lentamente, casi de puntillas, acercándose a la puerta entreabierta de la oficina de Laura.

Los gemidos eran ahora claros y constantes. Se escuchaba también el sonido rítmico y húmedo de cuerpos chocando.

Con las manos temblorosas, Miguel empujó suavemente la puerta y miró dentro.

Lo que vio lo destruyó por completo.

Laura estaba inclinada sobre su escritorio, con el vestido burdeos subido hasta la cintura y los pechos aplastados contra la madera. Detrás de ella, Don Roberto la penetraba con fuerza brutal, sujetándola de las caderas y embistiéndola sin piedad. El sonido de sus cuerpos chocando era fuerte y obsceno.

Laura gemía con la cara contra el escritorio, completamente entregada.

Miguel sintió que el mundo se le venía abajo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Cerró la puerta lo más silenciosamente que pudo, corrió a su cubículo, agarró las llaves y salió del edificio casi corriendo.

Lloró todo el camino a casa. El chico tímido y enamorado que había idealizado a Laura durante meses acababa de ver cómo la mujer de sus sueños era follada salvajemente por el viejo conserje.

Su corazón estaba hecho pedazos.


Minutos antes de que Miguel saliera del edificio, dentro de la oficina de Laura el ambiente era puro fuego.

Don Roberto la tenía inclinada sobre el escritorio, follándola con fuerza desde atrás. Laura gemía con la cara apoyada contra la madera.


De pronto, Laura escuchó un ruido de pasos en el pasillo. Se tensó inmediatamente.


— ¡Espera! —susurró alarmada—. Escuché pasos…


Don Roberto, jadeando y sin querer parar, siguió embistiéndola un par de veces más.


— No es nada… —gruñó—. Solo es el edificio viejo. Sigue…


— ¡No! —insistió Laura, empujándolo con preocupación—. Para, por favor. Voy a revisar.


El conserje soltó un bufido de frustración, pero se detuvo. Sacó su verga de ella con un sonido húmedo. Laura se acomodó rápidamente el vestido, se pasó los dedos por el cabello y salió de la oficina con cautela, caminando de puntillas y mirando hacia todos lados.

Revisó algunos cubículos cercanos, asomándose con el corazón latiéndole fuerte. Todo estaba en silencio y oscuro. No había nadie.

Más tranquila, regresó a su oficina, cerró la puerta detrás de ella y echó el seguro.

Don Roberto la esperaba de pie, con la verga aún dura y una sonrisa lobuna.


— ¿Ves? No había nadie —dijo con voz ronca.


Sin darle tiempo a responder, la tomó de la cintura, la empujó contra el escritorio y volvió a subirle el vestido penetrandola de un solo empujón fuerte.


— ¡Ahhh…! —gimió Laura, agarrándose al borde del escritorio.


Don Roberto empezó a follársela de nuevo con fuerza, sujetándola de las caderas.


— Ahora sí… donde nos quedamos —gruñó—. Nadie nos va a interrumpir...

.....

Miguel llegó a su casa destruido.


No saludó a su mamá ni a su hermana menor que estaban en la sala viendo televisión. Pasó directo a su habitación, cerró la puerta con llave y se tiró en la cama sin cambiarse de ropa, sin cenar, sin decir una sola palabra.

Las imágenes no dejaban de repetirse en su cabeza: Laura inclinada sobre el escritorio, gimiendo, mientras el viejo conserje la follaba con fuerza desde atrás. Sus pechos aplastados contra la madera, su vestido subido, el sonido de sus cuerpos chocando.

Miguel se tapó la cara con la almohada y empezó a llorar en silencio. Lágrimas calientes le corrían por las mejillas. Se imaginaba a Laura en ese preciso momento, cabalgando al viejo feo, gimiendo su nombre, entregándose a él como una puta.


— ¿Por qué él…? —sollozó bajito, apretando la almohada—. ¿Por qué con ese viejo asqueroso y no conmigo…?


Lloró durante casi media hora, sintiéndose humillado, traicionado y terriblemente celoso. Pero entre el dolor, algo oscuro empezó a nacer dentro de él: rabia, obsesión y un deseo enfermizo.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se sentó en la cama. Su mirada cambió.

“Si ella se abre de piernas para ese viejo… también puede hacerlo para mí”, pensó.


Se armó de valor y empezó a imaginar todas las formas posibles en las que podría tenerla: chantajeándola con lo que vio, seduciéndola poco a poco, aprovechando un momento a solas en la oficina, incluso forzando una situación.

Durante casi una hora fantaseó con diferentes escenarios, cada uno más detallado que el anterior. Pero al final, la realidad lo golpeó.

“Es imposible…”, se dijo con amargura. “Ella nunca me va a mirar. Soy solo el chico flaco y tímido de contabilidad. Nunca pasará.”

Se acostó de nuevo, exhausto y con el corazón hecho pedazos, sin imaginar que en solo dos días su fantasía más oscura y prohibida estaría a punto de hacerse realidad.


Al día siguiente, Miguel tenía día libre. Se quedó toda la mañana encerrado en su habitación, tumbado en la cama, sin ganas de nada. Su madre tocó varias veces insistiendo en que saliera a desayunar, pero él apenas respondía. No tenía apetito. Las imágenes de la noche anterior seguían torturándolo.

Cerca de las 12 del mediodía, finalmente salió de su cuarto. Su mamá lo miró con preocupación.


—¿Qué te pasa, mijo? Llevas toda la mañana encerrado. ¿Estás enfermo?


—Solo tuve un día difícil ayer en el trabajo —murmuró Miguel, evitando mirarla—. No es nada.


Comió un poco de arroz y frijoles sin ganas, solo para que su mamá lo dejara en paz. Después decidió salir a caminar para despejarse.

Iba por las calles del centro, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, cuando a lo lejos vio una figura que reconoció al instante.


Era Laura.


Llevaba un crop top rosa ajustado de manga larga con botones al frente que apenas contenía sus pechos generosos, dejando al descubierto su abdomen plano y tonificado. Combinado con unos jeans azules ajustados y rotos en las rodillas que marcaban perfectamente sus caderas y piernas. El cabello rubio suelto le caía en ondas suaves sobre los hombros, y caminaba con esa elegancia natural que tanto lo había enamorado.












Miguel sintió que el corazón le daba un vuelco. Sin pensarlo dos veces, empezó a seguirla a una distancia prudente, ocultándose entre la gente y con la capucha de su sueter puesta. No sabía por qué lo hacía, solo necesitaba verla.





Después de varios minutos, se armó de valor. Aceleró el paso y se acercó a ella encontrandose ambos de frente.



— ¿Doña Laura? —dijo con voz tímida.


Laura lo vió, sorprendida. Al verlo, sonrió con amabilidad.


— ¡Miguel! ¿Qué haces por aquí?


Él se sonrojó ligeramente.


—Solo… salí a caminar. ¿Y usted?


—También necesitaba despejarme un poco —respondió ella con una sonrisa educada—. ¿Todo bien?


Miguel asintió, pero por dentro sentía un torbellino. Verla tan hermosa, tan cercana, después de lo que había presenciado la noche anterior, le removía todo.


Miguel y Laura comenzaron a caminar juntos por la acera. El sol del mediodía les daba de frente.


—¿Y tú qué haces por aquí? —preguntó Laura con naturalidad.


—Salí a caminar para despejarme un poco —respondió Miguel, algo nervioso—. ¿Y usted?


—Voy hacia la plaza comercial —dijo ella sonriendo—. Necesito comprar algunas cosas. ¿Y tú a dónde ibas?


Miguel se encogió de hombros, sin poder evitar mirarla de reojo. El crop top rosa se ajustaba perfectamente a sus pechos, y los jeans azules rotos marcaban sus caderas y piernas de una forma que lo tenía hipnotizado.


—Pues… a ningún lado en particular —admitió—. Si quieres, puedo acompañarte a la plaza. No me molesta.


Laura lo pensó un segundo y sonrió con amabilidad.


—Claro, ¿por qué no? Eres muy amable, Miguel.


Caminaron juntos hacia la plaza comercial. Miguel no podía dejar de admirarla. Cada paso que daba Laura, el movimiento de sus caderas en esos jeans ajustados, el escote sutil del top rosa… todo lo tenía embobado. Intentaba disimular, pero su corazón latía con fuerza.



Al llegar a la plaza, caminaron un rato por los pasillos amplios, conversando de cosas triviales del trabajo. Laura se sentía cómoda con él; lo veía como un chico amable, tímido y noble.

En un momento, Laura señaló una tienda de ropa.


—Voy a pasar aquí un rato a ver algunas prendas. ¿Me esperas o tienes que irte?


—Te espero sin problema —respondió Miguel rápidamente, con una sonrisa tímida.


Laura entró a la tienda y Miguel se quedó afuera, sentado en un banco cercano, pero sin perderla de vista. Mientras ella revisaba ropa, él no podía dejar de pensar en lo hermosa que se veía y en lo mucho que la deseaba.

Desde allí podía ver claramente a Laura caminando entre los percheros. Ella tomaba algunas prendas, las observaba con atención y las volvía a colocar. Su forma de moverse, el balanceo sutil de sus caderas en esos jeans ajustados y la forma en que el crop top rosa se ceñía a sus pechos lo tenían completamente hipnotizado.




De pronto, Laura tomó un vestido corto negro del perchero, lo miró con una sonrisa y se dirigió hacia los probadores. Miguel sintió que se le secaba la boca. Su imaginación voló: Laura desnudándose completamente para probarse ese vestido, su cuerpo desnudo reflejado en el espejo…


Los pensamientos intrusivos lo invadieron. “¿Y si me acerco? ¿Y si veo aunque sea un poco…?”

Tímidamente, se levantó y entró a la tienda. Caminó con disimulo hacia la zona de probadores. Había una pared que separaba el área de hombres a la derecha y el de mujeres a la izquierda. Se asomó con cuidado desde la entrada y vio, en el probador número 4, un par de tacones que reconoció inmediatamente: eran los de Laura.

El corazón le latía con fuerza. Se quedó allí parado varios minutos, debatiéndose. Sabía que estaba mal. Sabía que era una invasión. Pero la tentación era demasiado grande.

En ese momento, una señora que vigilaba los probadores se distrajo por un altercado con una muchacha que parecía sospechosa de robo. Miguel aprovechó el momento. Con el pulso acelerado, entró rápidamente al área de probadores de mujeres y se acercó sigilosamente al cubículo número 4.


Miguel, con el corazón latiéndole a mil por hora, entró al cubículo de al lado, el número 3. Cerró la cortina con manos temblorosas y se subió al banquito con mucho miedo de hacer ruido. Se puso de puntillas y asomó lentamente la cabeza por encima del separador.

Lo que vio lo dejó sin aliento.

Laura estaba de espaldas a él, solo con un sostén negro de encaje y un tanga a juego. Su figura era espectacular: la cintura estrecha, las caderas anchas y el culo redondo y firme. Se estaba mirando en el espejo, girando el cuerpo y tanteando el vestido negro que había elegido, sin ponérselo todavía. En realidad, lo había escogido para sorprender al conserje en su próximo encuentro.

Miguel se puso completamente duro al instante. Su verga palpitaba dentro del pantalón. No podía creer lo que estaba viendo. Con la respiración agitada, se frotó lentamente por encima de la tela, sin poder apartar la mirada.

Laura levantó el vestido para probárselo. En ese preciso momento, Miguel, nervioso, no pudo evitar toser.

Laura se giró bruscamente hacia arriba y lo descubrió.

Por un segundo sus ojos se encontraron. Miguel se asustó tanto que se bajó del banquito de golpe, tropezando. Salió corriendo del cubículo, intentando huir.

Pero ya era tarde.

Laura salió rápidamente de su probador, todavía en sostén y tanga, y lo agarró del brazo con fuerza, metiéndolo de nuevo al cubículo de ella y cerrando la cortina detrás de ambos.


— ¡Miguel! —susurró ella con voz entre sorprendida y enfadada, cubriéndose el pecho con un brazo—. ¿Qué demonios haces aquí?


Miguel estaba rojo como un tomate, temblando, con la verga aún marcada en el pantalón y sin saber qué decir. Estaba completamente pálido y temblando dentro del probador. No podía articular palabra. Solo balbuceaba sonidos incoherentes, con la mirada baja y la cara ardiendo de vergüenza.

Laura, todavía en sostén y tanga, lo miró con furia mientras se ponía rápidamente la blusa y los jeans.


— ¿Qué demonios hacías ahí, Miguel? —le reclamó en voz baja pero cortante, tratando de no levantar la voz para no armar un escándalo en la tienda—. ¿Me estabas espiando? ¡Esto es inaceptable!


Lo había metido al probador con ella precisamente para evitar que alguien los viera y se formara un problema público.

Miguel, aún muy nervioso y excitado por haberla visto casi desnuda y ahora vistiéndose frente a él, tragó saliva con dificultad. Las palabras le salieron casi sin control:


—Doña Laura… yo… usted me gusta… Desde que entré a trabajar estoy enamorado de usted. Es la mujer más hermosa que he visto… No quería hacer nada malo, solo… solo no pude evitarlo.


Laura terminó de abotonarse los jeans y lo miró con una mezcla de enojo y lástima.


—Miguel, tú eres un niño —le dijo con firmeza—. Apenas tienes 21 años y yo soy tu jefa. Esto que acabas de hacer es grave. No puedes andar espiando a la gente en los probadores. Me da igual lo que sientas, eso no justifica nada. ¿Entiendes?

Miguel bajó la cabeza, avergonzado, con los ojos brillosos. Laura suspiró, aún molesta pero tratando de controlarse.


—Ahora sal de aquí antes de que alguien nos vea. Y espero que esto no vuelva a pasar nunca.


Miguel, aún temblando dentro del probador, reunió todo el valor que le quedaba. Miró a Laura a los ojos y soltó lo que llevaba guardado desde anoche:


—Anoche… yo te vi, Doña Laura. Te vi inclinada sobre tu escritorio mientras el conserje te cogía como una perra. Lo vi todo.


Laura se quedó congelada. El color se le fue del rostro y sintió que el mundo se le venía encima.


— ¿Qué estás diciendo? —respondió nerviosa, tratando de mantener la compostura—. Tú viste mal, Miguel. Eso no es cierto…


Miguel la miró con rabia contenida.


—Sé exactamente lo que vi. Tú gemías mientras ese viejo te partía el coño. Eres una puta, Laura.


La palabra “puta” le cayó como una bofetada. Laura, impulsada por el pánico y la ira, le dio una cachetada fuerte en la mejilla.

Miguel se quedó quieto, tocándose la cara. Su expresión cambió. Ya no era el chico tímido. La humillación lo llenó de rabia.


— Ya no voy a permitir más humillaciones —dijo con voz temblorosa pero decidida—. Voy a contarle a todos lo que vi. A tu esposo, a la empresa, a quien sea necesario.


Laura palideció.


— Nadie te va a creer, Miguel. Es tu palabra contra la mía.


Miguel sonrió con amargura y mintió con frialdad:


— Tengo pruebas. Grabé un video esa noche. Si quieres que lo borre… tendrás que pasar una noche conmigo.


Laura se quedó en silencio. No sabía si era verdad o mentira, pero el riesgo era demasiado alto. Su trabajo, su matrimonio, su reputación… todo estaba en juego.


Tragó saliva, con la voz quebrada:


— Por favor… no lo hagas.


Miguel la miró fijamente, con una mezcla de deseo, resentimiento y triunfo.


— Entonces… una noche. Solo una noche conmigo y borro todo.


Laura se quedó mirando a Miguel durante varios segundos eternos. El probador se sentía demasiado pequeño, el aire pesado. Su mente corría a mil por hora: el riesgo de que Miguel realmente tuviera un video, la posibilidad de que todo su mundo se derrumbara, su matrimonio, su trabajo, su reputación… Todo pendía de un hilo por culpa de ese chico tímido que ahora la miraba con una mezcla de deseo y triunfo.

Tragó saliva con dificultad. Su voz salió baja, casi rota:


—Está bien… Acepto pasar una noche contigo. Pero no hoy. Mañana. Necesito tiempo para… procesar todo esto. - Dijo Laura tratando de ganar tiempo para intentar encontrar otra salida.


Miguel parpadeó, sorprendido de que realmente hubiera aceptado. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de euforia, nervios y miedo. Asintió varias veces, todavía temblando.


—Está bien… Mañana entonces.


Sin decir nada más, Miguel abrió ligeramente la cortina del probador, miró hacia ambos lados para asegurarse de que nadie lo viera salir del área de mujeres, y salió rápidamente, caminando con la cabeza baja y el paso apresurado, intentando disimular. Aún no podía creer lo que acababa de pasar. Acababa de chantajear a la mujer de sus sueños. Estaba aterrado y excitado al mismo tiempo.

Laura se quedó sola en el probador. Ya ni siquiera tenía ganas de probarse el vestido. El cuerpo todavía temblando por la adrenalina. Se miró en el espejo: el rostro sonrojado, los ojos brillantes por las lágrimas contenidas. La habían descubierto. La estaban chantajeando. Y lo peor era que no sabía si Miguel realmente tenía pruebas o solo estaba bluffeando.

Salió del probador con la cabeza baja, pagó rápidamente lo que llevaba en la mano sin siquiera probarse nada y abandonó la tienda. Caminaba pensativa por la plaza comercial, con la mente hecha un torbellino. ¿Cómo había llegado a esto? Primero el conserje, ahora Miguel… Su vida perfecta se estaba desmoronando y ella parecía incapaz de detenerlo.


Al día siguiente, Laura llegó a la oficina con un vestido gris de manga larga, ajustado y elegante que se ceñía perfectamente a su figura. Se pegaba a sus pechos, y la falda le llegaba justo por encima de las rodillas, resaltando sus piernas. Se veía profesional, hermosa y con esa aura de jefa intocable que siempre tenía… pero por dentro estaba hecha un nudo de nervios.




Hizo su rutina normal: revisó reportes, contestó correos, dio indicaciones al equipo. Sin embargo, cada vez que levantaba la vista, veía a Miguel a lo lejos. El chico estaba extrañamente contento, sonriendo solo, trabajando con más energía de la habitual. Cada vez que sus miradas se cruzaban, Miguel bajaba la vista rápidamente, pero Laura notaba la excitación y la expectativa en sus ojos. Eso la ponía aún más nerviosa.


En un momento de la mañana, mientras caminaba por el pasillo, se encontró con Don Roberto. El conserje la miró con esa hambre contenida que ya conocía muy bien.


—Doña Laura… —murmuró en voz baja cuando nadie los veía—. ¿Estás lista para esta noche?


Laura lo miró con seriedad y negó con la cabeza.


—Esta noche no habrá nada —dijo con firmeza pero en voz baja—. Tengo una cena muy importante con mi esposo y no puedo faltar. Si no voy, va a empezar a sospechar.


Don Roberto se puso visiblemente triste, casi como un niño al que le quitan un juguete.


—¿Por qué? —preguntó con tono decepcionado.


Laura mintió con naturalidad:


—Porque si no voy, Carlos va a comenzar a hacer preguntas. Además, tú también deberías tomarte el resto del día libre. Así tu esposa no sospechará nada si llegas temprano. Es mejor que no nos veamos hoy.


El conserje suspiró, entre alegre por no tener que seguir trabajando y profundamente triste por no poder tenerla esa noche. Finalmente asintió.


—Está bien… como usted diga, Doña Laura.


Antes de separarse, y aprovechando que nadie los veía en ese rincón del pasillo, Laura se acercó rápidamente y le dio un beso corto pero intenso en los labios. Don Roberto correspondió con deseo, pero ella se separó enseguida.


—Ahora ve y descansa —le susurró.


Él sonrió con tristeza y se fue.


Por la tarde, Laura no podía concentrarse. Intentaba buscar una salida, una forma de evitar lo que había aceptado con Miguel. Pensó en amenazarle, en negarlo todo, en hablar con Recursos Humanos… pero nada parecía viable. Miguel tenía información peligrosa y, aunque no estuviera segura de que tuviera pruebas, el riesgo era demasiado alto. Su trabajo, su matrimonio, su reputación… todo pendía de un hilo.

Finalmente, resignada, aceptó su destino.

Tomó su teléfono y le mandó un mensaje a Miguel:


“Cuando todos se vayan, te espero en mi oficina.”


Envió el mensaje y soltó un largo suspiro. Ya no había marcha atrás.


Llegó la noche. Poco a poco los empleados fueron saliendo del edificio. Miguel se quedó en su cubículo, fingiendo que terminaba unos reportes, pero en realidad estaba extremadamente nervioso. Su corazón latía con fuerza mientras vigilaba el reloj. Cada vez que alguien pasaba por el pasillo, se tensaba. Esperó hasta que el último empleado se fue y, además, se cercioró de que Don Roberto ya hubiera salido.

Cuando por fin el piso quedó completamente vacío y en silencio, Miguel acomodó sus cosas en el escritorio con manos temblorosas. Fue al baño, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo. Respiró hondo y se dijo a sí mismo en voz baja:


—Esta va a ser tu noche… No la arruines.


Salió del baño y caminó hacia la oficina de Laura. La puerta estaba entreabierta. Empujó suavemente y entró.

Laura estaba sentada en su silla ejecutiva, con las piernas cruzadas y una expresión seria. Lo miró directamente a los ojos.


—Hagamos esto rápido —dijo con voz fría pero resignada.


Se levantó lentamente y se puso frente a él. Sin decir una palabra más, se saco el vestido gris y lo dejó caer al suelo. Quedó completamente desnuda frente a Miguel.

El chico se quedó embobado, con los ojos muy abiertos. Su mirada recorrió el cuerpo de Laura: sus pechos grandes y firmes, la cintura estrecha, las caderas anchas y el coño completamente depilado. Era aún más perfecta de lo que había imaginado en sus fantasías.


—Date prisa —le ordenó Laura, cruzando los brazos bajo sus pechos.


Miguel, nervioso y torpe, se desabrochó el pantalón con manos temblorosas y se bajó el bóxer. Su verga salió libre: apenas 12 centímetros, delgada y ya completamente erecta. No crecería más.

Laura la miró y sintió una mezcla de decepción y alivio. Era mucho más pequeña que la del conserje. Por un lado se sintió decepcionada, por el otro, extrañamente aliviada de no tener que lidiar con una verga tan grande esa noche. No le dijo nada para no humillarlo.

Miguel se quedó allí parado, esperando, con la cara roja de vergüenza y excitación.


Laura suspiró profundamente, resignada. Abrió su bolso y sacó un sobrecito plateado de condón que había comprado esa misma mañana en una farmacia, anticipando que podría necesitarlo. Se lo extendió a Miguel con una mirada fría.


—Póntelo —le ordenó—. Por seguridad.


Miguel tomó el condón con manos temblorosas. Lo abrió torpemente, rompiendo un poco el paquete por los nervios. Intentó colocárselo, pero sus dedos torpes no acertaban. Lo giraba de un lado a otro, claramente sin experiencia.


Laura se desesperó un poco y se lo arrebató de las manos.


—Trae para acá —dijo con impaciencia.


Se inclinó ligeramente y, con movimientos hábiles y rápidos, desenrolló el condón sobre la verga delgada y erecta de Miguel. El chico se quedó quieto, respirando agitado, sintiendo las manos de su jefa tocándolo.

Una vez protegido, Laura se subió al escritorio, se sentó en el borde y abrió las piernas frente a él. Su coño quedó completamente expuesto. En su cabeza daba vueltas un torbellino de pensamientos: “Esto está mal… muy mal. No debería estar haciendo esto. Estoy traicionando a Carlos otra vez… pero si no lo hago, Miguel puede arruinarlo todo: contarle a Carlos, al conserje, a la empresa… Mi trabajo, mi matrimonio, mi vida… todo se iría a la mierda.”

Miró a Miguel y le dijo con voz baja:


—Acércate.


Miguel, temblando de excitación y nervios, se acercó lentamente. Su verga delgada apuntaba hacia ella. Sin poder controlarse, dio un solo empujón torpe y la penetró de golpe.

Laura sintió una ligera presión y soltó un pequeño gemido, más por sorpresa que por placer. Pero enseguida se dio cuenta de que apenas lo sentía. Era demasiado delgado y corto comparado con lo que había experimentado con el conserje.

Miguel, en cambio, estaba en el cielo. Empezó a moverse rápidamente, con embestidas cortas y frenéticas. En su mente se sentía como un triunfador. “Estoy cogiendo a Laura… la mujer más hermosa de la oficina… está abierta para mí”, pensaba mientras jadeaba. Para él, era la sensación más rica del mundo.

Laura se quedó callada, recostada ligeramente hacia atrás en el escritorio, dejando que Miguel la penetrara con esa velocidad nerviosa. No sentía casi nada, pero sabía que tenía que terminar con esto lo antes posible.


Miguel empezó a moverse con rapidez, penetrándola con embestidas cortas y nerviosas. Para él, cada segundo era puro éxtasis. Sentía el calor apretado de Laura alrededor de su verga y eso lo hacía sentir como el hombre más afortunado del mundo. Laura, en cambio, apenas sentía algo. Se mantenía recostada sobre el escritorio, con las piernas abiertas, dejando que él continuara.

Pasaron casi dos minutos. Miguel jadeaba fuerte, sudando, con la cara roja de esfuerzo y placer.

De repente, su cuerpo se tensó. No pudo controlarlo.


— ¡Ahhh…! —gimió él con fuerza.


Se corrió dentro del condón sin avisar, con espasmos cortos y rápidos. Su verga palpitó débilmente y se vació por completo.

Miguel se salió de ella de inmediato, retrocediendo unos pasos. Respiraba agitado, con una expresión de absoluto placer y triunfo en el rostro. Se sentía como un ganador. Acababa de follar a la mujer de sus sueños.

Laura se incorporó lentamente, sorprendida. Miró su verga encogiendose más pero claramente ya vacía y le preguntó con tono incrédulo:


—¿Eso es todo?


Miguel, todavía en su nube de euforia, sonrió con arrogancia y respondió:


—Sí… ¿Te gustó?


Laura lo miró con una mezcla de decepción, frustración y rabia. Su actitud de jefa mandona regresó de golpe. Se bajó del escritorio, se cruzó de brazos y empezó a regañarlo con dureza:


—¿Que si me gustó? ¡No sentí absolutamente nada, Miguel! ¡La tienes pequeña y te viniste en menos de dos minutos! ¿Para esto me hiciste pasar por todo esto? ¿Para que me folles como un niño virgen inexperto?


Miguel se quedó helado. Su sonrisa triunfal desapareció al instante. Intentó defenderse con voz temblorosa:


—Soy… soy virgen, Doña Laura… Es mi primera vez…


Pero Laura no se detuvo. Siguió regañándolo con tono frío y humillante:


— ¡Eso no es excusa! Me chantajeaste, me hiciste venir hasta aquí, me desnudé para ti… ¿y esto es lo que me das? ¿Dos minutos de nada? Eres patético.


Miguel bajó la mirada, completamente humillado. Las palabras de Laura le dolieron profundamente. Se sintió pequeño, inútil y rechazado. El chico que había soñado con este momento durante meses ahora solo quería desaparecer.


Laura suspiró, molesta y decepcionada. Se agachó para recoger su vestido del piso, pero cuando levantó la vista, vio que Miguel estaba llorando. El chico tenía los ojos rojos, las lágrimas le corrían por las mejillas y su cuerpo temblaba ligeramente. Se veía destrozado, humillado y vulnerable.

Algo dentro de ella se ablandó. Se sintió mal por todo lo que le había dicho. Sabía que había sido demasiado dura. Miguel era solo un chico joven, tímido y enamorado. No merecía ese trato tan cruel, aunque lo que había hecho (espiarla y chantajearla) estuviera mal.

Laura se quedó mirándolo unos segundos. De pronto, una idea cruzó por su mente: “Tal vez… pueda darle otra oportunidad. Enseñarle. Mostrarle cómo tratar a una mujer. Así no se sentirá tan mal… y yo podré controlar la situación”.

Sabía que estaba mal. Que estaba cruzando otra línea peligrosa. Pero ver a Miguel llorando de esa forma le removió algo.

Aún completamente desnuda, se acercó lentamente a él. Miguel levantó la vista, sorprendido y nervioso. Laura extendió la mano y agarró suavemente su verga ya dormida y flácida, le quito el condón lleno de semen y lo lanzó al bote de basura.


—Te daré otra oportunidad —le dijo con voz más suave, aunque aún firme—. Te voy a enseñar todo lo que necesitas saber para complacer a una mujer. Pero esto tiene que quedar entre nosotros. Nadie puede saberlo. ¿Entendido?


Miguel, con los ojos muy abiertos y todavía con lágrimas en las mejillas, asintió rápidamente, sorprendido y lleno de esperanza.


—S-sí… Doña Laura… lo que usted diga.


Laura comenzó a masturbarlo lentamente con una mano, moviendo sus dedos con suavidad alrededor de su verga pequeña. Se arrodilló frente a él, observando de cerca lo diminuta que era comparada con la del conserje. Aun así, sonrió con cierta ternura.


—Puedo arreglar esto… —murmuró—. Pero tienes que ser un buen alumno.


Miguel se quedó quieto, respirando agitado, completamente entregado a lo que estaba pasando.

Los dedos delicados de Laura recorrían toda la longitud, apretando con suavidad la base y subiendo hasta la cabeza.

Miguel soltó un gemido tembloroso, sintiéndose en el paraíso. Nunca había sentido las manos de una mujer sobre él.

Laura se acercó más y sacó la lengua, lamiendo lentamente desde la base hasta la punta. Luego abrió la boca y se la metió poco a poco, chupando con calma al principio. Su boca caliente y húmeda envolvió la verga del chico, moviéndose con lentitud mientras su lengua trabajaba en la cabeza.


—Ahh… Doña Laura… —gimió Miguel, casi sin poder creerlo.


Poco a poco, Laura sintió cómo la verga de Miguel empezaba a endurecerse nuevamente en su boca. Aumentó la intensidad: chupaba con más fuerza, movía la cabeza más rápido y usaba la mano para masturbar la base al mismo tiempo. La verga creció un poco más, al menos un centímetro de lo que había estado hace rato.

Miguel estaba en el cielo. Sus piernas temblaban y solo podía gemir de placer. Instintivamente intentó poner una mano sobre la cabeza de Laura para guiarla, pero ella le quitó la mano con firmeza.


—No interfieras —le ordenó con tono de jefa, sacando la verga de su boca por un segundo—. Yo me encargo de todo el trabajo. Tú solo disfruta.


Miguel asintió rápidamente, obediente.


—Sí… Doña Laura… como usted diga.


Laura volvió a metérsela en la boca con más ganas, chupando con ritmo constante y profundo. Sus labios carnosos se deslizaban por la verga ahora más dura, mientras su lengua no dejaba de trabajar. Miguel gemía más fuerte, con la respiración agitada y el cuerpo temblando de placer.

Después de varios minutos, Laura sacó la verga de su boca y la miró. Estaba completamente dura otra vez y había crecido un poco más. Satisfecha con el resultado, se levantó lentamente.


—Ya es suficiente de mamadas —dijo con voz calmada pero autoritaria.


Laura se levantó lentamente del suelo, quedando de pie frente a Miguel, completamente desnuda. Su cuerpo se veía espectacular bajo la luz tenue de la oficina: los pechos grandes y firmes, la cintura estrecha, las caderas anchas y las piernas largas y tonificadas. Miguel la miraba con los ojos muy abiertos, todavía respirando agitado, con su verga ahora dura y apuntando hacia ella.


—Primero vas a aprender a tocarme —dijo Laura con voz calmada pero autoritaria, como si estuviera dando una instrucción en el trabajo—. No seas bruto. Tienes que ser suave y atento.


Tomó las manos temblorosas de Miguel y las colocó sobre sus pechos. Los dedos del chico se posaron sobre la piel suave y cálida.


—Así… —le indicó ella, guiando sus manos—. Aprieta suavemente, masajea en círculos. Siente su peso, su suavidad. No aprietes como si fueran pelotas de goma.


Miguel obedeció, acariciando sus pechos con torpeza pero con reverencia. Sus manos subían y bajaban, apretando con delicadeza, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo sus palmas.


—Ahora… chúpamelos —ordenó Laura—. Lentamente. Usa la lengua. No muerdas. Solo lame y succiona con cuidado.


Miguel se inclinó hacia adelante, nervioso pero excitado. Abrió la boca y tomó uno de los pezones rosados entre sus labios. Lo chupó suavemente, pasando la lengua alrededor con lentitud, tal como ella le había dicho. Luego pasó al otro pecho, dedicándole la misma atención.


Laura soltó un suave gemido de aprobación.


—Así… muy bien —murmuró—. Sigue así. No tengas prisa. Una mujer necesita que la disfrutes, no que la devores de golpe.


Miguel continuaba chupando y lamiendo sus pechos con más confianza, mientras sus manos seguían masajeándolos. Su verga palpitaba de excitación, pero intentaba controlarse para no correrse otra vez tan rápido.

Laura lo observaba desde arriba, guiándolo con la voz y con las manos. Por dentro sentía una extraña mezcla de poder, ternura y excitación. Estaba enseñándole a un chico virgen cómo complacerla… y eso, de alguna forma, también la estaba encendiendo.


Laura se sentó en el borde del escritorio, abrió las piernas lentamente y miró a Miguel con una mezcla de autoridad y paciencia.


—Ahora vas a aprender cómo tocarme abajo —le dijo con voz calmada pero firme—. Esto es lo más importante. Tienes que ser suave, atento y paciente. No vayas directo al grano.


Miguel se arrodilló frente a ella, con los ojos brillantes de emoción y nervios. Su verga pequeña y dura palpitaba visiblemente. Laura tomó una de sus manos y la guió hasta su vagina.


—Empieza tocando por fuera —le indicó—. Con los dedos suaves. Siente mis labios, cómo están hinchados y mojados. Acaricia en círculos lentos… así.


Miguel obedeció, pasando sus dedos temblorosos por los labios mayores de Laura. Estaba completamente mojada. El chico se emocionó tanto que sintió que iba a correrse de nuevo. Su verga dio un salto y empezó a palpitar con fuerza.


—Ah… Doña Laura… —gimió él, cerrando los ojos con fuerza, intentando aguantarse.


Laura lo notó inmediatamente. Tomó su verga con la mano y apretó firmemente la base, deteniendo el orgasmo.


—Tranquilo —le dijo con tono de jefa—. Respira. No te corras todavía. Controla tu cuerpo.


Miguel respiró hondo varias veces, apretando los dientes. Logró contenerse. No salió ni una gota.


—Bien —dijo Laura, satisfecha—. Ahora sigue. Toca mi clítoris con suavidad, en círculos. Siente cómo se pone más duro. Usa dos dedos… así.


Miguel continuó, siguiendo cada instrucción con atención. Sus dedos recorrían los labios y el clítoris de Laura con más confianza. Ella empezó a gemir suavemente, guiándolo con la voz:


—Más lento… ahora un poco más rápido… introduce un dedo dentro… siente cómo está adentro… curva el dedo hacia arriba… ahí… eso es.


Miguel estaba fascinado. Sentía el calor húmedo de su jefa en sus dedos, escuchaba sus gemidos y veía cómo su cuerpo reaccionaba a sus caricias. Laura le explicaba todo con detalle: cómo estimular el clítoris, cómo usar la lengua, cómo combinar dedos y boca.


—Una mujer necesita tiempo y atención —le decía mientras gemía bajito—. No se trata solo de meterla. Se trata de hacerla sentir deseada.


Miguel absorbía cada palabra, cada gemido, cada instrucción. Por primera vez en su vida sentía que estaba aprendiendo algo realmente valioso.


Laura se recostó un poco más sobre el escritorio, abriendo más las piernas para darle mejor acceso a Miguel. El chico, arrodillado frente a ella, acercó su rostro con nerviosismo y deseo. Al principio sus lamidas fueron torpes y tímidas, pero poco a poco, siguiendo las indicaciones de Laura, fueron ganando confianza y precisión.


—Así… usa toda la lengua… —le indicaba ella con voz entrecortada—. Lame de abajo hacia arriba… lento… ahora más rápido en el clítoris…


Miguel obedecía con entusiasmo. Su lengua plana recorría toda la vulva de Laura, saboreando sus jugos, y luego se concentraba en el clítoris, rodeándolo y succionándolo suavemente. Cada vez lo hacía mejor, más seguro, más atento a las reacciones de ella.

Laura empezó a gemir con más intensidad. Sus caderas se movían ligeramente contra la boca del chico.


—Ahhh… sí… así… estás aprendiendo rápido —gimió ella, con la voz ronca de placer—. Muy bien… sigue así… chúpame el clítoris… ¡Mmmh!


Miguel, animado por sus palabras, metió la lengua más adentro, lamiendo y succionando con más ganas. Laura ya no podía contenerse. Se dejó llevar completamente. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más autoritarios.


— ¡Sí! ¡Así, maldito! ¡Chúpame bien el coño! —gritó, agarrando la cabeza de Miguel con una mano y empujándolo más contra ella—. ¡Más fuerte con la lengua! ¡No seas suave ahora! ¡Cómemelo como se debe!


Miguel gemía contra su vagina, excitado por el tono dominante de su jefa. Laura arqueaba la espalda, apretando los pechos con su otra mano mientras seguía gimiendo y dando órdenes:


— ¡Qué rico lo haces…! ¡Sigue, no pares! ¡Chúpame como la puta que soy para ti! ¡Ahhh… sííí!


Sus gemidos se volvieron más altos y desesperados. El placer iba creciendo rápidamente mientras Miguel, cada vez más seguro, lamía y succionaba con dedicación, decidido a complacerla.

Siguió lamiendo y chupando la vagina de Laura con dedicación cada vez mayor. Su lengua recorría los labios hinchados, succionaba el clítoris con más fuerza y se introducía lo más profundo que podía, saboreando sus jugos abundantes. Laura gemía cada vez más duro, con la voz ronca y entrecortada, arqueando la espalda sobre el escritorio.


— ¡Ahhh… sí… sigue! —gritaba ella, agarrando con fuerza el cabello de Miguel—. ¡Chúpame más fuerte el clítoris! ¡Así… qué rico lo haces…! ¡No pares, carajo!


Sus gemidos llenaban la oficina. El placer iba subiendo de forma imparable. Sus caderas se movían instintivamente contra la boca del chico, buscando más fricción. Miguel, animado por sus gritos, lamía con más entusiasmo, metiendo dos dedos dentro de ella mientras succionaba el clítoris.

Laura ya no podía más. El orgasmo estaba demasiado cerca y necesitaba pasar a la siguiente lección.


— ¡Espera… para! —ordenó jadeando, empujando suavemente la cabeza de Miguel.


Él se detuvo, mirándola con los labios brillantes de sus jugos y una expresión de confusión y deseo.

Laura se acomodó mejor sobre el escritorio, abrió bien las piernas y lo miró con autoridad.


—Llegó el momento de lo más importante —dijo con voz aún agitada—. Ahora te voy a enseñar cómo cogerme.


Miguel se puso de pie, con la verga completamente dura. Laura la miró y se sorprendió gratamente: ahora medía como 15 centímetros, más gruesa que antes. Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.


— Mira cómo te creció… —murmuró orgullosa de sí misma—. Muy bien. Ahora acércate.


Laura seguía sentada en el borde del escritorio, con las piernas abiertas y respirando agitada. Miró a Miguel, que estaba de pie frente a ella con la verga ahora más dura y gruesa, y le dijo con voz calmada pero firme:


—Primero ponte el condón. 


Tomó otro sobrecito del bolso y se lo entregó. Miguel lo recibió con manos temblorosas. Intentó abrirlo, pero estaba tan nervioso que casi lo rompe.


—Trae acá —dijo Laura con paciencia—. Te enseño.


Le quitó el paquete, lo abrió con facilidad y sacó el condón. Lo colocó sobre la cabeza de la verga de Miguel y lo desenrolló lentamente con los dedos, cubriéndolo por completo. Miguel soltó un gemido bajito al sentir las manos de su jefa tocándolo de nuevo.


—Así se hace —le explicó ella—. Ahora acércate.


Laura se recostó un poco más sobre el escritorio, abrió bien las piernas y tomó la verga de Miguel con una mano, guiándola hacia su entrada.


—Despacio al principio —le indicó—. No entres de golpe. Siente cómo entro yo primero.


Miguel empujó lentamente. La cabeza de su verga separó los labios húmedos de Laura y comenzó a entrar. Ella soltó un gemido suave al sentir cómo la llenaba.


—Ahhh… así… un poco más… —gimió Laura—. Siente cómo está de caliente y mojado adentro… Ahora empuja más profundo… sí…


Miguel entró por completo. Sintió el calor apretado y resbaladizo del coño de Laura envolviéndolo. Era una sensación increíble, mucho mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado. Sus ojos se pusieron en blanco y soltó un gemido largo y profundo.


—Qué rico… —susurró él, temblando—. Está tan caliente… tan apretado… me siento en el cielo…


Laura comenzó a mover las caderas lentamente, enseñándole el ritmo.


—Ahora muévete así… saca casi todo y vuelve a meter… no tan rápido al principio. Disfruta la sensación.


Miguel obedeció, penetrándola con movimientos torpes pero entusiastas. Cada vez que entraba completamente, gemía de placer.


—Se siente tan bien… —jadeaba él—. Su coño es tan rico, Doña Laura… me aprieta tanto…


Laura gemía bajito, guiándolo con las manos en sus caderas.


—Así… más profundo… siente cómo te envuelvo… Ahora un poco más rápido…


Miguel empezó a aumentar el ritmo, perdiéndose en el placer. Para él, estar dentro de Laura era el paraíso absoluto. Cada embestida le producía oleadas de placer que nunca había sentido antes.


Laura empezó a sentir placer, pero no era el mismo placer intenso y abrumador que experimentaba con Don Roberto. La verga de Miguel, aunque ya más dura y algo más gruesa gracias a sus esfuerzos, seguía siendo bastante pequeña para ella. Sentía la penetración, el roce, el calor… pero no esa sensación de estar completamente llena y estirada que tanto le gustaba. Aun así, el entusiasmo del chico y la situación prohibida la excitaban lo suficiente como para gemir bajito y disfrutar el momento.

Miguel seguía penetrándola con movimientos algo torpes pero llenos de ganas. Entraba y salía con un ritmo irregular, respirando agitado y con la cara roja de esfuerzo y placer.


De pronto, su cuerpo se tensó. Sus embestidas se volvieron más cortas y rápidas.


—Doña Laura… —jadeó nervioso—. Me voy a correr… no puedo aguantar más…


Laura reaccionó rápido. Envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Miguel y lo apretó con fuerza contra ella, impidiendo que se saliera.


—Shhh… cálmate —le ordenó con voz suave pero autoritaria—. Respira profundo. Intenta contenerte. No te corras todavía.


Miguel cerró los ojos con fuerza, respirando agitadamente, intentando controlar su cuerpo. Afortunadamente, logró retener el orgasmo. Su verga palpitó dentro de ella, pero no se corrió.


Laura sonrió con aprobación y le acarició la mejilla.


—Muy bien… lo estás haciendo bien. Felicidades.


Continuaron lentamente. Laura mantenía las piernas alrededor de él, guiando el ritmo con sus caderas. Le tomó una mano y la llevó hasta su clítoris.


—Tócame aquí mientras me coges —le indicó—. En círculos suaves… sí… así… no pares.


Miguel obedeció, tocándola como ella le enseñaba mientras seguía penetrándola con movimientos más controlados. Laura gemía bajito, sintiendo un placer moderado pero agradable.


—Así… sigue tocándome… no dejes de moverte… —le susurraba ella, disfrutando el momento de enseñanza y control.


Laura iba notando con satisfacción cómo Miguel mejoraba poco a poco. Sus movimientos ya no eran tan torpes ni desesperados. Ahora entraba con más control, sacaba casi toda su verga y volvía a empujar con un ritmo más constante y profundo. Cada vez que lo hacía bien, Laura soltaba un gemido más audible, arqueando ligeramente la espalda sobre el escritorio.


—Así… muy bien —gemía ella con voz ronca de excitación—. Estás aprendiendo rápido… entra más profundo… sí… justo así…


Miguel gemía también, con la cara roja y la respiración agitada. El placer de estar dentro de su jefa era abrumador. Se atrevió a hablarle con más confianza, aunque aún con timidez:


—Doña Laura… su coño está tan caliente… tan apretado… me encanta cogerla… se siente tan rico estar adentro de usted…


Laura sonrió entre gemidos, excitada por el contraste entre la timidez del chico y sus palabras sucias.

De pronto, ella levantó una mano y le tocó el pecho.


—Detente un momento —le ordenó suavemente.


Miguel se quedó quieto, aún dentro de ella, mirándola con preocupación.

Laura lo miró a los ojos y le dijo con voz baja pero decidida:


—Deberías quitarte el condón para que sepas como se siente en carne viva. Como eres virgen, no hay problema. Quiero sentir tu verga de verdad.


Miguel tragó saliva, nervioso pero excitadísimo. Se salió de ella con cuidado, se quitó el condón con manos temblorosas y lo tiró al piso. Su verga, ahora libre, palpitaba dura y brillante.

Laura lo tomó de nuevo con la mano y lo guió hacia su entrada. La cabeza desnuda rozó sus labios húmedos y calientes.


—Ahora entra despacio —le indicó ella—. Siente cada centímetro. Disfruta cómo me abres… cómo me llenas sin nada en medio.


Miguel empujó lentamente. La sensación fue completamente diferente. El calor directo, la humedad resbaladiza y el roce piel con piel lo hicieron gemir fuerte.


—Ahhh… Doña Laura… se siente… increíble… tan caliente… tan suave… —jadeó él, casi sin poder hablar.


Sintió que se iba a correr de nuevo casi inmediatamente. Su verga palpitaba con fuerza dentro de ella.


— ¡Me voy a venir otra vez…! —advirtió asustado.


Laura lo agarró de las caderas y le habló con calma:


—Respira… aprieta la base de tu verga con la mano… piensa en otra cosa un momento… no te corras todavía.


Miguel obedeció, apretando la base con los dedos y respirando profundo. Logró controlarse por poco.


Laura sonrió satisfecha.


—Bien… ahora entra otra vez… despacio… siente cómo entro yo… cómo te envuelvo completamente sin nada entre nosotros.


Miguel volvió a penetrarla lentamente, saboreando cada milímetro de la sensación desnuda. Laura gemía bajito, disfrutando la calidez directa de su verga.


Laura sentía cada vez más rico. Aunque la verga de Miguel seguía siendo más pequeña que la del conserje, la sensación directa sin condón, combinada con el entusiasmo del chico y su propia excitación acumulada, empezaba a hacer efecto. Miguel entraba y salía con lentitud al principio, pero cada vez lo hacía con más confianza, buscando el ángulo correcto y sintiendo cómo ella se humedecía más alrededor de él.


—Ahh… así… —gimió Laura bajito al principio, moviendo ligeramente las caderas para recibirlo mejor—. Más profundo… sí… lo estás haciendo mejor…


Poco a poco sus gemidos fueron subiendo de intensidad. Miguel ya no era tan torpe. Sus embestidas se volvían más seguras, más rítmicas, rozando puntos que la hacían sentir verdadero placer.

Laura, dejándose llevar, adoptó su tono autoritario de jefa:


— ¡Más fuerte, Miguel! ¡Métemela bien! ¡No seas suave ahora, carajo! ¡Quiero sentir cómo me abres el coño! ¡Así… más rápido… hazlo rico, maldito!


Miguel gemía con los ojos cerrados con fuerza, concentrado al máximo.


— Sí… Doña Laura… sí… —respondía entre jadeos, acelerando el ritmo lo mejor que podía.


Laura lo tomó de la mano y se la llevó hasta sus pechos.


— Toca mis tetas… apriétalas mientras me coges… ¡Así! ¡Más fuerte!


Miguel obedeció, masajeando sus pechos grandes y firmes mientras seguía penetrándola. De pronto, se abrazó completamente a ella, pegando su cuerpo sudoroso contra el de Laura. Sus caderas empezaron a moverse con rapidez, follándola con más fuerza, clavando su verga dentro de ella una y otra vez.


— ¡Ahhh… sí! ¡Así…! —gemía Laura alto, abrazándolo también con brazos y piernas—. ¡Cógeme fuerte… no pares!


Miguel, completamente perdido en el placer, solo podía gemir y obedecer, moviéndose con desesperación mientras la jefa le daba órdenes entre gemidos.

Para él, la sensación era abrumadora. El calor húmedo y apretado del coño de Laura lo envolvía por completo, succionándolo con cada movimiento. Cada vez que entraba hasta el fondo, sentía cómo las paredes calientes lo apretaban, enviando oleadas de placer intenso por todo su cuerpo. Era una sensación tan rica, tan abrumadora, que apenas podía pensar. Su mente solo repetía una y otra vez: “Estoy dentro de Laura… estoy cogiendo a mi jefa… se siente tan caliente… tan apretado… tan perfecto…”


— ¡Ahhh… Doña Laura…! —gemía él contra su cuello, con la voz quebrada de placer—. Su coño está tan rico… me aprieta tanto… no quiero que termine nunca…


Laura gemía cada vez más alto, con la voz ronca y autoritaria, disfrutando el momento de control y placer.


— ¡Más fuerte, Miguel! ¡Métemela bien profundo! ¡No seas flojo, carajo! ¡Quiero sentir cómo me llenas! ¡Así… más rápido… cógeme como un hombre!


Sus órdenes lo excitaban aún más. Miguel aumentó el ritmo, follando con más desesperación, sus caderas chocando contra ella con golpes húmedos y constantes. Laura seguía gimiendo fuerte, abrazándolo con las piernas alrededor de su cintura, clavando las uñas en su espalda.


— ¡Sí… así…! ¡Qué rico me estás cogiendo ahora! ¡No pares, maldito! ¡Sigue metiéndomela fuerte!


Miguel solo podía gemir y obedecer, perdido en el placer de estar dentro de la mujer que tanto había deseado. Cada embestida le producía una nueva ola de placer, haciendo que su cuerpo temblara y que su mente se nublara por completo.


Después de un rato de penetraciones intensas, Laura sintió que necesitaba tomar el control total. Con la voz ronca pero autoritaria, le ordenó a Miguel:


—Detente… sácala.


Miguel obedeció de inmediato, saliendo de ella con un gemido de frustración. Su verga quedó palpitando, brillante y dura.


Laura se incorporó, mirándolo con una mezcla de deseo y dominio.


—Ahora viene la última lección de la noche —le dijo con voz baja y firme.


Miguel, jadeando y con la cara roja, la miró confundido.


—¿Cuál es, Doña Laura?


Ella sonrió con picardía.


—Que una verga debe ser capaz de aguantar a una mujer cuando ella quiere cogerse sola. Tienes que aprender a durar mientras yo me doy placer encima de ti.


Miguel tragó saliva, nervioso y excitado. Asintió con la cabeza, aunque en sus ojos se veía el miedo a no poder controlarse.

Laura le ordenó con tono de jefa:


—Tiéndete en el suelo.


Miguel obedeció rápidamente. Se tiró sobre la alfombra, todavía con el pantalón y el bóxer enredados en los tobillos y la camisa subida hasta el pecho, dejando su barriga y su verga completamente expuestas.

Laura se paró sobre él, mirándolo desde arriba. Le preguntó con voz suave pero dominante:


—¿Estás listo?


Miguel, con la voz temblorosa, respondió:


—Sí… estoy listo, Doña Laura.


Ella se agachó lentamente, se colocó a horcajadas sobre él y agarró su verga con una mano. La acomodó en su entrada y, con un movimiento lento y controlado, empezó a bajarse sobre él.

Miguel sintió una sensación indescriptible. El calor apretado y húmedo de Laura envolviéndolo centímetro a centímetro lo hizo gemir fuerte, casi con desesperación. Cerró los ojos con fuerza, intentando aguantar el placer abrumador que lo invadía.


—Ahhh… Doña Laura… —gimió él, con la voz quebrada—. Se siente… demasiado rico…


Laura siguió bajando hasta que lo tuvo completamente dentro de ella. Se quedó quieta un momento, disfrutando la sensación, y luego empezó a moverse lentamente, cabalgándolo con control.

Ella se movía lentamente sobre Miguel, subiendo y bajando con movimientos controlados y sensuales. Su coño caliente y húmedo envolvía la verga del chico con cada descenso, apretándola de forma deliciosa. Ella gemía bajito, disfrutando la sensación de tener el control total.


—Escucha bien —le dijo con voz ronca pero clara, mientras seguía cabalgándolo despacio—. Tienes que aprender a controlarte. No te corras rápido. Una mujer quiere disfrutar, no que termines en un minuto.


Miguel gemía con la boca abierta, sintiendo cada movimiento de Laura como una ola de placer. Sus manos temblorosas se posaron en las caderas de ella.


—Así… sujétame fuerte de las caderas —le ordenó Laura—. Siente cómo me muevo. No empujes todavía. Déjame a mí marcar el ritmo.


Miguel apretaba los dientes, gimiendo de placer. Era casi imposible no correrse. La calidez apretada de Laura, la vista de sus pechos rebotando suavemente y la sensación de estar dentro de ella lo estaban volviendo loco.


—Ahora, si sientes que te vas a venir… cierra los ojos —continuó ella, moviéndose un poco más rápido—. Piensa en algo que no tenga que ver con sexo. Un deporte, el trabajo, lo que sea. Respira profundo y aguanta.


Miguel cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que le dolieron. Gemía bajo, con la respiración entrecortada, intentando seguir las indicaciones de su jefa.


—Así… muy bien —gemía Laura, cabalgándolo con más confianza—. Siente cómo te uso… cómo me doy placer con tu verga… No te corras todavía… aguanta por mí…


Miguel estaba sufriendo de placer. Su verga palpitaba dentro de ella, pero hacía todo lo posible por controlarse. Sus manos apretaban las caderas de Laura con fuerza, siguiendo el ritmo que ella marcaba.

Laura gemía más alto, disfrutando tanto el placer físico como el poder que tenía sobre el chico virgen. Se movía con movimientos circulares y profundos, usando su verga para darse placer a sí misma, mientras seguía dándole instrucciones entre gemidos.


—Respira… aprieta las caderas… no te corras… así… buen chico…


Miguel solo podía gemir y obedecer, perdido en una mezcla de placer abrumador y esfuerzo por no decepcionarla.


Laura seguía moviéndose lentamente sobre Miguel, subiendo y bajando con movimientos controlados y profundos. Su coño caliente y húmedo envolvía la verga del chico con cada descenso, apretándola de forma deliciosa. Ella gemía bajito, disfrutando la sensación de tener el control total.

Miguel estaba en el paraíso. Nunca en su vida había imaginado que llegaría a estar en esta situación. La mujer de sus sueños, su jefa Laura, completamente desnuda y cabalgándolo con lentitud. Cada vez que ella bajaba, sentía cómo su verga se hundía en ese calor apretado y resbaladizo. Era una sensación abrumadora, mucho mejor que cualquier cosa que hubiera fantaseado. Su mente no dejaba de repetirse: “Estoy dentro de Laura… ella me está cogiendo… esto es real…”.


—Ahhh… Doña Laura… —gemía él con la voz quebrada—. Se siente tan rico… nunca pensé que esto me pasaría… su coño es tan caliente… tan apretado… me está volviendo loco…


Laura gemía también, pero en su interior sentía un contraste claro. Era rico, sí. La verga de Miguel la llenaba lo suficiente para disfrutar, pero no era lo mismo que con Don Roberto. La del conserje era más gruesa, más larga y la estiraba de una forma que la hacía perder la cabeza. Aun así, el entusiasmo del chico y la situación prohibida la excitaban.

Por un momento, su mente voló hacia Carlos. “Estoy engañando a mi marido… otra vez”, pensó con una punzada de culpa. Pero esa culpa se transformó rápidamente en coraje. “Es su culpa. Él me rechazó aquella noche. Él nunca me da lo que necesito. Él me orilló a esto.”

Ese ataque de rabia la encendió. De golpe, empezó a moverse más rápido, bajando con fuerza sobre la verga de Miguel.


— ¡Ahhh…! —gritó Miguel de placer y sufrimiento, sorprendido por el cambio repentino.


Laura cabalgaba ahora con más intensidad, moviendo las caderas con fuerza y rapidez, usando la verga del chico para desquitarse.


— ¡Así…! ¡Toma! —gemía ella con rabia y placer.


Miguel solo podía gemir y aguantar, completamente abrumado por la intensidad de su jefa.

Laura, llena de coraje y rabia acumulada, empezó a follarse a Miguel con una intensidad salvaje. Se movía arriba y abajo con fuerza brutal, bajando con todo su peso sobre la verga del chico, golpeando con rabia contra sus caderas. Sus pechos rebotaban violentamente y el sonido de su cuerpo chocando contra el de Miguel llenaba la oficina.


— ¡Así, maldito! —gritaba ella con voz ronca y furiosa—. ¡Toma vagina, inútil! ¡Esto es lo que te mereces por chantajearme! ¡Más adentro, carajo! ¡Siente cómo te uso como un juguete!


Miguel estaba completamente perdido. El placer era abrumador, pero también había dolor por la fuerza con la que Laura lo cabalgaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz salió casi suplicante:


—Doña Laura… por favor… calmese… me duele… —gemía casi llorando—. ¡Es demasiado…!


Pero Laura no lo escuchaba. Al contrario, aumentó aún más la intensidad. Se movía con rabia descontrolada, bajando con fuerza y rapidez, usando la verga de Miguel para desquitarse de toda su frustración con Carlos, con la situación y consigo misma.


— ¡Cállate y aguanta, pendejo! —le gritaba entre gemidos fuertes—. ¡Esto es lo que querías, ¿no?! ¡Pues tómalo todo! ¡Te estoy follando como la puta que soy por tu culpa! ¡Ahhh… sí… más adentro!


Sus gemidos se volvieron más altos y salvajes. Miguel solo podía gemir de dolor y placer, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, completamente sometido a la furia sexual de su jefa.

Laura seguía cabalgando a Miguel con una rabia y una intensidad que no podía controlar. Se movía arriba y abajo con fuerza salvaje, bajando con todo su peso sobre la verga del chico, golpeando sus caderas contra él con golpes secos y brutales. Sus pechos rebotaban violentamente y el sonido húmedo y fuerte de sus cuerpos chocando llenaba toda la oficina.

Miguel se aferraba con desesperación a las caderas de Laura, clavando los dedos en su carne suave mientras gemía y suplicaba entre lágrimas:


—Doña Laura… por favor… detengase… o al menos más lento… ¡me está matando…! ¡Ahhh… es demasiado…!


Pero Laura, llena de coraje y excitación, no le hacía caso. Al contrario, aumentaba la velocidad y la fuerza de sus movimientos, follándolo con rabia descontrolada.


— ¡Cállate, pendejo! —le gritaba entre gemidos fuertes—. ¡Aguanta como los hombres, carajo! ¡Esto es lo que querías, ¿no?! ¡Pues tómalo todo!


En un momento de furia, Laura le dio una fuerte bofetada en la cara.


¡Plaf!


— ¡Sujétame bien y aguanta, inútil! —le espetó, con los ojos brillantes de rabia y placer—. ¡No seas débil!


Miguel soltó un gemido de dolor y placer, con la mejilla roja. Poco a poco, su cuerpo empezó a acostumbrarse al ritmo brutal. Su verga, aunque pequeña, estaba más dura que nunca, palpitando dentro de Laura. Sentía que en cualquier momento se correría, pero intentaba aguantar con todas sus fuerzas, apretando los dientes y clavando los dedos en las caderas de su jefa.

Laura seguía cabalgándolo sin piedad, gimiendo alto y diciendo groserías mientras lo usaba para desahogar toda su frustración.


Miguel ya no aguantaba más. Sus caderas se movían de forma descontrolada debajo de Laura, tratando de seguir el ritmo brutal que ella le imponía. Su verga pequeña, palpitaba con fuerza dentro de ella, al borde del límite.


—Doña Laura… —gimió con voz rota, casi llorando de placer y desesperación—. Esta vez sí… me voy a correr… no puedo más… ¡por favor…!


Laura reaccionó rápido. No quería que se viniera dentro de ella. Con un movimiento ágil y decidido, se levantó bruscamente, desmontándose del chico. La verga de Miguel salió de su coño con un sonido húmedo y quedó palpitando en el aire, roja e hinchada.

Aun arrodillada en el suelo junto a él, Laura tomó la verga delgada con una mano y empezó a masturbarla con fuerza y rapidez, moviendo su mano de arriba abajo con determinación.


— ¡Saca toda tu leche, pendejo! —le ordenó con voz ronca y grosera—. ¡Quiero ver cómo te corres como un niño virgen! ¡Dame toda esa leche acumulada, carajo! ¡Órdeñate para mí!


Miguel apenas aguantó cinco movimientos fuertes de la mano de Laura. Su cuerpo se tensó completamente, sus piernas temblaron y con un gemido casi gritando de dolor y placer intenso, se corrió.


— ¡Aaaahhhhh…!


Cinco chorros potentes y espesos de semen salieron disparados hacia arriba con fuerza. El primero cayó sobre el pecho izquierdo de Laura, el segundo y tercero sobre sus pechos y abdomen, y los últimos dos más débiles salpicaron su vientre. El semen caliente y blanco contrastaba con la piel de Laura.

Miguel quedó tirado en el suelo, respirando agitado, completamente exhausto y con la mente nublada de placer. Laura se quedó arrodillada a su lado, mirando los chorros de semen que había sacado de él, todavía con la mano alrededor de su verga ahora sensible y flácida.

Laura se quedó arrodillada un momento, respirando agitada, mirando el semen que había quedado esparcido sobre sus pechos y abdomen. A pesar de todo, se sentía satisfecha. El poder que había ejercido sobre Miguel, el haberlo enseñado y usado para desahogarse, le había dado una extraña sensación de control y placer.

Con sus manos se limpió el semen de los pechos y del abdomen, y luego se limpió las manos en la camisa de Miguel. Miró al chico, que seguía tirado en el suelo, exhausto y con una expresión de absoluta felicidad.


—No estuvo mal —le dijo con tono calmado pero autoritario—. Aún te falta mucho por aprender, pero aprendes rápido. Eso es bueno.


Miguel, todavía jadeando y con una sonrisa de pura felicidad en el rostro, se sintió pleno. Nunca en su vida se había sentido tan vivo. Levantó la vista hacia ella y le preguntó con voz tímida pero esperanzada:


—¿De verdad le gustó, Doña Laura?


Laura se levantó lentamente, todavía desnuda, y empezó a vestirse mientras respondía:


—Sí, me gustó. Pero no me hiciste correr. Debes practicar más si quieres que esto vuelva a pasar.

Laura ya no pensaba en el chantaje de Miguel, ahora sabía que tenía en su dominio a ese chico y que lo podía tratar como ella quisiera y el obedecería.


- ¿En serio volveremos a hacerlo? - Dijo Miguel entusiasmado


- Tal vez, pero solo si borras ese vídeo y practicas más, de mientras no me vuelvas a buscar


Miguel asintió con entusiasmo, todavía en el suelo, con la verga flácida y la mente flotando en una nube de placer y orgullo.


Laura terminó de vestirse, se acomodó el cabello lo mejor que pudo y lo miró por última vez.


—Esto queda entre nosotros. Ahora vete a casa.


Miguel se levantó torpemente, se vistió con prisa y salió de la oficina, caminando como en un sueño.


Laura se quedó sola en su oficina, mirando el desastre que habían dejado. Suspiró profundamente, sintiendo una mezcla de satisfacción, culpa y cansancio.

 Ahora tenía a 3 hombres a los cuales atender.



Fin del Capítulo 3

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